Brígida von Mentz propone el uso de los topónimos incluidos en la Matrícula de Tributos y el Códice Mendocino para la interpretación de sus correspondientes imágenes. Específicamente analiza las representaciones gráficas de topónimos que incluyen la raíz náhuatl “cuau” o “cuauh”. Basándose en características que incluyen la adición de dos franjas negras y el color utilizado en las representaciones gráficas, sugiere nuevas interpretaciones para los topónimos. Consciente del estatus parcial de su análisis y basándose en el papel de los árboles en la cosmología antigua mesoamericana, presenta consideraciones preliminares sobre la importancia de las representaciones gráficas de árboles y raíces en la construcción de topónimos, instando a los investigadores a comentar sus propuestas.
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Von Mentz, B. (2011). De árboles, raíces y locativos en la iconografía del México antiguo. Tlalocan, 15. https://doi.org/10.19130/iifl.tlalocan.2008.190
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
En la iconografía del México Antiguo son muy numerosos los topónimos que contienen el morfema cuauh2 relacionado con la palabra cuahuitl (árbol, palo, madera) como, por ejemplo, Cuauhtitlan, Cuahuacan, Cuauhxomulco, Cuauhxilotitlan o Cuauhnahuac por sólo mencionar algunos. Para los que nos interesa la historia social y el pasado del actual estado de Morelos, este último topónimo náhuatl, Cuauhnahuac, es obviamente de gran interés. Este ensayo pretende analizar la representación gráfica de la raíz cuav o cuauh (de cuahuitl) como aparece en la Matrícula de Tributos, pues revisando con cuidado esas pictografías durante la realización de tales estudios regionales, hemos topado con algunas particularidades de los glifos analizados que quizá tengan validez más general.3
Entre los topónimos representados en este códice abundan huajes, huejotes, pinos, encinos, zapotes y demás árboles, es decir, de manera correspondiente, las raíces en náhuatl de uax-, huex-, oco-, ahua-, tzapo- que califican a esos árboles de manera más explícita según sus distintas hojas, flores y frutos.
La Matrícula de Tributos, como es bien sabido, es sumamente valiosa por la riqueza en las representaciones de topónimos de múltiples regiones y en información sobre los tributos que entregaban las diferentes zonas a Tenochtitlan en la época prehispánica.4 La hipótesis que aquí se sostiene es que la toponimia ahí representada puede prestarse para avanzar en la lectura de las pictografías. El ejemplo con el que iniciaremos será el morfema cuauh, para pasar luego a otros problemas.
Como es bien sabido, este códice no tiene sino algunas glosas para ciertos lugares, por lo que los editores han tomado del códice ‘emparentado’, el Mendoza, las lecturas propuestas en las glosas considerando que, por lo general, son correctas. Hemos tomado todos los topónimos con árboles del códice y ensayamos su lectura elaborando pequeños catálogos.5
De este ejercicio resultó como característica notoria el hecho de que los árboles tenían dos rayas negras en algunos casos y en otros no. Como se puede apreciar en el primer cuadro o catálogo, en los casos como Cuauhnavac (MA, 6), Cuauhtitlan (MA, 8), Cuahuacan (MA, 12), Chichiccuauhtla (MA, 12), Xochicuauhtitlan (MA, 28), Cuauhxomulco (MA, 21), Cuauhxilotitlan (MA, 24), y Mitlancuauhtla (MA, 27) todos los árboles tienen rayas negras. Los casos que no tienen raya son claramente árboles distintos, como en el caso de Ahuehuepa (MA, 7), Teuhzoltzapotlan (MA, 26) o de Ocpayucan (MA, 6), en los que la imagen del árbol debe leerse ahuehue-tl, tzapo-tl, o el morfema oco u oc.
Hay muchos otros ejemplos parecidos, como podemos ver en el cuadro 2. Es decir, parece evidente en casi todos los casos -de las excepciones hablaremos más adelante- que las dos rayas negras son signos al lector de la pictografía con el mensaje de que debe pronunciar cuauh. Especialmente notorio es el hecho de que en el caso del topónimo Cuauhpanoyan (MA, 12), en el que se dibujan dos maderos que forman el puente sobre el agua o un árbol tumbado sobre un río, esos maderos o árboles tienen también las dos rayas negras, precisamente para que se lea cuauh. Sin embargo, no es el único recurso que se tiene para que el lector lea ese morfema. En el caso de Cuauhtecomatla (MA, 20b) o Cuauhtecomatzinco (MA, 20a), las vasijas están dibujadas de color café para denotar que son de madera. El color, sin embargo, tan importante para las lecturas correctas de los glifos, presenta muchos problemas en el caso de este códice, pues se ha desvanecido demasiado, y en muchos topónimos no se distingue con claridad.
Cuadro 1. Matrícula de Tributos: árboles con rayas
Quauhtitlan (MA, 8)
Quahuacan (MA, 12)
Chichiquauhtla (MA, 12)
Xochiquauhtitlan (MA, 28)
Quauhxumulco (MA, 21)
Quauhxilotitlan (MA, 24)
Mitlanquauhtla (MA, 27)
Quauhpanoayan (MA, 12)
Cuadro 2. Árboles sin rayas
Ahuatepec (MA, 5)
Ocpayucan (MA, 6)
Huaxtepec (MA, 7)
Ahuehuepan (MA, 7)
Alhuexoyocan (MA, 8)
Xocotla (MA, 19)
Ahuacatla (MA, 19)
Guaxaca (MA, 24)
Teuhzoltzapotlan (MA, 26)
Xiloxochitlan (MA, 28)
Xonoctla (MA, 29)
Tezapotitlan (MA, 31)
La presencia de las rayas negras para dar la lectura cuauh de manera unívoca debe vincularse con el hecho de que tlilcuahuitl significa “raya”.6 Así, la presencia de estas rayas hace énfasis en que el morfema que se debe pronunciar es cuauh. La lectura, por lo tanto, de la secuencia ‘árbol+ tlilcuahuitl (raya)’ debe dar el morfema cuauh; es decir, el añadir la raya (tlilcuahuitl) precisa el que se incluya en la lectura la raíz cuauh y no otra.
Los tres casos que no entran en nuestra recién descubierta “regla”, serían Cuauhyocan (MA, 5) y Cuauhtetelco (MA, 26) que deberían tener las rayas negras para leerse como proponen los editores de la Matrícula a partir de la lámina correspondiente del Códice Mendocino. Es posible que deban leerse de manera distinta, como aquí se sugiere en el cuadro 3, en el que se puede observar la lectura de los editores y la propuestra nuestra. Por ejemplo, proponemos que el topónimo leído según el Mendocino como Cuauhtetelco (MA, 26), debe leerse de manera totalmente distinta, precisamente porque no tiene las rayas necesarias para la lectura del morfema cuauh. En esta pictografía es evidente, en cambio, un estrado con escalones, por lo que podría leerse con morfemas existentes en la palabra tlamamatlatl, que significa “escalón”, según el vocabulario del padre Molina; el hecho de que, además, se trate de una población vecina de Orizaba (Ahuilzapan, MA, 26), pues en el listado de esa lámina 26 aparecen contiguos, hace aún más probable que se debería leer Matlatla y referirse al importante poblado vecino de Orizaba, hoy conocido como Maltrata.
Los estudios arqueológicos y etnohistóricos sobre Maltrata han subrayado la importancia de este lugar en la época prehispánica junto con Orizaba y Acultzingo, y han identificado el topónimo como un cerro con una red en el Lienzo Antonio de León, relacionado con genealogías de linajes mixtecas, en el Mapa de Cuauhtinchan 2 y en la Historia Tolteca-Chichimeca como lugar de frontera entre Cuauhtinchan y Totomihuapan.7 Los estudiosos afirman, sin embargo, que en la época de la Triple Alianza este lugar no debe de haber pagado tributo pues “en la Lámina de Tributos el glifo de Maltrata no está”.8
Con esta propuesta de una nueva lectura del topónimo del templo con escalones relacionada con la palabra para escalinatas, tlamamatlatl, en la lámina 26 de la Matrícula, pensamos que se podría llenar esa laguna en el conocimiento en la historia de esa importante región limítrofe entre el altiplano y la zona costera veracruzana. Al no tener raya el árbol encima del templo o escalinata, no debe leerse con el morfema cuauh, sino que el árbol sólo indica que lo importante es la dirección hacia arriba, la acción de subir los escalones. Podría quizás también tratarse de un nombre más largo y complejo con morfemas adicionales relacionados con la marcada fisionomía escarpada del paisaje de la zona, o con bosques de árboles de pino y oyameles o encinos, debiéndose utilizar entonces morfemas o raíces de palabras en náhuatl como el o, u oco del árbol de pino, o el ahua del encino, entre otros, como se señala en el cuadro 3. Vemos así que aún hay mucho por avanzar en la lectura correcta de este códice.
Regresando a nuestro cuauh, hay que hacer notar que en la Matrícula hay varios topónimos con el morfema que nos interesa que están ilegibles por el deterioro del manuscrito, como el de Cuahuitlyxco, en la lámina 7, donde no se aprecia por completo el árbol y no se puede decir nada certero respecto a si aparecen o no las rayas que definen, a nuestro modo de ver, el cuauh. No podemos profundizar acá en más problemas de lectura, sino que debemos concentrarnos en la raíz cuauh, que es la que nos interesa.
De manera contraria a las excepciones anotadas más arriba, así como hay al menos tres casos que no encajan en la teoría de lectura propuesta, hay uno que presenta tlilcuahuitl, es decir, rayas, pero en el topónimo que proponen los editores no se lee el morfema cuauh. Es el caso del topónimo Ahuacicinco (MA, 20a). Proponemos que quizá debería leerse de manera más correcta con un nombre que contenga las raíces ahua + cuauh +a(tl) +tzin pudiéndose omitir el atl al estar contenido en la a de ahua. Esos tres casos que encontramos contrarios a nuestra propuesta se reunieron en el cuadro 3.
Cuadro 3. Excepciones. Lecturas distintas de los topónimos. Propuestas de nuevas lecturas
Lectura del Mendocino
fonemas propuestos
Quauhtetelco ((MA, 26)
Matlata de tlamamatla... o teo + pan oco (o similares) + aqual...oco + teopan (o similares)...
Lectura del Mendocino
fonemas propuestos
Quauhyocan (MA, 5)
oco (o similares) + pan... oco (o similares) + yo...
Lectura del Mendocino
fonemas propuestos
Ocotepec (MA, 12)
cuauh + tepe
Lectura del Mendocino
fonemas propuestos
Ahuacicinco (MA, 20a)
a + cuauh + zaca... ahua + cuauh + xal... a + cuah- ocoxal... a + cuah + popot...
Otro problema, relacionado con la raíz que nos interesa de cuauh es el hecho de que la palabra para designar al águila, o sea cuauhtli, en palabras compuestas en náhuatl, también se presta a confusión con la sílaba que proviene de la raíz cuauh que designa el árbol. En los topónimos Cuauhtlan (MA, 7) y Cuauhquemecan (MA, 5), Cuauhtinchan (MA, 22) y Cuauhquechulan (MA, 22) aparece, entre otras imágenes, esta ave pintada con mucha claridad. Con respecto al último topónimo de Cuauhquechulan, los trabajos de Hilda Aguirre Beltrán contribuyeron a observar que en la lectura y glosa del Mendocino se omitió el Macuilxochitl (cinco flor) claramente dibujado en el glifo.9 Hemos reunido tres casos en los que se da esta homofonía en el cuadro 4.
Cuadro 4. Topónimos con águila y lectura cuauh-tli
Quauhquemecan (MA, 5)
Quauhtlan (MA, 7)
Quauhquechulan (MA, 22)
Después de la descripción de la hipótesis principal de este trabajo, que se refiere a la forma de plasmar gráficamente el morfema cuauh en la Matrícula de Tributos, pasaremos ahora a unas consideraciones más generales. El análisis realizado nos obligó a observar los árboles de todos los topónimos de este códice, por eso aventuraremos algunas ideas o intuiciones hipotéticas de manera colateral sin poder profundizar en ellas. La primera de estas intuiciones derivadas se refiere al papel de los árboles y sus raíces al relacionarse con la escritura de topónimos, y la segunda al papel más general que juegan los árboles en la cosmovisión mesoamericana, como también en la de otros pueblos.
Al observar cuidadosamente la toponimia de la Matrícula, llama la atención lo hermoso de las raíces representadas y la importancia visual que se les da. Por ello proponemos como hipótesis que esa parte inferior de los árboles, la parte que penetra en la tierra, podría ser una forma de escribir nombres de lugares, es decir, que esté ligada a un locativo. Se subrayan especialmente las raíces, por ejemplo en los casos de los topónimos Ahuacatla (MA, 19), Xocotla (MA, 19), Acaxochitla (MA, 10), por sólo mencionar algunos. Hay que tomar en cuenta que este códice ha sido considerado quizás de origen anterior al Mendocino10 y por ello probablemente más cercano al mundo indígena precortesiano y a una cultura gráfica muy antigua.
La posibilidad de considerar la parte enterrada o la raíz de un árbol como la marca para topónimos podría ser sumamente importante y abriría una probabilidad de que haya tenido presencia en momentos históricos mucho más remotos. La iconografía podría provenir de épocas remotas y ser mucho más antigua que el imperio tenochca, ya sea con la presencia de ese mismo morfema en un náhuatl anterior, o con un mecanismo similar en otro idioma, como el otomí, el totonaca o el zoque-popoluca, por sólo nombrar algunos.
Es decir, hay que dejar abierta la posibilidad de que en otras lenguas se hayan usado mecanismos parecidos para marcar los nombres de lugares y, sobre todo, que el árbol y su raíz denoten un lugar, un topónimo, aún en otras lenguas, y esto se haya plasmado en la iconografía. Sin duda sería tarea para especialistas de la lengua profundizar en estas lucubraciones, pero el problema de la relación entre los árboles y la lectura de topónimos podrían llevar a un fructífero diálogo entre lingüistas especialistas de distintas lenguas y etnohistoriadores.
Considero que el árbol se presta excepcionalmente bien como imagen para un locativo o topónimo por su inmovilidad, la firmeza con que se arraiga en la tierra y por la relación que parecen haber tenido el ser humano y las distintas sociedades con este organismo vegetal en todo el planeta.
Evidentemente el árbol con sus raíces en la tierra y elevándose a las inalcanzables alturas del cielo tiene un gran valor simbólico para los seres humanos, como han descrito ya muchos estudiosos sobre todo para el mundo maya y zapote-co-mixteco. La creencia de que los dioses y las dinastías nacen y se originan en árboles estuvo muy difundida en Mesoamérica, desde la ciudad maya de Palenque hasta la zona mixteca de Oaxaca, como se representa en los casos de los primeros señores mixtecos que nacieron del Gran Árbol asociado con Apoala.11
A la vez, los árboles tienen para muchos pueblos un gran sentido mítico, como ocurre en Asiria, Egipto, la India, Grecia, entre los eslavos y muchísimos pueblos americanos y asiáticos. El hecho de que un árbol anclado por sus raíces en la tierra, tomando a través de su conducto fuerza y vitalidad del subsuelo, marque la adscripción a un lugar es, en cierta medida, universal. Pensemos, por ejemplo, en los “fuertes robles”, bajo los cuales se reunían las autoridades germanas, sus árboles comunitarios y míticos; lo observamos incluso en las mismas metáforas que tenemos en muchos idiomas y que también usamos en castellano en conceptos como el “desarraigo”, o “falta de raíces”, o el término de “nuestras raíces” para denotar sentimientos de pertenencia a un lugar y para designar los vínculos con los orígenes, con generaciones pasadas, con ciertas tradiciones.
Árboles en los murales de Teotihuacan tomado de Beatriz de la Fuente (coord.): 1996, p. 80
Ese valor metafórico que probablemente es patrimonio humano universal, se podría ver reflejado en el cuahuitl y el tlanelhuatl del mundo náhua y, quizás, de manera más amplia, en la noción de “raíz” y de “lugar” del mundo mesoamericano. Si recordamos la multitud de hermosísimos árboles representados en los murales de Teotihuacan (ver ilustraciones), se abriría aquí una rica brecha para interpretar esos árboles como topónimos de manera similar a la Matrícula de Tributos. Sin duda hay aquí un amplio y fértil campo de trabajo abierto para novedosas exploraciones.