La parcela en sus ediciones: atisbos al laboratorio creativo de José López Portillo y Rojas

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Mariana Flores Monroy

Resumen

El objetivo general de este trabajo consiste en demostrar que la metodología de la crítica textual —con su detallado registro de variantes y su estrecho seguimiento de los procesos creativo y editorial que subyacen a la publicación de una obra— puede ser una valiosa herramienta para la filología, entendida como el estudio de los textos escritos de una cultura. Para ello, pretendo adentrarme en el “laboratorio” creativo de José López Portillo y Rojas (1850-1923), con el fin de tratar de entender la motivación de los cambios que introdujo en la segunda edición de su novela La parcela (1904) y delinear una suerte de poética editorial y política lingüística del escritor. Me centraré, sobre todo, en las modificaciones que atañen a la corrección idiomática y el léxico, pues considero que, lejos de ser meramente estilísticos, estos aspectos constituyen claves para la interpretación de la obra.

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Cómo citar
Flores Monroy, M. . (2026). La parcela en sus ediciones: atisbos al laboratorio creativo de José López Portillo y Rojas. (an)ecdótica, 10(1), 9-36. https://doi.org/10.19130/iifl.anec.2026.1/00S2801XW71
Sección
Artículos
Biografía del autor/a

Mariana Flores Monroy, Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones Filológicas

Doctora en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también cursó la licenciatura y la maestría en la misma disciplina; además, es maestra en Diseño y Producción Editorial por la Universidad Autónoma Metropolitana. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Sus líneas de investigación giran en torno a la edición crítica, la relación autor-editor y la literatura mexicana del último cuarto del siglo XIX. Ha publicado reseñas críticas, artículos sobre literatura mexicana del siglo XIX y una edición de La Calandria, de Rafael Delgado, con el sello de la UNAM y Penguin Random House (2019).

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Introducción1

En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, pronunciado el 10 de septiembre de 2015, Alejandro Higashi confesó:

Hace años, pensaba que una condición indispensable para el estudio de la literatura mexicana sería contar con un corpus de textos críticos fiables; solo así podríamos aspirar en algún momento a una historia moderna de la literatura mexicana, basada en evidencia textual y no nada más en interpretaciones personales a través de testimonios de cali­dad textual muy diversa. Primero, edición fiable; después, interpretación. Hoy, me doy cuenta de que esta sencilla ecuación no es tan fácil de cumplir (2018: 16-17).

El desengaño del académico mexicano se debía a que no había podido constatar que la producción de ediciones críticas registrada en las últimas décadas hubiera repercutido de forma significativa en el “imaginario crítico” o promovido “más estudios”, con “mayor rigor” (2018: 17). Lamentablemente, según Higashi, en sus investigaciones los especialistas siguen citando ediciones de dudosa calidad, cuyo objetivo por lo general se circunscribe a la difusión comercial de los textos, de modo que no siguen una metodología rigurosa ni suelen explicitar sus criterios.

Con base en lo anterior y considerando, con Elisa Ruiz, que la crítica textual “se encuentra vinculada genéticamente con la filología y, además, en una situación ancilar respecto de ella” (1989: 68), en estas páginas me propongo demostrar que la metodología de la ecdótica -con su detallado registro de variantes y su estrecho seguimiento de los procesos creativo y editorial que subyacen a la publicación de una obra- puede ser una valiosa herramienta para la filología, entendida como el estudio de los textos escritos de una cultura.

Así, siguiendo la ruta crítica delineada por estudiosos como Javier Lluch-Prats (2009), Alejandro Higashi (2013) y Diana Geraldo (2022), entre otros, en las siguientes páginas planeo adentrarme en el “laboratorio” creativo del poeta, novelista, editor, político y abogado jalisciense José López Portillo y Rojas (1850-1923), con el fin de tratar de entender la motivación de los cambios que este introdujo en la segunda edición de su novela La parcela y delinear una suerte de poética editorial y política lingüística del escritor. Me centraré, sobre todo, en las modificaciones que atañen a la corrección idiomática y el léxico, pues considero que estos aspectos, lejos de ser meramente estilísticos, constituyen claves para la interpretación de la obra e incluso permiten atisbar una de las expresiones que hacia fines del siglo xix tuvo el nacionalismo literario originado a partir de los lineamientos establecidos por Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893).

Perspectiva teórico-metodológica

De acuerdo con Alejandro Higashi, las variantes se presentan cuando, entre dos o más testimonios de una obra, hay “lecciones que ofrecen diferencias entre sí” (2013: 332). En virtud de que esas diferencias pueden ser de índole diversa, suele hablarse de una tipología que comprende las variantes adiáforas, las equipolentes y las de autor, así como los errores mecánicos que ocurren en el proceso de copia de la obra (2013: 332-333). Para los fines del presente trabajo y siguiendo a Diana Geraldo, me centraré en las variantes de autor, en las que “hay certeza de la paternidad o pertenencia” al escritor “y que, por lo general, suele[n] responder a cuestiones estilísticas o ideológicas” (2022: 234).

En general, los especialistas coinciden en que, por su misma naturaleza, las variantes de autor no son sistematizables, pues obedecen a muy diversos motivos, entre los que podrían mencionarse la (auto)censura, los cambios ideológicos, las exigencias editoriales, el perfeccionamiento estético y la preocupación por la corrección gramatical.2 Sin embargo, sí es factible proponer, ante un corpus determinado de variantes de autor, una clasificación que sirva de base para su análisis, para el cual resulta indispensable conocer lo más posible el contexto histórico y social del texto estudiado, con sus formas de producción, distribución y recepción, así como, naturalmente, el usus scribendi del autor (Lluch-Prats, 2012: s. p.). En consecuencia, a continuación examino tanto la tradición textual de La parcela cuanto las ideas de su autor en relación con la novela como género, pues considero que ello puede aportar información provechosa para la investigación.

La parcela: tradición textual

Quizá a causa de la estupenda reputación de la que hacia fines del siglo xix gozaba José López Portillo y Rojas, quien contaba ya con una sólida y destacada trayectoria como literato y jurista, lo mismo en su estado natal que en la capital del país, La parcela tuvo, en su primera aparición en el panorama literario decimonónico, la rara fortuna de publicarse en formato de libro sin pasar por las páginas de una publicación periódica. Según se declara en el colofón de su primera edición, la novela salió de la imprenta de Victoriano Agüeros, situada a la sazón en el número 4 de la calle Cerca de Santo Domingo, el 3 de enero de 1898. El pequeño volumen, de aproximadamente 16 centímetros de alto por 10 de ancho, se presentó como el número 11 de la Biblioteca de Autores Mexicanos, ambiciosa colección en la que, desde 1896 hasta 1910, el mencionado editor se propuso reunir y preservar las obras de los “más distinguidos” escritores nacionales (“Biblioteca de Autores Mexicanos”, 1896: 4).3

Hay al menos dos elementos que podrían tomarse como evidencia del éxito editorial que muy pronto tuvo la primera novela de largo aliento de José López Portillo y Rojas. El primero de ellos es que Agüeros destinó a las Obras del escritor jalisciense 4 de los 77 volúmenes de su colección,4 además de publicar con su sello otros títulos del autor y dar cabida a algunos textos salidos de su pluma en el diario El Tiempo y los semanarios asociados a él.5

El otro elemento es la segunda edición de la novela, la cual vio la luz en 1904 con el sello de la Imprenta de El Tiempo, localizada en el número 18 de la 1.ª de Mesones (adonde en 1903 el empresario guerrerense trasladó su pujante casa editorial). Si hemos de dar crédito a la publicidad que acompañó a esta publicación, la primera edición se agotó debido a la gran demanda del público, cuyas continuas peticiones motivaron que La parcela volviera a ponerse en circulación, esta vez en un volumen individual de aproximadamente 18.5 por 13.5 centímetros, a un precio de 1.50 pesos por ejemplar.

Un medio para enseñar a “hablar bien”

Cabe destacar que en su ensayo La novela, fechado el 4 de agosto de 1906 y publicado por la Tipografía Vizcaíno & Viamonte el mismo año, el propio José López Portillo habló de la “singular benevolencia” con que La parcela fue “juzgada y recibida en el país” (1906: 49n). En ese mismo texto, el escritor hizo un interesante repaso histórico del desarrollo de la novela en México y plasmó su concepción de este género literario y de quienes lo cultivaban. De acuerdo con López Portillo, la novela, compuesta de “análisis y reflexión” (1906: 61), era

la expresión de los sueños humanos en forma menos musical y cantable, pero más amplia y detallada que la del verso; trasunto fidelísimo del alma agitada por los pensamientos, afectos y deseos que engendra, atiza y levanta la vida; estudio psíquico, animado y hermoso, que suele penetrar más hondamente en los obscuros senos del corazón, que las embrolladas y fastidiosas disquisiciones de muchos filósofos titulados (1906: 55).

Sin duda, este pasaje revela la importancia que la novela había adquirido como género dominante en el contexto finisecular: no solo era superior a la poesía, por permitir expresar con mayor precisión los sueños, sino que, en un entorno preñado de positivismo y discursos científicos o cientificistas, incluso se posicionaba por encima de los estudios médicos y filosóficos. Al respecto, cabe recordar la afirmación de Gerardo Bobadilla Encinas en el sentido de que la novela sentimental -que en su opinión desplazó a la novela histórica, con sus protagonistas masculinos, a partir de 1869- permitió, por medio de un personaje femenino “hipersensible, de una emotividad exacerbada”, “expresar […] la amplia gama de las emociones humanas y sus distintos matices” (2018: 158). De hecho, según este crítico, la exploración novelística de las emociones trascendería la oposición genérica masculino/femenino y se convertiría en un estudio de la vida interior del ser humano en general, pues,

en el reconocimiento y documentación artística de esas reacciones asociadas al temperamento femenino, se encontraba la esencia ética y estética del discurso novelesco, referida al reconocimiento de la lucha de las pasiones, de las contradicciones del alma humana en general; más importante quizás, […] mediante ese reconocimiento y documentación artística, el hombre tenía la posibilidad de desvelar los misterios insondables, contradictorios, paradójicos, de la lucha de contrarios que regía al proyecto universal divino que eran la naturaleza y la poesía como su copia (2018: 158).6

Ahora bien, además de ser una exploración literaria de la vida interior y la “corona de la cultura artística” (López Portillo, 1906: 61), la novela tenía, a juicio del escritor, otras funciones de enorme utilidad. En primer lugar, servía “para hablar de cerca a la gran mayoría” y generalizar las ideas (1906: 56), por lo que era equiparable al vapor, el teléfono y el telégrafo, al ser “un medio rápido y seguro de comunicación inventado por el progreso” (1906: 57). También constituía “un medio educativo, social y artístico, de primer orden”, que contribuía a establecer una suerte de “nivelación” de la sociedad, pues, al poner “en contacto a los lectores con los buenos usos sociales, con las exquisiteces del lujo y con los primores del arte”, “pul[ía] las maneras” y “ensanchab[a] el horizonte intelectual” (1906: 58).

En cuanto a los novelistas, según López Portillo debían ser “hombres de labor y de valer científicos”, “formales, observadores y laboriosos”, que consagraran a su tarea “todo su tiempo, ya para prepararla por medio de notas y citas, tomadas de viajes y excursiones, ya para revisar, pulir y abrillantar el estilo, como habilísimos y exquisitos orfebres” (1906: 54). En relación con esta última idea, López Portillo definió al novelista como “el artífice más atento y paciente de la bella forma del decir, el limador más elegante y suntuoso de la palabra” y,

dentro de cada pueblo y de cada raza, el lingüista por excelencia, el buzo hábil y arrojado, que baja a los profundos senos del idioma, a buscar y recoger sus perlas más ricas; y el que sube también a las alturas más eminentes y culminantes de la expresión para hacer brillar los vocablos con fulguraciones y relámpagos deslumbradores […]. Son, pues, los novelistas en la moderna historia de la literatura, los grandes maestros de la palabra: rehabilitan vocablos olvidados, desacreditan y arrojan del uso los mal sonantes, y adoptan, pulen y prestigian los nuevos, que las corrientes reinantes del progreso van haciendo precisos en el vocabulario (1906: 59).

En consecuencia, quien escogía y leía “buenos libros de ficción” no solo hacía, a juicio del autor, “un curso de literatura”, sino que acababa por “hablar bien”, “sin esfuerzo” y “por medio del goce más fino y exquisito” (1906: 59).7

Amén de ser indicio de la profesionalización del escritor -cuya labor, según se ha visto, exigía dedicación completa, un método y un arduo y continuado esfuerzo-, estas ideas de López Portillo permiten atisbar su postura en torno a la lengua literaria y al propósito didáctico de la novela en este sentido. Me interesa sobre todo destacar la conciencia de la lengua propia como condición indispensable de la creación novelística.

En el caso de La parcela, lo anterior se evidencia desde el “Prólogo” del autor, donde este planteó la necesidad de distinguir con gran claridad la norma mexicana respecto del español castizo y “ortodoxo”. A juicio de López Portillo, era este último el que debía dar forma a las obras de “nuestra literatura”, y su “pauta y modelo” se hallaban entre los “autores eminentes” de la península ibérica que “cultiva[ban] el idioma con profundidad de sabios o con finura de artistas”, como José María de Pereda, Juan Valera, Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán (López Portillo, 1904: iii). Y si bien el escritor jalisciense veía con buenos ojos la “facultad autonómica” de las letras mexicanas de “enriquecerse con vocablos indígenas, o criados por nuestra propia inventiva, y como resultado de las poderosas corrientes de carácter, naturaleza, clima y temperamento que nos son exclusivas”, tuvo por consigna no apartarse “del genio de la lengua materna” ni “romper sus clásicos y gloriosos moldes” (1904: iii).8

Las variantes

La forma en que López Portillo aplicó estas ideas en la escritura y la edición de su novela se manifiesta con gran claridad en las diversas variantes que presenta el testimonio de 1904 en relación con el de 1898. He identificado cinco categorías, que (sobra decirlo) no están exentas de arbitrariedad y que en modo alguno pueden considerarse como definitivas: a) cambios motivados por un afán de corrección idiomática y que atañen a la ortografía y la gramática; b) cambios léxicos; c) cambios con los que se busca dar mayor precisión al discurso; d) cambios estilísticos, y e) cambios que afectan la lógica narrativa y las descripciones. Debo aclarar que, por razones de espacio, en las siguientes páginas solo abordaré los dos primeros tipos de variantes (a y b); los tres restantes serán materia de un artículo posterior.9

a) En busca de la corrección idiomática

Como es sabido, José López Portillo y Rojas perteneció a la Academia Mexicana de la Lengua, primero como miembro correspondiente (1892) y luego como individuo de número (1903). Incluso, desde 1916 hasta su muerte ocupó la dirección de esa corporación, de la que también fue secretario (1907-1916). No es de extrañar, entonces, que manifestara una clara preocupación por apegarse a las normativas lingüísticas dictadas allende el océano, por lo que sería posible clasificarlo entre los escritores que defendieron la supremacía del casticismo como elemento determinante del valor literario y que se oponían a quienes abogaban por la originalidad de la producción americana, aun a costa del cuidado formal (cfr.Mora, 2015: 342).10

En consecuencia, entre las modificaciones más recurrentes de la segunda edición de La parcela se cuentan algunos cambios ortográficos en los que se advierte una marcada preferencia por la norma culta, plasmada en el diccionario académico.11 Así, por ejemplo, en el “Prólogo” del autor, el prefijo tras- tiende a mudarse en trans-, de suerte que el trasportar de la primera edición se convierte en transportar, y lo trasparente deja lugar a lo transparente. Algo similar ocurre con otras voces derivadas del latín y cuya pronunciación tiende a simplificarse en el habla; es el caso de sustraídas y suscribir, que en el testimonio de 1904 se cambian por substraídas y subscribir (capítulos 15 y 16). También se modificó la ortografía de algunas voces en las que aún hoy suele haber vacilación (por ejemplo, entre la g y la j); en la mayoría de las ocasiones, privó la norma culta (cuadro A.1).12

Sin embargo, también hay algunos casos en los que al parecer se prefirió una escritura no sancionada por el diccionario académico; por ejemplo, en los capítulos 16 y 25 se sustituyó esclareciendo por exclareciendo, y estremeció por extremeció. Me atrevo a plantear, en virtud de la tendencia que he descrito antes, que tales modificaciones pueden atribuirse a una intervención involuntaria del linotipista, quien para la segunda edición debió transcribir la obra en su totalidad y que, a diferencia de López Portillo y Agüeros, presumiblemente carecía de una formación escolar avanzada. Al respecto, hay que decir que muy a menudo las obras que salían del taller de Agüeros eran objeto de quejas en relación con la calidad de la impresión y el cuidado editorial. Así, Jesús E. Valenzuela habló de los “frecuentes errores de caja” que “afeaban” la Biblioteca de Autores Mexicanos (1903: 69), y Joaquín García Icazbalceta, en una carta fechada el 9 de julio de 1883 y dirigida a Agüeros, hizo un pormenorizado y amplio recuento de los dislates con que se había reproducido un discurso suyo en la edición literaria de El Tiempo, recuento que concluyó con el siguiente comentario, tan directo como revelador: “Esto es lo gordo, y no cuento las erratas de caja que saltan a la vista. La fe de erratas no remedia esas cosas” (Fondo Rafael Heliodoro Valle, erhc, exp. 21, doc. 19).

Ahora bien, otro grupo de modificaciones significativas registradas en la segunda edición son las que competen a la puntuación (que para la rae forma parte de la ortografía). En este campo, resulta notoria la inserción de comas para delimitar funciones gramaticales, en especial las que desempeñan los vocativos y los complementos circunstanciales. Asimismo, podría hablarse de una búsqueda de precisión y economía lingüísticas, evidente en la introducción de signos de puntuación con funciones específicas, así como de un aprovechamiento de las exclamaciones y los puntos suspensivos para aportar dramatismo o suspenso a la narración y, sobre todo, a los diálogos (cuadro A.2).

En estrecha relación con lo anterior, detecté la presencia de variantes que afectan la sintaxis; por lo general, se trata de modificaciones que buscan evitar anfibologías, pero también hay otras que indican preferencias estilísticas del autor, como la creación de series de oraciones de construcción similar (cuadro A.3). En cuanto a los cambios gramaticales, puede hablarse de una tendencia a corregir el laísmo,13 evitar anfibologías propiciadas por el adjetivo posesivo de tercera persona (su, sus) y cuidar la concordancia verbal y de género (cuadro A.4). Asimismo, a lo largo del testimonio de 1904 es posible advertir, en el pretérito imperfecto (cantara o cantase) y el pretérito pluscuamperfecto (hubiera o hubiese cantado) de subjuntivo, una tendencia a sustituir la terminación -ra por -se, que en América suele usarse mayormente en la lengua escrita y, sobre todo, en la literaria (cfr. RAE y ASALE, 2010: 457).

Como se ha visto hasta aquí, en el primer grupo de modificaciones son notorios, por un lado, el gran cuidado del autor al revisar su texto y, por otro, su clara intención de apegarse a la normativa académica, en particular en el discurso del narrador (que ciertamente puede considerarse expresión de la voz autoral).14 Esa inclinación también resulta patente en el caso del léxico, aunque en este rubro hay otras tendencias que pueden ayudar a comprender mejor el propósito que animó a López Portillo y Rojas al corregir su obra y que abordaré a continuación.

b) Variantes léxicas: ¿La parcela como reflejo del habla nacional?

Considero que, en lo que se refiere al léxico, la segunda edición de La parcela muestra dos tendencias principales y en apariencia contradictorias. La primera de ellas, presente sobre todo en el discurso del narrador y el habla de ciertos personajes, consiste, por un lado, en eliminar mexicanismos y, por otro, en reemplazar voces comunes o coloquiales por cultismos.

Así, por ejemplo, en el “Prólogo”, el adjetivo disímbolos se sustituye por disímiles, muy probablemente debido a que el primer término no se incluyó en el diccionario académico hasta 1925 (en la decimoquinta edición), con la aclaración “Ú. en Méj.”. De igual forma, el medio chinito con que Estebanito quiere agradecer un cumplido a Gonzalo se trueca por una moneda nueva (cap. 4), y el inescrupuloso huizachero15 Carlos Figueroa se convierte en rábula y tinterillo (caps. 8 y 22). Asimismo, en algunos diálogos el autor eliminó el diminutivo tan característico del habla mexicana, de suerte que don Pedro pasa de tener un planecito a tener un plan (cap. 4), y el cura Atanasio propone a este hacendado un negocio en vez del negocito de la primera edición (cap. 10; véase igualmente el cuadro A.5).

También se reemplazan algunas voces que en México tienen una acepción distinta de la que se consigna en el diccionario académico. Un ejemplo es el verbo correr, mexicanismo coloquial que significa “arrojar, echar fuera, despedir a uno con descomedimiento” (Santamaría, 2005: 301) y que el autor sustituye por arrojar (cap. 7). Algo similar ocurre con el adjetivo chaparro, con el que originalmente Chole describe a Estebanito y que en la segunda edición se trueca por ruin (cap. 13).16

En cuanto a la introducción de cultismos para suplir voces de uso común o coloquialismos, puede decirse que se trata de una tendencia presente a lo largo de la obra. Así, en la descripción del narrador, las palabras que suele decir el hacendado don Pedro dejan de ser pocas para volverse escasas (cap. 1); este mismo personaje, en vez de figurarse lo que desea hacer su compadre Miguel, intenta colegirlo (cap. 2); al conocer a Ramona Díaz, a Luis Medina ya no se le ponen las orejas coloradas, sino que se le encienden (cap. 3); las manos de Monchita, que antes temblaban, ahora son trémulas (cap. 3); en lugar de seguir a pocos pasos a su amo don Pedro, los mozos y don Simón continúan en pos suya (cap. 5); por último, el licenciado Gregorio Muñoz, otrora colorado, se torna rubicundo (cap. 15).

Ahora bien, llama la atención que este tipo de modificaciones léxicas también ocurra en personajes como don Miguel Díaz y Pedro Ruiz, a los que el afrancesado juez Camposorio considera “rancheros salvajes” (cap. 16) y quienes, según el narrador, suelen expresarse en “lengua campesina” (cap. 1). Aun así, quizá por su carácter protagónico, el autor introdujo en sus diálogos algunas correcciones que eliminan los mexicanismos y coloquialismos de su discurso y, por decirlo de algún modo, los acercan al registro lingüístico del narrador (cuadro A.6). Desde mi punto de vista, tanto estos cambios como los que describí un poco antes podrían considerarse expresiones de la convicción del escritor de que la novela era un medio para aprender a “hablar bien”, objetivo que en ocasiones parece pesar más que el compromiso con la verosimilitud.

En contraste, la segunda tendencia de la reedición de La parcela a la que me referí al inicio de este apartado consiste en acentuar los rasgos típicos del habla rural, representada sobre todo por un sector social muy delimitado: campesinos, capataces y soldados. Así pues, en el testimonio de 1904, los diálogos de esta clase de personajes presentan numerosas variantes que a mi juicio evidencian el propósito del autor de ser reconocido, en su calidad de novelista, como “el lingüista por excelencia”, el estudioso capaz de registrar -por medio de “notas y citas, tomadas de viajes y excursiones”- y luego plasmar en su narrativa las características más distintivas de la “lengua campesina”, como la simplificación de grupos consonánticos de difícil articulación (síncopa), la introducción de arcaísmos, la tendencia a añadir sonidos al final de ciertas palabras (paragoge), alteraciones fonéticas (metátesis), entre otras.17 De esta suerte, en vez de hora, cerca y persona, el montero que trabaja a las órdenes de don Pedro Ruiz dice en la segunda edición agora, cercas y presona (cap. 2). Asimismo, en el capítulo 8, un campesino explica a don Miguel Díaz, refiriéndose a don Pedro: “Lo asperábamos [por esperábamos en 1898] por el frente, y no despegábamos los ojos del Palmar; pero resultó por la espalda a la hora que menos lo créibamos [por pensábamos en 1898]” (véase también el cuadro A.7).

En mi opinión, al aumentar el número de mexicanismos y al mismo tiempo restringirlos a los diálogos de personajes que representan un sector de la sociedad muy definido, el autor estaría planteando cierto determinismo y abogando por una inmovilidad social que además borraría las diferencias entre distintos grupos y haría de ellos un conjunto -lo popular- cuya habla se oponía al modelo castizo peninsular. Por tanto, coincido en este punto con Yliana Rodríguez cuando afirma que

el tópico lingüístico en López Portillo […] consiste en hacer figurar un habla popular como centro del texto para dar fundamento al deseo de nacionalización de la literatura, y en determinar el habla de cada personaje de acuerdo con el papel, más o menos pintoresco, que desempeña en la trama; por desgracia, sus aciertos en este nivel fueron irregulares. El soporte lingüístico revela […] una idea de mundo, de relación entre el individuo y la sociedad, en consonancia con un afán de orden y estabilidad, y de apego a la tradición, que operaron en la mayoría de los escritores de la época. El uso del lenguaje tópico […] es una manifestación de la fatalidad en el habla de los personajes de la novela, inmovilidad a la que viene bien el determinismo naturalista (2015: 89).

Esa intención determinista se ve acentuada por la tendencia, presente en ambas ediciones, a destacar tipográficamente (con cursivas en la versión de 1898 y con comillas en la de 1904)18 algunas expresiones típicas del habla rural (cuadro A.8). Al respecto, debo aclarar que en la novela los énfasis tipográficos (cursivas/comillas) no parecen seguir un criterio muy definido. En principio, podría decirse que se observa la convención actual en cuanto a los títulos de obras y canciones. También se resaltan nombres de lugares (como Estación Ruiz), marcas comerciales (Viuda de Cliquot Ponsardin) y plegarias (avemaría, santísimo, alabado). Asimismo, en algunos personajes se emplea ese recurso para marcar peculiaridades léxicas (es el caso de los galicismos que caracterizan el habla del juez Enrique Camposorio y los superlativos que menudean en los diálogos del licenciado Muñoz). En el caso del discurso del narrador, los énfasis enmarcan voces o locuciones en idiomas extranjeros (sobre todo latín y francés), neologismos, palabras o frases de personajes cuando se reproducen de forma textual y, sobre todo, mexicanismos y expresiones propias del “habla campesina”. En relación con estas últimas, llama la atención que se destaquen también -de forma asistemática, hay que decirlo- en los diálogos de personajes a los que caracteriza ese modo de hablar, como los peones o el administrador Oceguera. Con base en lo anterior, y pese a la irregularidad en el uso de cursivas/comillas, considero que en las dos ediciones de La parcela resulta clara la intención de tratar los mexicanismos como voces ajenas al español que López Portillo quería “enseñar” a sus lectores. A ello habría que agregar que en la segunda edición no solo se conservaron los énfasis de la primera, sino que se destacaron varias voces más.

Y aunque en la actualidad -como afirma Olea Franco en relación con El Periquillo Sarniento- “resulta imposible descifrar si [la decisión de marcar ciertas palabras] obedecía en su totalidad a la voluntad expresa del autor o a costumbres tipográficas comunes en esa época” (2010: 802), me parece que en ello puede verse la negociación, señalada por Beatriz González Stephan, que a lo largo del siglo xix se llevó a cabo en torno al “espacio textual”, donde se permitió la entrada

de esas voces hirsutas [las del “subalterno”, el “bruto”], poniendo a circular toda una economía de contactos controlados: mediante comillas, cursivas, notas explicativas y glosarios. Lo “otro popular” debe ser tácticamente incorporado mediante estas políticas de representación, al igual que […] los dueños de casa debían convivir bajo el mismo techo con un número nada despreciable de sirvientes, cuya cercanía excesiva a los cuerpos del amo podía poner en peligro […] el rumbo del progreso nacional mediante desviaciones heterogéneas imprevistas (1998: 154).

Como lo han mostrado Erna von der Walde y Beatriz González Stephan, la importancia del idioma entre ciertos escritores decimonónicos iba más allá de la preocupación por el uso correcto y ajustado a la normativa. “En la lengua se consignan el orden divino, la moral y por tanto la conducción de los pueblos”; en consecuencia, “la defensa del buen lenguaje es una forma de evitar una caída en la barbarie, es agente civilizador” (Walde, 1997: 77).19

En el caso de La parcela, resulta evidente el interés del autor por mantener viva la herencia hispánica a través del idioma y por preservar el orden social, dos aspectos que, a no dudarlo, formaban parte de la misma aspiración. Así, al final de la novela, de “estilo pulcro y elegante”,20 el conflicto de los compadres -que articula la obra y que según todos los indicios tendría que derivar en un final trágico- se resuelve, la barbarie se conjura y se restablece la armonía.21 En consecuencia, al concluir el libro, el lector recibiría una edificante lección de “buen decir”, urbanidad y literatura.

A manera de conclusión

En estas páginas, mediante un acercamiento a La parcela que parte del análisis de las variantes que hay entre las dos ediciones que se publicaron en vida de su autor, me propuse demostrar la utilidad y el valor de la metodología de la crítica textual aplicada a los estudios literarios. Como resultado de mi investigación, pude atisbar dos aspectos clave para comprender una de las expresiones que hacia fines del siglo xix tuvo el nacionalismo literario instaurado por Ignacio Manuel Altamirano a partir de 1869. El primer aspecto es la poética editorial de José López Portillo y Rojas, quien para la segunda edición revisó minuciosamente su novela e introdujo un gran número de modificaciones que revelan su postura en torno a la lengua literaria y su firme convicción de que la literatura tenía una función educativa y civilizadora, tanto en lo que compete al “buen decir” como en lo referente al comportamiento que se deseaba hacer extensivo a ciertos sectores de la población.

El segundo aspecto es la política lingüística de López Portillo, en la que es posible advertir un apego declarado a las normas dictadas por la Real Academia Española y un claro determinismo social. La lengua se convierte, en la propuesta del escritor, en un elemento que diferencia y enmarca los distintos grupos de la sociedad, y con ello promueve la conservación del orden social. En este sentido, se perfila con claridad que la aspiración a la pureza idiomática, compartida por varios escritores contemporáneos del narrador jalisciense, no era un mero asunto de normativas, sino una preocupación central que rebasa los confines de la gramática e ingresa en el ámbito cultural y político.

En un plano más general, este artículo es una invitación a repensar las posibilidades de la crítica textual. Además de servir para rescatar o fijar textos, considero que esta metodología puede brindar hallazgos que permitan conocer mejor y más profundamente tanto el proceso creativo de los autores como las dinámicas editoriales de la época -a las que aquellos, en muchos casos, no fueron ajenos-. Un editor crítico que se limita a confinar las variantes a pie de página desaprovecha la oportunidad de emplear el conocimiento que se adquiere al emprender una edición académica para proponer nuevas lecturas de las obras.22 En el caso de la literatura decimonónica mexicana, y con todas las posibilidades que ofrece el medio digital, habría que empezar a pensar en la importancia de mostrar, de manera más sistemática e incluso comparativa, el papel de editores que con frecuencia desplegaron en sus obras nuestros autores, preocupados por llevar a la práctica sus concepciones de la literatura -en las que a menudo se imbricaron los propósitos estético y didáctico- y al mismo tiempo constreñidos por las exigencias y limitaciones del campo editorial.

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La investigación que dio origen al presente artículo fue posible gracias a la beca otorgada por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti, antes ­Conahcyt), en el marco de las Estancias Posdoctorales por México. // Tomé el concepto de “laboratorio” creativo de Javier Lluch-Prats (2009), académico español cuyas ideas han estimulado mis reflexiones en este y otros trabajos.
Al respecto, véase Rey (1993: 811), Higashi (2013: 332-333) y Geraldo (2022: 236). Tanto Alfonso Rey como Diana Geraldo ofrecen estudios concretos de variantes de autor; en el primer caso, de Francisco de Quevedo, y en el segundo, de Vicente Riva Palacio.
Originario de Tlachapa, Guerrero, Victoriano Agüeros (1854-1911) fue un abogado, periodista, editor y empresario católico muy interesado por la difusión de la literatura nacional tanto en México como en otros países de habla hispana. Una de sus principales empresas periodísticas fue el diario El Tiempo, el cual dirigió desde 1883 hasta su muerte. Acerca de la Biblioteca de Autores Mexicanos, quizá su proyecto editorial más destacado, véase Flores (2024).
Como se ha dicho, La parcela era el tomo I de las Obras del autor jalisciense y ostentó el número 11 de la Biblioteca de Autores Mexicanos. A los tomos II a IV correspondieron los números 27, 49 y 69 de la colección. Al respecto, véase la bibliografía.
En 1903, la Tipografía de El Tiempo publicó el volumen Sucesos y novelas cortas, con el mismo contenido del tomo III de las Obras de López Portillo, lo que ciertamente fue un procedimiento común en el taller de Agüeros, sobre todo a partir de que, hacia 1899, este editor adquirió un par de linotipos (al respecto, véase Flores, 2023: cap. 2). Además, según Ralph Warner, del mismo establecimiento tipográfico salieron otros dos títulos: El monoteísmo de los hebreos, en 1907, y Ensayos económicos, en 1910 (1947: 189-190).
Es posible pensar que López Portillo compartía el parecer del maestro Altamirano en el sentido de que “los sentimientos del corazón”, objeto de la novela sentimental, podían ser “conducidos al bien individual y a la felicidad pública”, sobre todo si se formaban desde la adolescencia (Altamirano, 1988: 54). En relación con ello, cabe citar el estudio de Ana Peluffo titulado En clave emocional. Cultura y afecto en América Latina, en el que la autora se propone “investigar el rol que [en el siglo xix] las emociones cumplieron en la construcción y modernización de las naciones” (2016: 13). Parafraseando a esta académica, considero que La parcela podría leerse en “clave emocional”. Por un lado, la novela presenta una división de emociones en función del género (esto es, hay algunas, como la ira, el rencor y el deseo de venganza, que serían propias de los varones, y otras, como la compasión, que se atribuirían preferentemente a las mujeres). Por otro lado, en la conclusión pacífica de la disputa entre los hacendados don Pedro Ruiz y don Miguel Díaz —en contraste con el sangriento enfrentamiento de sus peones, Roque y Pánfilo— podría verse un modelo de conducta que tendería a rechazar el “descontrol emocional” y a proponer, en cambio, el “autocontrol del sujeto moderno” (Peluffo, 2016: 19). Esta función educativa coincide con la que el autor llevó a cabo a partir del lenguaje y que expondré en estas páginas. Sostengo que tanto la lengua como las emociones serían indicadores de la clase social, y su disciplinamiento estaría en la base de la formación del ciudadano (sobra decirlo: varón, culto, católico y no indígena).
La importancia que López Portillo concedió a la capacidad de “hablar bien” puede entenderse mejor si se considera que, “al menos en el siglo xix”, la “literatura cumple […] una función capital de formación ciudadana […]. El espacio virtual de la ciudadanía —y de la literatura nacional— se sustentará en el orden simbólico creado por la palabra escrita, purificada y estabilizada. La norma inscribe a los sujetos en el marco de la legalidad, los hace ciudadanos ‘bien educados’. El disciplinamiento de la lengua sobredetermina las fronteras del sujeto ciudadano. De otro modo: la constitución en sujeto solo es posible dentro del marco de la escritura como requisito previo a su reconocimiento como ciudadano” (González Stephan, 1998: 155-156).
A semejanza de López Portillo, Federico Gamboa pugnó “por una división tajante entre el habla de los personajes —adaptada a los usos locales— y la del propio escritor (o del narrador en tercera persona), la cual debería acatar el casticismo verbal” (Olea, 2010: 834). Al respecto, el propio Gamboa declaró en su Diario, al referir un error gramatical que le censuró un redactor del periódico Tribunal: “No está bien, pues, que un escritor profesional, cual yo me pico de serlo, incurra en yerros tamaños, ¿qué se deja para los no profesionales?… Nuestro deber ineludible es, o debiera ser, depurar el habla de nuestros cortijos respectivos y acercarla lo más que individualmente podamos al nivel de la castiza de los escritores iberos contemporáneos […], dignos del nombre de maestros. Solo estamos obligados a no sacrificar estos y otros idiotismos que imprimen tanto carácter regional, cuando copiemos el hablar de nuestros personajes, mas nunca cuando nosotros mismos hablemos o escribamos” (citado en Olea, 2010: 834). No es dato superfluo el hecho de que Gamboa haya relevado a José López Portillo y Rojas en la dirección de la Academia Mexicana de la Lengua a partir de 1923, año de la muerte del escritor jalisciense.
No se debe descartar la posibilidad de ampliar el estudio a otras obras del autor, en especial aquellas publicadas en torno al mismo periodo. Por ejemplo, resultaría provechoso complementar el presente análisis con el de las modificaciones que el autor introdujo en la segunda edición de sus novelas cortas (1900), la mayoría de las cuales se dio a conocer en La República Literaria (1886-1890), periódico bisemanal publicado en Guadalajara y del que López Portillo fue uno de los editores.
Según lo han expuesto Rafael Olea Franco (2010) y Mariana López Durand (2018), entre otros autores, esta oposición originó varias polémicas a lo largo del siglo xix, la más famosa de las cuales fue la que en 1842 enfrentó a Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, aunque también se desarrollaron algunas discusiones de importancia en nuestro país (véanse Olea, 2010: 795-799; López Durand, 2018: 41-45, y Frago, 2005: 466). Al respecto, no hay que olvidar, como lo ha señalado atinadamente López Durand, que en “lo referente al lenguaje” los escritores mexicanos trascendieron “las categorías ideológicas de ‘conservador’ y ‘liberal’ ” (2018: 82) y asumieron posturas complejas, en las que hay matices y puntos de encuentro. Así, tomando en cuenta la afirmación de Olea Franco de que “a finales del siglo xix se había forjado ya una conciencia verbal que confiaba en la riqueza de los rasgos idiosincrásicos del dialecto mexicano del español, por lo que consideraba absurda la imitación de otras normas” (2010: 834), la postura de López Portillo resulta llamativa, sobre todo si se piensa que suscribió los planteamientos del liberal Ignacio Manuel Altamirano en lo relativo a la formación y consolidación de la “literatura novelesca nacional” y encomió la “absoluta y final emancipación” del país que se logró tras la guerra contra la intervención francesa (López Portillo, 1906: 48-49).
Para este trabajo consulté, sobre todo, las ediciones de 1884 y 1899, ambas disponibles en el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española, aplicación gratuita alojada en la página electrónica de la Real Academia Española (rae).
Aunque me inclino a atribuir estas variantes al autor, no puedo descartar la posibilidad de que tras ellas haya estado la mano de Agüeros, quien también perteneció a la Academia de la Lengua y tenía interés en difundir entre un público predominantemente culto las obras que salían de sus talleres.
De acuerdo con el Diccionario panhispánico de la Real Academia Española, el laísmo, “al igual que otros fenómenos paralelos relacionados con el uso antietimológico de los pronombres átonos de tercera persona, […] no consiguió extenderse a la variedad del castellano andaluz, por lo que no se trasladó al español atlántico (Canarias e Hispanoamérica). El área propiamente laísta se circunscribe básicamente a la zona central y noroccidental de Castilla” (rae y asale, 2005: “laísmo”). Valdría preguntarse, por tanto, si el laísmo en la prosa de López Portillo puede deberse al influjo o imitación de novelistas peninsulares, como José María de Pereda, en cuya prosa está muy presente ese fenómeno lingüístico (cfr. García Rodríguez, 2004: 95n).
Sigo en este punto a Ruth Amossy, para quien, en el campo literario, la imagen del autor (es decir, aquel cuyo nombre aparece en la portada de un libro) tiene dos modalidades principales: el ethos autoral, esto es, “la imagen de sí que proyecta el autor en el discurso literario”, “y la imagen […] que se produce en los alrededores de la obra mediante los discursos editoriales, críticos, promocionales, etcétera, en los cuales la representación del autor es construida por un tercero, al exterior del texto literario. En todos los casos —aclara Amossy—, no se trata de la persona real del signatario de la obra, sino de su figura imaginaria” (2020: 166. La traducción es mía). bfigura reúne en sí ciertas cualidades reconocibles para el público, las cuales sirven al proceso que tanto el escritor como el editor llevan a cabo con el fin de dotar la obra de valor (literario y comercial). En el caso de López Portillo, tanto la corrección idiomática como la capacidad de reflejar la realidad nacional se convirtieron en un emblema que identificó la producción literaria del escritor ante sus pares y de cara al lector-consumidor. Por tanto, no es difícil ver en el “castizo” y muy correcto discurso del narrador una expresión del ethos autoral.
Acerca de esta voz, común en la narrativa mexicana decimonónica, Rafael Olea Franco explica lo siguiente: huizachero “no existe en el drae, pero aparece descrita así en el Diccionario de aztequismos de Luis Cabrera: ‘Escribiente de juzgado o de otras oficinas públicas. Alusión al uso de la tinta que se hacía con huizache. Tinterillo, cagatinta’ ” (2010: 815).
Respecto de esta palabra, el Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santamaría ofrece la siguiente explicación: “No parece tan descaminada la acepción en que usamos este vocablo. Chaparro es, en el Diccionario, ‘Mata de encina de muchas ramas y poca altura’; y dice también que chaparra es un ‘Coche de caja ancha y poco elevada, usado antiguamente’. Aquí tenemos el chaparro aplicado a cosas bajas respecto a su anchura, y con facilidad pasó a las personas cuya estatura es menor que la regular” (2005: 358).
Al respecto, cabe mencionar que uno de los elementos más celebrados de La parcela es, justamente, el lenguaje, lo que le ha valido al autor “ser considerado excelente lingüista, acabado estilista y precursor de la novela rural” (Rodríguez, 2015: 85).
El cambio de realce tipográfico de una edición a otra se debió al uso del linotipo, que, al menos en un principio, no contaba con cursivas, por lo que este recurso se suplió con comillas.
Para Von der Walde —quien estudia el caso de Colombia, aunque su reflexión puede hacerse extensiva a la realidad mexicana—, la fundación de la Academia Colombiana de la Lengua, en 1872, constituyó un proyecto político, religioso y lingüístico recogido “en un solo símbolo que lo ser[ía] de la nación” (1997: 77). En ese país hubo incluso “presidentes gramáticos”, como Miguel Antonio Caro (1843-1909), quien defendió la pureza del lenguaje y en cuyos escritos “se percibe una tendencia a buscar un orden inmutable y leyes permanentes y perdurables; los guía el rechazo a innovaciones e importaciones. Sus elucubraciones sobre la lengua están constantemente intercaladas por analogías con el orden político, y la ciencia del lenguaje le sirve de sustentación de principios morales, a la vez que la moral opera como criterio para fundamentar aspectos de la lengua” (1997: 71).
La frase proviene de un anuncio de la segunda edición, publicado el 19 de octubre de 1907 en la página 4 de El Tiempo y en el cual se aseguraba que La parcela era “una de las mejores novelas que se ha[bía]n publicado en México”.
Suscribo en este punto las reflexiones de Emmanuel Carballo: “En La parcela, la actitud del novelista no es la de un reformador, menos aún la de un revolucionario. El día en que cada quien cumpla con su deber, parece decir López Portillo, reinará la paz sobre la tierra. El pobre debe conformarse con su suerte y, en el mejor de los casos, luchar contra la miseria; el rico, a su vez, debe tratar con respeto y amor a las personas que Dios puso bajo su cuidado. Por otra parte, el mundo es un valle de lágrimas y la verdadera vida se encuentra más allá de la muerte. Predica una doble sumisión: a Dios y a los hombres que lo representan” (2001: 122).
Retomo esta idea del doctor Antonio Cajero, quien en sus artículos y conferencias ha mostrado cómo la ecdótica puede ponerse al servicio de los estudios literarios.

Apéndice

Cuadro A.1.:
Otras variantes ortográficas
Ubicación 1898 1904
Capítulo 15 Grangearse granjearse
Capítulo 15 exajerado exagerado
Capítulo 16 Exhuberante exuberante
Capítulo 16 Tiernísimo ternísimo
Capítulo 25 Extrecháronlas estrecháronlas

Cuadro A.2. :
Ejemplos de variantes de puntuación
Ubicación 1898 1904 Posible explicación
Prólogo Líbrenos Dios de pretender con tal motivo que nos encerremos en el estrecho círculo de nuestros horizontes y que convir­tamos la literatura en men­guada patriotería. Líbrenos Dios de pretender, con tal motivo, que nos encerremos en el estrecho círculo de nuestros horizontes y que convir­tamos la literatura en men­guada patriotería. Inserción de comas para delimitar un com­plemento circunstancial de causa.
Capítulo 3 ¡No cabía duda que la sociedad era muy mala! ¡No cabía duda: la sociedad era muy mala! Ejemplo de econo­mía verbal por medio de la puntuación.
Capítulo 5 -Tengo ganas de echar una paseadita por el Mon­te, y quiero divertirme. -Tengo ganas de echar una paseadita por el Mon­te…… y de divertirme. Ejemplo de economía verbal y adición de una carga expresiva por medio de la puntuación.
Capítulo 9 -Ya lo oyes, Paz me pro­mete hacer lo que yo quiera. -Ya lo oyes, Paz, me promete hacer lo que yo quiera. La coma añadida de­limita el vocativo.
Capítulo 9 -Pues bien, prosiguió don Miguel con tono imperioso: corta tus relaciones con Gonzalo. -Pues bien, prosiguió don Miguel con tono imperioso: ¡corta tus relaciones con Gonzalo! Aumento del dramatismo por medio de la puntuación.
Capítulo 10 Cuando le daban caballo, montaba cualquier animal, aun cuando fuese brioso o trotón. Cuando no había caballo, se lanzaba a pie por los campos y andaba leguas con el bordón en la mano y cubierta la cabeza con sombrero de palma, sin pizca de remilgos ni de mal humor. Cuando le daban caballo, montaba cualquier animal, aun cuando fuese brioso o trotón; cuando no lo había, se lanzaba a pie por los campos y andaba leguas con el bordón en la mano y cubierta la cabeza con sombrero de palma, sin pizca de remilgos ni de mal humor. Ejemplo de econo­mía verbal con a­yuda de la puntuación.

Cuadro A.3:
Variantes sintácticas
Ubicación 1898 1904 Posible explicación
Capítulo 7 Era ya casi de noche en aquellos momentos. El cam­po comenzaba a llenarse de sombra. Volvían los trabajadores en grupo a la cuadrilla, llevando al hombro sus instrumentos de labranza. Era ya casi de noche en aquellos momentos. Principiaba el campo a llenarse de sombras. Volvían los trabajadores en grupo a la cuadrilla, llevando al hombro sus instrumentos de labranza. El cambio permite la formación de una serie de tres oraciones que comienzan con el verbo.
Capítulo 11 Supo un día que el tal estaba en el Monte de guarnición, en compañía de otros sirvientes de don Pedro. Supo un día que el tal estaba de guarnición en el Monte, en compañía de otros sirvientes de don Pedro. La corrección evita una lectura anfibológica: “el monte de guarnición”.

Cuadro A.4:
Cambios de orden gramatical
Ubicación 1898 1904 Posible explicación
Capítulo 3 -Miguel hace siempre lo mejor, dijo. […] Puedes estar seguro, Gonzalito, de que no lo ha hecho porque te tiene poco cariño, pues te quiere mucho; sino solo por evitar críticas. -Miguel hace siempre lo mejor, dijo. […] Puedes estar seguro, Gonzalito, de que no lo ha hecho porque te tenga poco cariño, pues te quiere mucho; sino solo por evitar críticas. Doña Paz a Gonzalo Ruiz. La modificación cam­bia el modo indicativo por el subjuntivo, más adecuado en ese contexto oracional.
Capítulo 13 Casi no le sorprendió la revelación. Lo tenía en el pensamiento, lo presentía. Cuando Ramona vacilaba para pronunciar aquel nombre, veníasele a los labios a él, casi le murmuraba. Casi no le sorprendió la revelación. La tenía en el pensamiento, la presentía. Cuando Ramona vacilaba para pronunciar aquel nombre, habíasele venido a los labios a él; casi le había murmurado. La variante corrige la concordancia verbal y de género.
Capítulo 13 Pero ¿por qué afligir a Ramona con aquel desahogo brutal? Nada le autorizaba [a Gonzalo] para aumentar sus penas, pro­firiendo injurias contra don Miguel. Pero ¿por qué afligir a Ramona con aquel de­sahogo brutal? Nada le autorizaba [a Gonzalo] para aumentar las penas de su amada, profiriendo injurias con­tra don Miguel. El cambio evita la anfibología: el adjetivo posesivo puede referirse tanto a Gonzalo como a Ramona.
Capítulo 20 Mirando Ramona, des­pués de algunos días de inútil espera, que Gonzalo no iba a Citala, ni la escribía, ni procuraba hablarla, comprendió lo que pasaba… Mirando Ramona, después de algunos días de inútil espera, que Gonzalo no iba a Citala, ni le escribía, ni procuraba hablarle, com­prendió lo que pasaba… Corrección del laísmo en el discurso del narrador.
Capítulo 20 -Anda, pues, concluyó, y dila que no tenga cuidado por lo que pasa entre mi compadre y yo […]. Dila también, que tengo gran deseo de verla… -Anda, pues, concluyó, y dile que no tenga cuidado por lo que pasa entre mi compadre y yo […]. Dile también, que tengo gran deseo de verla… Corrección del laísmo en un diálogo de don Pedro Ruiz.

Cuadro A.5:
Otros mexicanismos que se sustituyen por voces de uso más generalizado entre los países de habla hispánica
Ubicación 1898 1904 Posible explicación
Capítulo 4 -Al contrario, de paso veré a Chole, que vive en la misma cuadra. -Al contrario. De paso, veré a Chole, que vive en la misma calle. Estebanito a Gonzalo. Si bien en el diccionario académico de 1899 (13.ª ed.) se re­coge la acepción ‘man­zana de casas’ para la voz cuadra, se aclara que se trata de un americanismo.
Capítulo 13 -Bueno, en ese caso, acerque su silla; así podremos ver la calle y platicar al mismo tiempo. -Bueno, en ese caso, acerque usted su silla; así podremos ver la calle y conversar al mismo tiempo. Chole a Gonzalo. De acuerdo con el Diccionario del español de México, “la preferencia por platicar en vez de conversar [es un] ejemplo de mexicanismo, esto es, ‘palabra, construcción o significado utilizado en el español de México de manera caracterís­tica o exclusiva, en comparación con otras variedades de la lengua española’” (dem, “mexicanismo”).
Capítulo 24 Don Pedro no contestó; pero doña Paz creyó que la esperaría, y levantándose apresurada, se enjugó los ojos con el pañuelo, echose el tápalo sobre la frente y salió de la casa. Don Pedro no contestó; pero doña Paz creyó que la esperaría, y levantándose apresurada, se enjugó los ojos con el pañuelo, echose el mantón sobre la frente y salió de la casa. La voz tápalo entró al diccionario académico en 1925 (15.ª ed.), marcada como “mejicanismo”.
Capítulo 25 Era preciso tomar bajo su protección a la viuda de Roque y a los huerfanitos. Desde luego, érale preciso tomar bajo su protección a la viuda de Roque y a los huérfanos. La modificación eli­mina el diminutivo característico del habla mexicana.

Cuadro A.6:
Variantes en el habla de don Pedro Ruiz y Miguel Díaz
Ubicación 1898 1904 Posible explicación
Capítulo 3 -Oyes, me vas a hacer el favor de no decirle nada a tu padre; no quiero que se sienta conmigo. -Oyes, me vas a hacer el favor de no decirle nada a tu padre; no quiero que se moleste conmigo. Don Miguel a Gonzalo. Se reemplaza el ver­bo sentir, usado en la acepción propia de México y consignada por Francisco J. Santamaría: “tenerse por ofendido o herido” (2005: 969).
Capítulo 9 -Segurísimo, y tú también, sino que como eres su prima, te haces como si no lo supieras. -Segurísimo, y tú también, sino que como eres su prima, finges ignorarlo. Don Miguel a doña Paz. La corrección elimina el coloquialismo e introduce un registro más culto.
Capítulo 12 -No señor, sí vale usted; es la autoridad. Lo que digo es que para ejercerla necesita usted que le den motivo, y yo no lo doy; si lo diera, sí le temería. -No, señor, sí vale usted; es la autoridad. Lo que digo es que para ejercerla contra mí necesitaría usted que le diese motivo, y yo no lo doy; si lo diera, sí le temería. Don Pedro a don Santiago Méndez. La modificación pre­cisa el sentido de la oración y, al igual que en el caso anterior, introduce un registro más culto.

Cuadro A.7:
Otros ejemplos de modificaciones encaminadas a afinar la caracterización del habla campesina
Ubicación 1898 1904 Observaciones
Capítulo 6 -Nada tiene, señor amo. Entre mi compadre Másimo y yo le dimos una desaminada antes de venirnos, y no le jallamos más que una raspada en una pata; cosa leve. -Nada tiene, señor amo. Entre mi compadre Másimo y yo le dimos una desaminada antes de veninos, y no le jallamos más que una raspada en una pata; cosa leve. Don Saturnino a Gon­zalo Ruiz.
Capítulo 11 -Oyes, José ¿qué no has visto po ay a Roque? -Si, siñor, ay está. -Dile que le hablo. […] -¡Don Roque! ¡Don Ro­que! ¡aquí le hablan! -Oyes, José, ¿qué no has visto po ay a Roque? -Sí, siñor, ay está -Dile que le he menester. […] -¡Don Roque! ¡Don Ro­que! ¡aquí le precuran! Diálogo de Pánfilo Vargas, peón de don Miguel Díaz, con un mozo de don Pedro Ruiz.
Capítulo 11 -Usté es el que ha de querer hacer ruido pa que nos oigan y vengan a desapartarnos. -Usté es el que ha de querer hacer ruido pa que nos oigan y vengan a desapartanos. Roque Torres, caporal de Pedro Ruiz, a Pánfilo Vargas.
Capítulo 11 -Amigo, le dijo, me da grima velo tan mortifi­cado. -No le dé; yo tengo la culpa, y no me canso. -Amigo, le dijo, me da grima velo tan mortifi­cado. -No le dé aflición; yo tengo la culpa, y no me canso. Roque Torres y Pán­filo Vargas.
Capítulo 12 -Lo llevé hasta cerca del Chopo, y me vine a toda carrera. -Lo llevé hasta cercas del Chopo, y me vine a la juerza de la carrera. Roque Torres a don Pedro Ruiz.
Capítulo 16 -Lo acabo de ver del otro lado del arroyo: viene muncha gente con él. -Lo vide del otro lado del arroyo: viene muncha gente con él. Un vaquero a don Pedro Ruiz.
Capítulo 22 -Se entiende; pero nosotros no tenemos la culpa. Nos mandan nues­tros jefes y tenemos que obedecerlos. -Se entiende; pero nosotros no semos culpantes de eso. Nos man­dan nuestros jefes y tenemos que obedecelos. Un soldado a Gonzalo Ruiz.

Cuadro A.8:
Ejemplo de voces y expresiones a las que se añadieron comillas en 1904
Ubicación 1898 1904 Observaciones
Capítulo 2 -No hay quien lace como Gonzalo, decía. O bien: para ginetear, mi hijo. O bien: donde torea el muchacho, nadie se pára. -No hay quien lace como Gonzalo, decía. O bien: para ginetear, mi hijo. O bien: donde torea el muchacho, nadie se “pára”. En la decimocuar­ta edición del diccionario académi­co (1914) se incorporó, en la voz parar, la acepción “ponerse en pie”, marcada como america­nismo.
Capítulo 5 -¿Te callas, grandísimo…! gritó colérico don Pedro. ¿Cuántos eran ustedes esta mañana? Eran seis para atacar al pobre montero, que estaba solo y no los esperaba. -¡Te callas, grandísimo…! gritó colérico don Pedro. ¿Cuántos eran ustedes esta mañana? Seis para el pobre montero, que estaba solo y “desaprevenido”. En este diálogo de don Pedro, las comillas marcan la pronunciación “incorrecta” del adjetivo desprevenido.
Capítulo 8 -Oyes, Jacinto, díjole, escógete unos veinte de a caballo entre los más templados, y te vas con ellos al Monte de los Pericos. -Oyes, Jacinto, díjole, escógete unos veinte de a caballo entre los más “templados”, y te vas con ellos al Monte de los Pericos. Las cursivas “enmarcan” el significado regional de la voz: “Valiente, valeroso, bragado” (Santamaría, 2005 : 1026).
Capítulo 10 -[…]. Como mi compadre se cree pico largo y de talento, se figura que puede jugar conmigo, porque me considera muy bestia. -[…]. Como mi compadre se cree “pico largo” y de talento, se fi­gura que puede jugar conmigo, porque me con­sidera muy bestia. Don Miguel al cura Atanasio.
Capítulo 15 -¿Y si perdemos por parejo? -No tenga usted cuidado; yo no pierdo pleitos. -¿Y si perdemos “por parejo”? -No tenga usted cuidado; yo no pierdo pleitos. Don Miguel y el licenciado Jaramillo. La expresión aparece antes en boca de un ranchero, sin ninguna distinción tipográfica.
Capítulo 23 -[…] ¡Ojalá me hubiera dejado hacer lo mismo con los que se metieron al Monte de los Pericos! No que don Santiago de a tiro nos hizo menos y los puso en libertad de luego a luego. -[…] ¡Ojalá me hubiera dejado hacer lo mismo con los que se metieron al Monte de los Pericos! No que don Santiago “de a tiro” nos hizo menos y los puso en libertad de luego a luego. Simón Oceguera, capataz de don Pedro Ruiz, a su patrón.
Capítulo 25 -Es dinero, hombre, vale veinte pesos. -¡Quén lo ha de querer! Es más mejor que me dé morralla. -Es dinero, hombre, vale veinte pesos. -¡Quén lo ha de querer! Es más mejor que me dé “morralla”. Don Miguel y un albañil. Morralla es un mexicanismo; Francisco J. Santamaría lo registra con el significado de “dinero suelto, moneda menor que el peso duro” (2005:740).