El Cid: ¿un héroe para el siglo XXI? El mundo de frontera del siglo XI y la violencia en la novela Sidi de Arturo Pérez-Reverte

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Ana M. Montero

Resumen

En su best seller y novela de aventuras Sidi. Un relato de frontera (2019), el novelista español Arturo Pérez-Reverte recrea parte del primer exilio de Rodrigo Díaz de Vivar con el fin de despertar un mayor interés por la historia medieval peninsular y recuperar un Cid descontaminado de la manipulación ideológica sufrida durante el franquismo. En este estudio se analizan la imagen heroica del Cid en la ficción elaborada por Pérez-Reverte —imagen acorde con la expuesta por los historiadores cidianos— y la representación de la violencia y la brutalidad del mundo de frontera entre cristianos y musulmanes en Sidi. Aunque la biografía de un guerrero legendario como el Cid puede prestarse a la idealización de la guerra, Pérez-Reverte no elude matizar una imagen crítica del contexto de lucha endémica en el siglo XI. Sin embargo, esta crítica se vehicula a través de otro personaje diferente, Diego Ordóñez, y no de Rodrigo Díaz de Vivar, quien posee sólidas cualidades como líder y encarna un tipo de héroe bicultural más adecuado para la época actual.

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Cómo citar
Montero, Ana M. 2022. «El Cid: ¿un héroe Para El Siglo XXI? El Mundo De Frontera Del Siglo XI Y La Violencia En La Novela Sidi De Arturo Pérez-Reverte». Medievalia 54 (1):106-26. https://doi.org/10.19130/medievalia.2022.1.370X76.
Sección
Artículos de Dossier

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Introducción

Los profesores de literatura pueden congratularse por la publicación de Sidi. Un relato de frontera (2019),1 novela histórica y de aventuras en la que el escritor Arturo Pérez-Reverte se atreve con el Cid, una de las figuras con más pervivencia en el imaginario y la cultura populares y que más tinta ha hecho correr en los terrenos de la literatura, la historia, la leyenda y la crítica especializada. Este escritor escoge narrar un momento concreto y breve en la biografía de Rodrigo Díaz de Vivar, también recreado literariamente en la primera parte del Cantar del mio Cid: el primer año de exilio,2 cuando un Ruy Díaz expulsado de Castilla por el rey Alfonso VI deviene en mercenario para sobrevivir -ganarse el pan: el suyo, el de sus hombres y su familia- por medio de la adquisición de botín en el mundo brutal de la frontera entre árabes y cristianos.3 Tanto el contexto físico como las circunstancias en la vida del Rodrigo Díaz de Vivar histórico son aprovechados de manera singular dentro del plan narrativo de Sidi. Así, la frontera, en la pluma de Pérez-Reverte, evoca otro territorio complejo -el far west americano-, aspirando a que la tierra de nadie del siglo XI se proyecte con la misma intensidad mitificadora con que en las últimas décadas ha calado en los espectadores de westerns cinematográficos el conflictivo espacio compartido por colonos, tribus indígenas, cazarrecompensas y hombres sin ley (véase nota 2). Y la coyuntura temporal escogida por Pérez-Reverte es aquélla en que Rodrigo Díaz de Vivar empieza a ganarse una personalidad carismática entre sus propios coetáneos -ya es conocido como Campeador y pronto será el Cid/Sidi-, pero todavía no es la leyenda que llegó a ser al poco de su muerte.4 La elección de ese lapso temporal en el que se fabrica el mito se traduce en las páginas de Sidi en la creación de un manual de liderazgo con el que educar a los lectores del siglo XXI. Como explica el propio Pérez-Reverte, su propósito fue el de contar cómo se forja el líder, cómo nace la leyenda durante el primer año del destierro y, junto con ello, indagar en la ambigüedad de un personaje que luchó contra musulmanes y contra cristianos y se alió con musulmanes.5 En otras palabras, el Cid sigue cabalgando después de muerto en el siglo XXI porque algunas de las cualidades y acciones del de Vivar se erigen, en el relato revertiano, como paradigma de comportamiento necesitado en el momento actual. Quizás sea éste uno de los logros a destacar en esta novela: el desencorsetar al Cid de las dos personalidades en las que se le ha encasillado con más ahínco -la de cruzado defensor del cristianismo y/o la monarquía, o la del mercenario oportunista que lucha allí donde encuentre compensación pecuniaria- con el fin de dotarle de una función didáctica útil hoy: la de ejemplificar cómo se alcanza el rango de líder.6

En este ensayo, como se anticipa en el título, se comienza por exponer el perfil heroico de Rodrigo Díaz de Vivar desarrollado por Pérez-Reverte en la novela histórica Sidi.7 El objetivo subsecuente es analizar un elemento habitual en las obras de Pérez-Reverte, no suficientemente explorado, que puede cuestionar la elección del Cid como modelo de heroicidad en el siglo XXI incluso desde el corazón de la propia novela: el mal y la violencia o la crueldad. El caso del Cid nos hace preguntarnos en qué medida, hoy en día, puede ser considerado como héroe un individuo que hizo de la guerra, el saqueo y la extorsión su modo de vida, practicando así comportamientos más propios de un terrorista que de una figura modélica. El propio Pérez-Reverte no es ajeno a esta cuestión al avisar al lector de la barbarie de la época, apoyándose en los versos de José Zorrilla en La leyenda del Cid:

Costumbres de aquella era
caballeresca y feroz,
en que degollando moros
se glorificaba a Dios.
Mas tal es la historia nuestra:
no es culpa mía si es bárbara;
yo cumplo con advertírselo
a mi pueblo al relatársela.8

El objetivo de este estudio no es vilipendiar, poner en entredicho la reputación heroica del Cid, o derribar estatuas de su pedestal, como ya han intentado hacer el arabista holandés Reinhart Dozy y otros.9 Por el contrario, parte del magnetismo de este guerrero burgalés es que nos permite internarnos en el terreno del análisis y explorar, como hacemos en este ensayo, múltiples temas, tales como el significado de la heroicidad, el papel del líder y la representación de la violencia en un contexto descrito como intrínsecamente violento.

Perfil heroico de Rodrigo Díaz de Vivar en Sidi: la forja de un líder

Mediante la recreación de un fragmento de la vida de Ruy Díaz, en Sidi se indaga en aquello que hace que unos individuos y no otros jueguen un rol excepcional en la historia y logren ganar por sus propios méritos un estatus memorable. Por lo pronto, el Cid de Pérez-Reverte despliega las características clásicas que se suelen atribuir a un héroe: coraje o valor inusual (fortitudo), inteligencia o astucia (sapientia) y autocontrol,10 la famosa mesura que caracteriza al Cid del Cantar. A la vez, está dotado de otras dos habilidades notables que, en la visión de Pérez-Reverte, no abundan en nuestro presente: una es su capacidad para el liderazgo; la segunda es la determinación, el coraje y un conocimiento innato que acompañan a quien sabe enfrentarse a la muerte permanentemente, con sencillez y naturalidad, en un mundo donde no hay grandes asideros ideológicos. Esta nobleza interior es resumida por el jefe de la tropa árabe, Yaqub al-Jatib, con las siguientes palabras: “No puede vivir de las armas quien no sabe morir. Y la gente bien nacida sabe ir con calma hacia la eternidad” (Sidi, 291). Concretamente, ni la religión -relegada a lo imprescindible en la narrativa revertiana-, ni las élites -o más bien el puñado de hombres que dirimen conflictos familiares de manera caprichosa y, al hacerlo, juegan con el destino de comunidades humanas- conforman ningún tipo de proyecto trascendente o significativo.11 De hecho, Pérez-Reverte empalma estos dos rasgos: en un mundo brutal, son los valores personales -“la lealtad, el valor, la dignidad, el amor, el coraje”- los que permiten sobrevivir al horror de la vida, la hostilidad del mundo.12 Paralelamente, un aspecto inevitable ensombrece la reputación del Cid: nos referimos a la crueldad, la violencia desatada y el sadismo propios de la vida de un guerrero. Se analizará en el siguiente apartado ese lado oscuro y ambiguo del ser humano presente en la ficción de Pérez-Reverte, quien, como corresponsal de guerra, ha contado con oportunidades para asomarse a él y comprobar cómo la violencia puede estar alojada en nuestra psique y en la estructura social. En este apartado, nos enfocamos en las cualidades heroicas del Cid en Sidi, en su correspondencia con las características del Ruy Díaz histórico -en la medida en que han sido columbradas por los historiadores- y en aquellos elementos que lo han hecho perdurar en el imaginario español.

Las cualidades positivas concretas que despliega el Cid de Pérez-Reverte -y que le constituyen en un modelo de líder- son muchas. Se debe destacar su sagacidad psicológica, sus dotes militares, la percepción de su propia fragilidad (que es otra forma de subrayar la condición humana del héroe tan manifiesta en el Cantar de mio Cid), su preocupación por los otros (aunque esa preocupación no va más allá de los hombres de su mesnada, su esposa y sus hijas, con la discutible excepción de la niña de Covarrubias) y su capacidad para la observación aliada a la reflexión; en otras palabras, su habilidad para escudriñar el paisaje y detectar peligros encubiertos, que se traduce también en la anticipación de potenciales fallos en los planes militares.

De todas, es fácil encontrar ejemplos regularmente en el plano de la ficción creado en Sidi, pero quizás son las dos primeras -la sagacidad psicológica y las dotes militares- las que nos dan una pista para entender por qué la fama de Ruy Díaz le ha ganado la batalla al tiempo. La sagacidad psicológica -su conocimiento de los resortes emocionales del ser humano- es una herramienta en la cabeza del Cid revertiano puesta al servicio de su ambición por dirigir a sus hombres. Así, leemos que “el arte de mando era tratar con la naturaleza humana, y él había dedicado su vida a aprenderlo. Pagando por cada lección” (Sidi, 180) y vemos ejemplos de la negociación necesaria para ganar la “obediencia ciega” de los “lidiadores feroces” que conforman su ejército (Sidi, 82). También le permite desenvolverse con éxito en contextos muy diversos, pues es capaz de departir con personas de la élite árabe, ser soez con sus soldados o apelar y refrenar sus instintos de codicia a la vez. Sirva como ejemplo el episodio de la persecución de los sarracenos responsables de una cruel incursión de rapiña en terreno cristiano, cuando -después de defraudar a sus hombres al informarles de que no van a cobrar rescate por los esclavos cristianos- Rodrigo sugiere que no es necesario matar a todos los enemigos musulmanes, pues algunos pueden ser vendidos como esclavos.13 Otros ejemplos de su capacidad para servirse de los resortes psicológicos de sus interlocutores ocurren al recoger las soldadas de manos de un prestamista judío remiso en los pagos (“hizo un ademán de calculada cólera. Casi podía escuchar, a su lado, la risa interior de Martín Antolínez”, Sidi, 197); durante una campaña bélica, cuando leemos sus pensamientos de que “los reyes, sabía por experiencia, sólo escuchaban lo que deseaban escuchar” (Sidi, 200); o al prohibir hacer guardia usando un escudo que, por su estructura, favorece que el centinela se quede dormido apoyado en él (Sidi, 293-294). Además, su sensibilidad es bicultural pues, cuando arenga a un grupo de soldados sarracenos, Ruy Díaz se apoya en su conocimiento del Corán (Sidi, 294) y logra ganarse el corazón del jefe de la hueste árabe al acompañarlo en los ritos del rezo musulmán, con los que está familiarizado (Sidi, 191-192). Finalmente, delante de Mutamán -al que sirve militarmente-, exhibe hábitos musulmanes por cortesía, lo que lleva al rey de Zaragoza a observar que Ruy Díaz podría “ser uno de los nuestros” (Sidi, 154).

No es sólo su instinto y sagacidad psicológicos lo que hace del Cid de Pérez-Reverte un modelo de capital humano e individuo carismático capaz de arrastrar a otros individuos a la acción; es decir, lograr la adhesión y fidelidad de sus hombres.14 También contribuye a ello su humildad personal y sentido de la equidad que Pérez-Reverte desglosa así:

Ni siquiera llevaba criados cuando andaba en campaña. Jamás, desde que guerreaba, había ordenado a un hombre algo que no fuera capaz de hacer por sí mismo. Eran sus reglas. Dormía donde todos, comía lo que todos, cargaba con su impedimenta como todos. Y combatía igual que ellos, siempre en el mayor peligro, socorriéndolos en la lucha como lo socorrían a él. Aquello era punto de honra. Nunca dejaba a uno de los suyos solo entre enemigos, ni nunca atrás mientras estuviera vivo. Por eso sus hombres lo seguían de aquel modo, y la mayor parte lo haría hasta la boca misma del infierno. (Sidi, 58)15

Un segundo aspecto clave en la popularidad del personaje histórico -uná­nimemente reconocido por los historiadores- son las dotes militares del guerrero burgalés. Pérez-Reverte va más allá pues no sólo describe la capacidad para la estrategia y la veteranía o carácter experimentado de Ruy Díaz, sino que también enfatiza la paciencia, el estoicismo y el realismo con los que el Cid desempeña las actividades guerreras:

La guerra era aquello, se dijo Ruy Díaz de nuevo: nueve partes de paciencia y una de coraje. Y más temple era necesario para lo primero que para lo segundo […] pronto aprendió que batallar era un mucho más, o un casi todo, de ruina y fatiga, de marchas interminables, de calor, frío, tedio, sed y hambre, y también de apretar los dientes aguardando momentos que no sucedían nunca o que, cuando al fin llegaban, transcurrían fugaces y brutales, sin tiempo para retener detalles, sin otro pensamiento que no fuera golpear, defenderse y recordar la única regla: si luchas bien, vivirás; si no, te matarán. (Sidi, 59)

Para Martínez Díez, “el rasgo más sobresaliente de la personalidad de Rodrigo Díaz de Vivar fue sin duda su genio militar, en el que confluían la inteligencia, la astucia y el valor a partes iguales” (El Cid histórico, 428). Según Porrinas González, el Cid “es uno de los mejores líderes militares de toda la historia, ya que supo extraer siempre el máximo provecho de sus hombres” gracias a sus dotes para el liderazgo, la cohesión y la motivación (El Cid, 170). Este historiador también proporciona una lista de las cualidades de Ruy Díaz en el terreno militar parecidas a las que desarrolla Pérez-Reverte por medio de la ficción. Éstas son: una notable capacidad de aprendizaje y adaptación a circunstancias adversas, lo cual le permitió convertirse en “un híbrido militar y político” dentro de los contextos cristiano, árabe y fronterizo; habilidad para formar una hueste diversa y mantener “un ejército permanente y profesional”; “implicación personal en los combates,” que le llevó a ganar la adhesión de sus hombres; conocimiento experto de la topografía y su aprovechamiento; y “explotación de recursos psicológicos” (El Cid, xxi-xxii). Más concretamente, dos logros militares le permitieron convertirse en leyenda y ganarse una fama bastante duradera: la conquista de Valencia y las victorias en batallas campales, especialmente la de Cuarte contra los almorávides en 1094 y, años antes, la del Pinar de Tébar, que sirve de base a Pérez-Reverte para la contienda final de su novela, en Almenar.16 A pesar de no disponer de los recursos con los que contaba Alfonso VI y otros reyes, no conoció la derrota. Fue un guerrero invicto, como señala la Historia Roderici(Martínez Díez, El Cid histórico, 429; Barton, “El Cid, Cluny”, 519) y su estatus de mercenario al servicio de los musulmanes no fue un obstáculo para lograr notoriedad entre los cristianos.17 Como apunta Brian Catlos, su reputación de invencibilidad le acompañó incluso después de los primeros reveses: “his successes were undeniable, though, and it is their scale, not their nature, that reveals Rodrigo as an exceptional figure” (Infidel Kings, 75).

Violencia y ética en un héroe

La violencia es hoy un ingrediente para el entretenimiento frecuente en west­erns, cómics y mucha de la producción cinematográfica en la cultura occidental. Sidi, una novela de aventuras ambientada en la frontera del siglo XI, satisface esta expectativa al no escatimar una considerable dosis de escenas violentas.18 Así, los almorávides de la aceifa que cometen horribles atrocidades contra una familia de colonos serán capturados y degollados “pasada la fiebre del combate […] sin odio, metódicamente” (Sidi, 114) y sus cabezas serán exhibidas no sólo como triunfo sino también como modo de certificar el pago económico que se debe a esos cazarrecompensas en los que convierte Pérez-Reverte al Cid y sus hombres. En otro episodio, el soldado de la mesnada del Cid que, en un altercado, asesina con una puñalada por la espalda a un soldado zaragozano, ve sus manos amputadas antes de ser colgado en un acto de retribución considerado necesario para evitar una escalada de violencia. El propio Cid hace de la violencia su forma de vida -lo que se ve justificado en Sidi por la necesidad de recursos que sufre como exiliado y marginado- llegando, como expresión de su ferocidad en la batalla, a notar la sangre del enemigo resbalar “desde el codo por la muñeca y la mano derecha, hasta mojarle el guante” (Sidi, 239). Como ha señalado Boix Jovaní (“De Per Abbat a Pérez-Reverte”, 31), se evoca aquí el verso “por el cobdo ayuso la sangre destellando”, detalle visual repetido en los vv. 501, 781, 1724 y 2453 del Cantar de mio Cid. Se revela, además, el espíritu brutal y sanguinario que puede invadir al luchador en los conflictos bélicos. Y el hecho de que, en el cierre de la novela, su superior musulmán en Zaragoza le incite al pillaje y a sembrar el terror, 19 nos recuerda que el Cid fue esa figura tan popular todavía hoy en la cultura occidental: un asesino civilizado. Sin duda, la violencia es un elemento inevitable en un individuo que hizo de la guerra su forma de vida en un entorno proclive a ella.20 Sin embargo, la elección de un héroe violento y en determinadas circunstancias cruel, puede cuestionar nuestra inteligencia o sensibilidad al escogerlo como modelo de virtud. Pérez-Reverte no es ajeno a esta ambigüedad o paradoja, dentro de la construcción de su imagen del Cid, y es capaz de resolverla sin llegar a cuestionar el perfil heroico del Cid, pero tampoco a soslayar el tema.21

Así, Pérez-Reverte señala que el Cid no perseguía ni se regodeaba en el horror o la crueldad innecesaria, aspecto también remarcado por los historiadores, aunque no unánimemente.22 Una de ellas es una escena de ira noble, cuando, ante la insensibilidad del conde Berenguer, le conmina a recordar, airado, que miles de hombres han muerto por el capricho y la indiferencia de hombres poderosos como él. Hubiera podido añadir las decisiones de su propio jefe, Mutamán, a quien no logra hacer cambiar de opinión cuando planea una guerra con el fin de dar un escarmiento a su hermano (Sidi, 270-272).

En lo que puede ser uno de los grandes aciertos de Sidi, Pérez-Reverte desarrolla la seducción por la sangre y la adicción por la violencia en un personaje diferente a Ruy Díaz que quizás pueda ser visto como la cara oscura del Cid. Nos referimos a Diego Ordóñez, probablemente el personaje que recibe más atención después del Cid en Sidi. El alter ego tradicional del Cid es Álvar Fáñez, su lugarteniente en el Cantar de mio Cid, presentado en Sidi como su mejor amigo desde la infancia y como su incondicional seguidor en cualquier maniobra bélica.23 Su desarrollo como personaje es limitado: de carácter noble y fiel, permite confirmar la astucia del Cid -más agudo e inteligente que Álvar Fáñez, quien necesita más tiempo para captar todas las ramificaciones de un plan-, generar algún comentario humorístico y ejemplificar la fidelidad y devoción que despertaba el Cid. Su función narrativa es la de incitar en los lectores una actitud de admiración y sorpresa ante la astucia, la sagacidad y las dotes militares de Ruy Díaz. Paralelamente, es posible argumentar que Diego Ordóñez representa un segundo tipo de lugarteniente y alter ego, imagen perversa o doppelgänger del Cid; en definitiva, un doble monstruoso que nos distancia de esa admiración incondicional.

En la novela Sidi, Diego Ordóñez -parte de la cuadrilla escogida de hombres que secundan los planes del Cid-24 es presentado como poco inteligente, racista, soez, cínico y violento de forma extremada e irracional. Se trata de un guerrero altamente eficiente, pero, también, de una máquina asesina que disfruta con la lucha, las matanzas y el degüello del enemigo. Algunos ejemplos tomados de Sidi muestran el carácter siniestro de este lugarteniente de Rodrigo Díaz: “con Diego Ordóñez como maestro de ceremonia no era necesario verdugo, pues nunca ponía reparos a ocuparse de eso” (Sidi, 187); “prefería los asaltos y el degüello. Para una bestia de guerra como él, lo suyo eran casas incendiadas, pisar cadáveres y cargarse de botín. Sólo así se encontraba en su elemento” (Sidi, 222); “la perspectiva de cualquier degüello, propio o ajeno, le hacía brillar los ojos. Lo estimulaba. Era un soldado perfecto, una pura bestia de guerra” (Sidi, 248; nuestro énfasis). Diego Ordóñez llega a resultar cómico pues incluso el propio Ruy Díaz se asombra de que sea tan “brutísimo animal” (Sidi, 282).

Diego Ordóñez encarna el inexplicable instinto violento, la sed de sangre desatada y, como tal, juega un importante rol en Sidi: el de señalar la presencia del monstruo que el ser humano puede llevar dentro y, por contraste, presentar un Cid más limpio, sin llegar por ello a idealizar el mundo del saqueo y la violencia endémica que se desarrolló en la frontera del siglo XI. Ruy Díaz no es Diego Ordóñez en Sidi, no desarrolla su instinto para la brutalidad, pero lo que la historia nos cuenta es que no estuvo muy lejos de convertirse en otro matarife. Así, las maniobras que le llevaron a la conquista de Valencia -cuando ya no estaba al servicio de ningún señor, sino que seguía sus propios dictados y buscaba reforzar su propio poder- sugieren un personaje encallecido, con mucha inteligencia militar pero también maquiavélica, que no dudó en servirse de la extorsión (García Fitz, “El Cid y la guerra”, 415), la depredación, la tortura y la crueldad para conseguir sus propias metas: la conquista de un territorio propio que garantizara su propia seguridad. García Fitz ha analizado cómo la trayectoria de Ruy Díaz se vio afectada por su relación con los poderes políticos. Así, durante el primer periodo de su vida militar (1063-1087), el burgalés participaba en campañas bélicas “de carácter estacional, de corta duración” y al servicio de otros (“El Cid y la guerra”, 388). De manera singular, entre 1087 y 1094, el Cid actuará de manera independiente y al margen de otros poderes, lo que le llevará a estar en guerra permanente hasta la conquista de Valencia en 1094 y a tener el saqueo, la devastación y el cobro de parias como principal fuente de subsistencia (“El Cid y la guerra”, 413-414). Ruy Díaz, sin tener sangre real, alcanzó a convertirse en un rey o señor de una taifa y, concretamente, en el único rey de taifa cristiano (Smith, The Making, 50; Catlos, Infidel Kings, 98; Hitchcock, Muslim Spain, 133; Cobb, The Race for Paradise, 64).25 Sin embargo, la obtención de un espacio geográfico propio en Valencia no supuso el final de las actividades bélicas; al contrario, con el fin de afianzar el dominio territorial se dieron cabalgadas, algaras, asedios, tomas de puntos estratégicos, y la política del Cid osciló entre la clemencia y la crueldad, algo que no era inusual en otros líderes medievales (Horrent, Historia y poesía, 84; véase nota 23 en este ensayo). En definitiva, la posesión de un ejército propio, quizás el ejemplo de la actuación maquiavélica de Alfonso VI en el control de los reinos de taifas, y el deseo o la necesidad de contar con un espacio político personal -en alguien que no contaba con otros recursos humanos y económicos de apoyo (Martínez Díez, El Cid histórico, 430)- fueron algunos de los factores que facilitaron un incremento en la práctica de la violencia y la agresión.

Conclusiones

Resumiendo, en su novela Sidi, Pérez-Reverte fabrica un héroe útil para el siglo XXI y lo hace sin distanciarse de la imagen de Ruy Díaz de Vivar construida por los historiadores en las últimas décadas, pero seleccionando tan sólo el primer año de exilio de este personaje singular. El Cid revertiano nos enseña estrategias necesarias para el liderazgo: inteligencia, dedicación, dotes y profesionalidad militares, aprovechamiento de la psicología humana, interés por el bienestar personal del grupo y humildad. Además, su coraje y sencillez a la hora de enfrentar la muerte sirven de modelo para la sociedad occidental actual, la cual tiende a desatender todo lo relacionado con nuestra naturaleza perecedera. Con ello, Pérez-Reverte busca concretamente “descontaminar” al Cid de manipulaciones previas: en otras palabras, aportar otra interpretación que borre el uso partidista hecho en la época franquista, labor pendiente por hacer desde la transición del sistema nacionalcatólico franquista a la democracia, aunque, ciertamente -después de los trabajos de Dozy, Fletcher y otros historiadores- ya no puede sorprender el retrato de un Cid que no es un acendrado guerrero cristiano empeñado en la cruzada, sino un soldado profesional al servicio de las autoridades musulmanas de Zaragoza.

Pérez-Reverte tampoco se adentra en una vida marcada por la violencia -que hubiera implicado una continua iteración de escenas sangrientas- y sí logra resaltar un aspecto que resulta modélico para el siglo XXI y en el que reparamos quizás más hoy en día en el contexto de un mundo globalizado. Me refiero al mestizaje cultural del Ruy Díaz de Sidi. Pérez-Reverte afirma que le interesó explorar la “ambigüedad” de un personaje que “luchó contra musulmanes y contra cristianos y se alió con musulmanes”. Ya hemos visto cómo diversos historiadores han descrito al Cid como el único rey de taifa cristiano; Martínez Díez, a partir del testimonio de Ben Bassam, afirma que Rodrigo Díaz conocía perfectamente el árabe hasta el punto de emocionarse con la literatura épica en esa lengua (El Cid histórico, 440). El Cid de Sidi está familiarizado con el Corán y es capaz de actuar como ventrílocuo del tipo de retórica que movilizaría a los soldados musulmanes, los cuales aparecen como menos motivados por el afán pecuniario que los soldados cristianos, quizás por proceder de una sociedad con más medios económicos y más estimulados por la recompensa en el Más Allá o el reconocimiento honorífico de sus jefes. A su vez, también acompaña en los rezos árabes a su homólogo musulmán en el cargo, Yaqub al-Jatib, proclamando: “Rezamos al mismo Dios, que es uno solo” y explicando -ante la admiración de al-Jatib- “Sólo soy un hombre de frontera” (Sidi, 191). Mutamán, por su parte, afirma que el Cid puede “mirar el mundo como un cristiano o un musulmán” según lo necesite (Sidi, 354). Los historiadores han recogido evidencia de su familiaridad con costumbres de la sociedad hispano-musulmana (Martínez Díez, El Cid histórico, 335-336), hasta el punto de que Richard Hitchcock -siguiendo a José Camón Aznar- tacha al Cid de anacronismo por su integración en el mundo árabe en un momento en el que ya habían desaparecido la tolerancia y el respeto mutuos. En sus palabras, el Cid era “a Castilian Christian who kept company with Muslims in an epoch, the 1080s and 1090s, when mutual tolerance and respect between the two faiths had been replaced by a much more hardened and uncompromising attitude” (133).

Volviendo a la analogía con el Far West, podemos pensar en aquellos personajes biculturales en el imaginario cinematográfico occidental: los hombres blancos, marginados y solitarios, que crearon sólidos lazos con tribus indias, abrazaron una espiritualidad distinta y a veces se convirtieron en antagonistas de su propio grupo. Es ahondando en este carisma humano que, quizás, Rodrigo Díaz de Vivar, más allá de sus hazañas e intereses militares, nos lleve a seguir explorando los modelos biculturales del pasado.

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El subtítulo “relato de frontera” parece rememorar el título “un canto de frontera” con que Rico —quien a su vez se hace eco de un verso de Antonio Machado— abre su estudio incluido en la edición del Cantar de mio Cid de Montaner. En dicho estudio, el mundo de frontera del siglo xi es descrito como el “Far East” (232 [1993 y 2007: XXII]), palabras que traen a la memoria otro contexto fronterizo mejor conocido gracias al cine estadounidense, el Far West americano. De hecho, Gabriel Jackson ya había observado que “the warlike frontier of early medieval Spain was a miniature ‘wild west’, attractive to adventurous, combative men who were willing to live dangerously” (The Making of Medieval Spain, 36-37). Esta expresiva conexión ha sido usada por otros críticos, como Enrique García Ballesteros (“La frontera en la memoria cinematográfica”, 65) y será ampliamente elaborada por Pérez-Reverte en el inicio de Sidi. Así, la persecución de una aceifa almorávide evoca episodios cinematográficos de los indios, colonos y cowboys justicieros o cazarrecompensas, como señala el periodista Jacinto Antón (“No habrá mejor caballero”). Además, en una entrevista radiofónica con Carles Francino en La ventana, de Cadena Ser el 19 de septiembre de 2019, Pérez-Reverte se preguntaba por qué el mundo de frontera peninsular del siglo xi no había seducido al público del mismo modo que el far-west norteamericano. Véase también Boix Jovaní, “De Per Abbat a Pérez-Reverte”, 7.
Ruy Díaz sufrió un primer exilio en 1081 tras asolar las tierras de Toledo en una expedición de castigo, no autorizada, ocasionada por una incursión previa de los sarracenos contra el castillo de Gormaz (véase Falque, Historia Roderici, 50-51). Pérez-Reverte plasma en la ficción los eventos que van desde el verano de 1081, cuando Ruy Díaz sale de Castilla y busca una fuente de recursos para él y sus hombres, hasta la batalla de Almenar en el verano de 1082.
Especialistas en historia no dudan en calificar de “brutal” el mundo de la frontera. De acuerdo con Rico (“Un canto”, 230 [1993 y 2007: XIX]) “la frontera, sobre todo desde los días del ‘buen Emperador’” (v. 3003), es una sociedad en armas, permanentemente dispuesta para el ataque y saqueo […]. En las ciudades fronterizas y en sus alfoces, se vive para la guerra y de la guerra. No se buscan las tierras sino las riquezas de los moros”. García Fitz describe el contexto político del siglo xi como un “escenario marcado por la violencia” donde las formas de actuación están determinadas por la confrontación armada y la extorsión militar que se concreta en la exigencia de parias (“Prólogo”, xii-xiii). Pérez-Reverte lo sintetiza en una frase lapidaria: “Al-Andalus vivía en el filo de una espada” (Sidi, 145).
En Sidi, Ruy Díaz recibe el título de respeto sidi, “mi señor”, adaptación del árabe andalusí, de sus hombres y en varias ocasiones significativas: en la primera parte del libro (“La cabalgada”) cuando ordena evitar el degüello de aquellos enemigos autóctonos —que no procedían del norte de África— porque sería más lucrativo venderlos como esclavos (Sidi, 114-115); cuando ha logrado liderar una hueste híbrida de árabes y cristianos (Sidi, 301); y tras ganarse la admiración del jefe de la tropa árabe y de Mutamán respectivamente, quienes lo llaman Sidi Qambitur (“Cid Campeador”)(Sidi, 295, 271, 355-356). De acuerdo con Montaner “no se sabe si Rodrigo Díaz recibió el apelativo de Cid en vida y, de ser así, seguramente fue tras la conquista de Valencia” (en su edición del Cantar, 777-778 [1993: 479; 2007: 433]). Fletcher recuerda que “the term’s first appearance in our surviving records is in a Latin poem composed in celebration of the conquest of Almería […] in 1147” (The Quest for El Cid, 3). Brian Catlos (Infidel Kings, 74) afirma que en, 1079, tras la batalla contra la taifa de Granada, Rodrigo Díaz fue aclamado como sayyidi. De Epalza (“El Cid”) sospecha que, en el contexto hispanomusulmán, el Cid sería un epíteto de guerra procedente del término árabe sīd (“león”) más que un improbable reconocimiento de lealtad, y serviría para mostrar admiración quizá tras sus actuaciones militares en Sevilla o Zaragoza. Hitchcock (Muslim Spain, 130-131, 133) retoma esta interpretación del sobrenombre de Rodrigo, pero cree que pudo recibir este epíteto tras la derrota de los almorávides en la batalla de Cuarte en 1094.
Pérez-Reverte ha señalado su propósito de contar cómo era el Cid antes de que se estableciera como leyenda (Rubio Rossell, “El Cid”), pero en ciertos pasajes de la novela su nombre y su leyenda son mencionados como si ya estuvieran plenamente asentados (180).
Barton (“El Cid, Cluny”, 522) lo expone en los siguientes términos: “we have been left with two Cids to choose from: so which is it to be: the patriotic, Christian El Cid, champion of the Reconquista; or the hard-nosed, pragmatic Rodrigo Díaz, the ruthless soldier of fortune?”. Barton argumentará que existieron razones para adjudicar la personalidad de cruzado al Cid poco antes de su muerte. Porrinas González en su capítulo “El Cid después de Rodrigo el Campeador. La imagen mutante de un mito viviente” examina las múltiples caras e interpretaciones del personaje del Cid a lo largo de la historia (El Cid, 297-356). Pérez-Reverte expresa su intención de “descontaminar” al Cid, de aportar una interpretación que borre el uso partidista hecho en la época franquista, dado que en la transición nadie se tomó el trabajo de hacer una interpretación más certera de figuras como don Pelayo o el Cid (entrevista en La ventana de Cadena Ser con Carles Francino el 19 de septiembre de 2019). Pérez-Reverte clarifica que “hay muchos Ruy Díaz en la tradición española, y éste es el mío” (Sidi, 8).
Se debe observar que Pérez-Reverte trabaja con la libertad poética o creativa de un escritor y las herramientas del historiador. Así, tras la dedicatoria a Alberto Montaner, el autor apunta que Sidi es “un relato de ficción donde, con la libertad del novelista, combino historia, leyenda e imaginación” (8).
Sidi, 9, versos que corresponden a La leyenda, II.vii (71). Pérez-Reverte se hace eco de estas imágenes cuando Ruy Díaz trae a su memoria episodios de juventud en los que, peleando al lado de su rey Sancho, estaba seguro de que degollando moros se honraba a Cristo (Sidi, 61).
En un esfuerzo por separar el personaje histórico de su construcción poética y legendaria, Reinhart Dozy cargó las tintas contra Ruy Diaz del que afirmó no fue ni leal, ni humano, ni patriota, sino un condotiero (110), un hombre “sin fe ni ley” (201-202), en una época de “costumbres demasiado rudas, como para poder apreciar cualidades morales de un orden más elevado” (205; Recherches sur l᾿histoire, II; las traducciones son mías). Richard Fletcher traza la historia de la revitalización del Cid, tras las críticas de Dozy en 1849, 1860 y 1881 (The Quest for El Cid, 200-201; véase también Barton, “El Cid, Cluny”, 521). Menéndez Pidal refuta la opinión de Dozy en 1929 con su estudio La España del Cid, en la que aporta una visión, más que una interpretación, que tiene un objetivo “piadoso” y no sólo histórico: el de educar a sus lectores y proporcionar un héroe castellano y unificador de España. La visión del Cid generada por Menéndez Pidal caló en los sustratos ideológicos franquistas y llegaría a nuestra época (Fletcher, The Quest for El Cid, 201-205). Desde un punto de vista narrativo o creativo, la materia cidiana, siempre entre la leyenda y la historia, es altamente maleable; como consecuencia, el escritor puede rellenar los espacios que faltan. Luis Galván (El “Poema del Cid”, 329) también observa que se han creado imágenes distintas, con propósitos diversos, a lo largo de la historia; esto ha sido posibilitado, en parte, por la selección de detalles diferentes del Cantar de mio Cid.
De acuerdo con Pérez-Reverte, el Cid es un héroe en el sentido clásico, al que la manipulación de los seres humanos le permite sobrevivir y hacer frente a pruebas duras (en la entrevista radiofónica con Carles Francino en La ventana, de Cadena Ser, el 19 de septiembre de 2019).
Son muy pocas las escenas que transmiten una pulsación religiosa y, cuando ésta ocurre, se trata de una fe sencilla en absoluto marcada por el fanatismo u orientada a la cruzada: “[Ruy Díaz] Se puso de rodillas y rezó sin importarle que lo viera el otro: una breve oración que cada mañana y cada noche repetía desde que era niño” (297). Igualmente, la adhesión del Cid a sus jefes —en algún momento cuestionada por Diego Ordóñez (82 y 299)— no tiene resquicios en el Cid, aunque la grandeza de este personaje se sustenta en su carisma personal en el mundo de la guerra más que en su fidelidad a ideas o instituciones (Sidi, 263).
Entrevista radiofónica con Carles Francino en La ventana, de Cadena Ser (19 de septiembre de 2019).
En la planificación de la emboscada contra la aceifa, Ruy Díaz añade: “Así que, por mucho que matemos, procuremos no matar demasiado […]. Las putas que les tiene reservadas Mahoma pueden esperar” (Sidi, 83). En la página 294, Ruy Díaz adapta el mismo comentario para los soldados de la tropa árabe.
Quizás con una cierta candidez narrativa, Pérez-Reverte hace que el personaje verbalice los resortes de su éxito. Por ejemplo, el personaje se obliga a recordar los nombres de sus hombres porque es consciente de la importancia de arengarlos en la mitad de una batalla: “nada alentaba más en mitad de un combate, en la dura soledad de matar y morir, que un jefe gritara nombres […]. Así, Ruy Díaz había visto a guerreros casi derrotados […] renovar su ataque y hacerse matar como leones sólo por haberse oído nombrar en la refriega” (48-49). O: “en realidad, se dijo, ser jefe consistía en eso: la capacidad de hacer planes y de convencer a otros para que los ejecutaran, aunque eso los llevase a la muerte” (85). El Ruy Díaz histórico fabricó un ejército profesional permanente, lo que facilitó la consecución de sus triunfos militares; con ello mostró una capacidad inusual “para reunir en torno suyo a caballeros y peones dispuestos a seguirle, para dotarles de la organización y disciplina necesarias en un ejército, para mantenerlos permanentemente unidos […] sin otros recursos que no fueran los procedentes de sus propios éxitos militares” (García Fitz, “El Cid y la guerra”, 417). Martínez Díez detecta un carisma personal singular: “A su habilidad y genialidad militar unía el Cid un valor personal extraordinario, absolutamente necesario para galvanizar y conducir a la victoria a la mesnada que le servía. Era el jefe que arrastraba con su ejemplo a todos los hombres a sus órdenes” (El Cid histórico, 430).
Véase la misma descripción en boca de Mutamán (Sidi, 353).
García Fitz explica que el objetivo principal en los conflictos medievales era dominar el espacio, por lo que era más habitual e importante hacerse con una fortaleza que ganar una batalla campal. A pesar de ello, el Cid participó en un inusual número de batallas campales “obteniendo siempre la victoria” (“El Cid y la guerra”, 394-395).
Sobre el estatus de los mercenarios cristianos véase Michael Lower (“Christian Mercenaries”, 431), quien observa que, al menos en la Iberia del siglo xiii, muchos nobles lograban recuperar su estatus político después de pasar un periodo en al-Andalus o el Magreb.
En su estudio sobre la violencia en el Cantar de mio Cid, Hernando define la violencia, o la imposición de la fuerza, “en un sentido amplio, como invasión de la esfera del ser, o, más adecuadamente, de identidad” (Poesía y violencia, 20). Steven Pinker entiende la violencia escuetamente como “the deliberate killing or infliction of severe bodily harm” (Ray et al., “Book Review”, 1229), definición que se aplica perfectamente a Sidi. Por otro lado, la violencia en su representación textual puede traducirse en un acto de subordinación por el que el lector del texto se ve sometido “al orden simbólico y a la jerarquía de valores propuestos desde el texto” (Hernando, Poesía y violencia, 21).
Las palabras de Mutamán a las que se pliega el Cid son: “Empieza con una cabalgada. Hacia Morella, por ejemplo. Deseo que no haya árbol que no tales, casa que no quemes ni esclavo o botín que no traigas. Hazles sentir el temor de Dios y el tuyo, hasta el punto de que no sepan cuál los aterra más” (351; énfasis nuestro).
Brian Catlos (Infidel Kings, 79) explica la cultura predatoria de los reinos cristianos —“in the Christian North it was violence that ruled”— y la ventaja que esto significaba sobre los prósperos reinos del sur, más urbanos y con una economía más sofisticada conectada comercialmente con África y el Mediterráneo. Como ha señalado Hernando, en la primera parte del Cantar de mio Cid la violencia es instrumental en la progresiva adquisición de estatus por parte del Cid; es decir, el combate funciona como medio para recuperar un lugar en la sociedad tras el destierro (Poesía y violencia, 14, 28-29) y el botín constituye un bien material transformable en estatus (Poesía y violencia, 57). Sin embargo, la parte final del poema cuestiona esa misma violencia cuando ocurre fuera de las estructuras del control político (Poesía y violencia, 14).
El mismo dilema se plantea en el capítulo dedicado a Ruy Díaz de Vivar dentro de la serie de ficción El ministerio del tiempo: mientras que el Cid histórico en esta serie es representado como un guerrero brutal y sanguinario —cercano a lo que es Diego Ordóñez en Sidi—, el agente del Ministerio que se ve obligado a suplantar al Cid —tras la muerte accidental del Ruy Díaz histórico— encarna los valores más honorables de la tradición cidiana: caballerosidad o sensibilidad humana, fidelidad, esfuerzo.
Martínez Díez estima que el Cid ponía por delante la negociación y la vía pacífica (El Cid histórico, 436). También recoge los testimonios de los cronistas árabes contemporáneos al Cid los cuales incidieron en el decreto de muerte del cadí valenciano Ibn Yahhaf para denunciar la crueldad del héroe (El Cid histórico, 345-346). García Fitz observa la inusual abundancia de batallas campales en las que participó el Cid, pero no deduce un instinto sanguinario en el Cid histórico; es decir, dichos combates fueron parte de los objetivos habituales de desgaste y control del espacio en manos de un profesional de la guerra en apariencia prudente y partidario de la planificación (“El Cid y la guerra”, 394-395). Sin embargo, durante el cerco de Valencia, observa la brutalidad en que derivó el asedio. Por ejemplo, aquéllos que abandonaban dicha ciudad eran “decapitados, quemados o despedazados por los perros a la vista de los defensores dejando sus restos colgados de los árboles o de los alminares de los arrabales” (“El Cid y la guerra”, 408). Por su lado, Porrinas González concluye que el Cid manejó la crueldad de manera pragmática en un contexto en el que no existía un código de honor que regulase el comportamiento de los guerreros contra los vencidos (“¿Masacre o clemencia?”, 204-205). De manera similar, Pérez-Reverte reconoce en el Cid, por boca de Mutamán, una de las características del señor medieval: la crueldad, es decir, el manejo de la violencia más allá de un límite teóricamente racional como estrategia para mantener el orden. Así, el rey zaragozano afirma que Ruy Díaz es “duro y justo” y tiene “la energía y la crueldad objetivas de un gran señor” (Sidi, 354; nuestro énfasis).
Martínez Díez manifiesta la firme convicción de que Rodrigo Díaz y Álvar Fáñez nunca cabalgaron juntos (El Cid histórico, 445).
Diego Ordóñez aparece ya en la Estoria de España y en La leyenda del Cid de José Zorrilla, de la cual Pérez-Reverte toma sus desafíos contra los hijos de Arias Gonzalo (véase Boix Jovaní, “De Per Abbat”, 13-14 y, en particular, la nota 19). Por otro lado, aunque la mesnada del Cid conforma un personaje colectivo —un linaje de hombres “de mentes sencillas: resignados ante el azar, fatalistas sobre la vida y la muerte” (Sidi, 58), “lidiadores feroces, hechos por su propio mérito y sufrimiento, sin otro patrimonio que el orgullo” (Sidi, 82)—, otros personajes en el Cid tienen nombres y apellidos y reciben cierta atención: Galín Barbués (quizás por el Galín García histórico), Pedro Bermúdez, Martín Antolínez, Yénego Téllez, Félez Gormaz (quizás por el Félez Muñoz del poema), Alvar Salvadórez, etc. En su mayoría son personajes con un cierto grado de historicidad o presencia en el Cantar de mio Cid. El contrapunto —o los personajes que han sido más manipulados creativamente por Pérez-Reverte— lo ejercen tanto fray Millán (muy lejos de responder a la personalidad del obispo en el Cantar) y Diego Ordóñez.
Montaner remarca las siguientes fases en la vida de Rodrigo Díaz histórico: “infanzón de Vivar, capitán afamado de Sancho II de Castilla, indisciplinado adalid de Alfonso VI, exiliado y brillante mercenario en la Zaragoza mora y caudillo por libre” de Valencia (“Noticia del Cantar de mio Cid”, 227).

Medievalia, vol. 53 núm. 2 (2021), es una publicación semestral editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán, Ciudad de México, C. P. 04510, a través del Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Lingüística Hispánica "Juan M. Lope Blanch", Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, Col. Copilco, Del. Coyoacán, Ciudad de México, C. P. 04510, Tel.: 56227550, ext. 49205. URL: https://revistas-filologicas.unam.mx/medievalia/index.php/mv, e-mail: remedie@unam.mx. Editor responsable: Mtra. María del Refugio Campos Guardado. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-2017-010211020900-203; eISSN: 2448-8232, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número, Mtra. María del Refugio Campos Guardado, Centro de Lingüística Hispánica "Juan M. Lope Blanch", Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, Col. Copilco, Del. Coyoacán, Ciudad de México, C. P. 04510, Tel.: 56227550, ext. 49205. Fecha de última modificación: 14 de diciembre de 2021.

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