Carlos Ulises Mata (edición, introducción y notas) Encadenado a esta ausencia. Diez cartas inéditas de José Gorostiza. México: Ediciones Monte Carmelo, 2023.

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José Manuel Mateo

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Mateo, J. M. (2025). Carlos Ulises Mata (edición, introducción y notas) Encadenado a esta ausencia. Diez cartas inéditas de José Gorostiza. México: Ediciones Monte Carmelo, 2023. Literatura Mexicana, 36(1), 225-229. https://doi.org/10.19130/iifl.litmex.2025.1/S00X1336
Sección
Reseñas

Reseña

Quienes se interesan por José Gorostiza y la correspondencia entre los Contemporáneos cuentan ahora con una colectánea breve, pero digna del mayor aprecio. El volumen fue preparado por Carlos Ulises Mata, ensayista a quien también debemos un volumen antológico de la prosa periodística de Efraín Huerta (2014) y, recientemente, un epílogo a la edición facsimilar de El minutero, a cargo de Fernando Fernández (2023). Los lectores de Bernardo Ortiz de Montellano también se ven favorecidos, pues el autor del Segundo sueño -poema analizado en su aspecto de ritual quirúrgico por Enrique Flores (2003)- es uno de los tres corresponsales de Gorostiza y, también, el principal: siete de las nueve cartas incluidas en la recopilación están dirigidas a él. Bajo una global celebración por el trabajo realizado, son tres los aspectos que habré de comentar aquí: la organización del libro, la composición tipográfica y algunas de las líneas enviadas a Ortiz de Montellano.

Las cartas aparecen precedidas por una introducción y una nota explicativa de los criterios tomados por quien edita; cada carta, a su vez, cuenta con una entrada que la reseña y comenta para incluirla en el “rompecabezas de la correspondencia ya conocida” (31); a esa entrada se suma siempre más de una nota de contexto. Al final se añaden dos apéndices. Uno de ellos corresponde a una carta y el otro a una relación de las piezas postales de Gorostiza hasta ahora divulgadas. El primero nos obliga a formular una observación, que de ningún modo habrá de tomarse como esa “piedrecilla en el zapato” a la que en otros contextos y situaciones llamamos escrúpulo. Y a riesgo de resultar con una amonestación por comenzar con los elementos finales, me disculpo de antemano, pero encuentro ahí el anuncio de la ruta más llana para mí. El primero de los apéndices corresponde a la carta dirigida a un corresponsal al que sólo conocemos por su nombre de pila: José; esa pieza está fechada el 26 de abril de 1937 y, como el propio Carlos Ulises Mata explica en su introducción, ya había sido publicada en la revista Biblioteca de México, en su número doble 127-128 (marzo-abril 2012). Se decidió incluirla en el nuevo conjunto porque “varias personas interesadas en Gorostiza no conocieron o no tuvieron acceso a esa publicación”, es decir, a la revista, y “además sigue sin conocerse la identidad del destinatario” (83). En cierta forma, se ha considerado que esta pieza, por no haber circulado lo suficiente, mantiene su condición de inédita o al menos de inadvertida. Colocarla a manera de apéndice marca sin equívoco una diferencia con el resto, pero también introduce una suerte de ruido ecdótico que altera las cuentas de la breve y muy interesante reunión material.

Haciendo justicia a quienes antes se han ocupado de la edición, estudio y divulgación de la correspondencia de Gorostiza se hace notar que, a las setenta y siete cartas accesibles en publicaciones diversas, “la presente edición añade […] diez cartas más que no se conocían”; enseguida se amplía el perímetro epistolar con esta observación: “a esa decena inédita la sigue una carta más, que obra en un archivo particular de la ciudad de Guanajuato y divulgué en 2012” (16). En el párrafo inmediato posterior se redondea del siguiente modo la cuenta: “Se dirá que no es mucho, pero algo es: once cartas que, sumadas a las anteriores, elevan a 88 la cifra de ‘pedazos de humanidad’ escrita salidos de la mano de uno de los poetas mayores de nuestra tradición” (16). Los números nos enredan con el supuesto de que no mienten y a riesgo de equivocarnos de otro modo resulta que debemos restar una carta, porque en la primera línea de la “Nota sobre la edición” se nos informa que el volumen incluye “diez cartas y un telegrama” que fueron transcritos “teniendo a la vista sus originales” (31). Pienso que, al haberse incluido la carta divulgada en el 2012, acertadamente colocada fuera del conjunto inédito, su peso y la atención dedicada a ella trascendió hasta encubrir la presencia del telegrama, cuya tecnología de escritura es completamente distinta a la de una carta, así tenga remitente y destinatario. Materialidad, paratextos, transmisión codificada y participación de terceros en la transcripción del mensaje son algunas de las características que no cambian la humanidad del mensaje, pero sí alteran toda la circunstancia de la situación verbal (por cierto, el tercer corresponsal de Gorostiza, no mencionado hasta ahora, es José Martínez Sotomayor, narrador poco advertido en la órbita de los Contemporáneos; a él está dirigido el telegrama y dos brevísimas comunicaciones). No es mi intención oponer remilgos a un trabajo encomiable, sino hacer notar cómo, aun tomando las decisiones correctas, la edición de textos siempre se muestra indócil a nuestros criterios por coherentes, cuidadosos y bien ponderados que sean. De ahí que, en efecto como han visto los especialistas en el área, toda edición resulte una hipótesis y, más aún, añado, una apuesta.

Con la edición de Carlos Ulises Mata la apuesta beneficia a todos quienes participan en el envite. Su introducción, sus notas con informaciones abundantes y esclarecedoras, y sus reflexiones con base en el detalle alcanzan un valor semejante al de los textos epistolares transcritos. Comparto con él la idea de que la tarea ecdótica parece abrumadora cuando se le describe (y realmente lo es); pero, por contraparte, sucede a la manera de quienes disfrutan la exhibición cinematográfica: leer un epistolario como el que se nos ofrece da la impresión de proponer una tarea fatigosa, no obstante -dice Mata- “es una experiencia similar a la de ver una película en compañía de amigos que recuerdan filmografías afines o desemejantes, avanzan comentarios, recitan fechas, edades, amoríos y desvaríos de los protagonistas que ocupan su atención, sin disminuir, sino aumentando, el placer de observar los avatares a los que se enfrentan en el espacio de la pantalla (en este caso, de la carta)” (32). Por mi parte, más que en los espectadores y comentaristas, pienso en el fenómeno mismo de la proyección simultánea o sucesiva y superpuesta de pedazos de cinta que a pesar de su variada y variable procedencia dan la impresión de un orden o al menos lo suscitan. En todo caso, lo que importa aquí es el efecto cinematográfico de las piezas y los fragmentos reunidos en esta edición y en otras que nos llegan a la cabeza, pero no viene al caso mencionar. Precisamente porque la tarea ecdótica no tiene sólo la función de dar a conocer textos que se habían sustraído de la lectura pública (de manera legítima o no), sino el objetivo de crear para ellos un medio ambiente (artificial sin duda, pero tan artificial y vivido como la ficción), importa que la disposición tipográfica contribuya a balancear el peso de lo transcrito y lo anotado. En este caso la composición de la tipografía a cargo de Socorro Gutiérrez y Antonio Bolívar Goyanes queda un poco en deuda con la materia de las notas, pues éstas aparecen dispuestas en una segunda columna que se rompe ocasionalmente para ocupar toda la caja, produciendo así líneas y formas de difícil lectura, justo ahí donde el texto es más abundante y los caracteres tienen un cuerpo menor. Por lo demás, y en descargo de los tipógrafos, hemos de aceptar que las notas siempre han sido un dolor de cabeza incluso cuando están a pie de página.

Como lector de cartas ajenas (las de José Revueltas, Ricardo Flores Magón y Bernardo Ortiz de Montellano, por ejemplo), pero también haciendo eco de la teoría de la prosa que ofrece Revueltas en sus ensayos, encuentro que toda escritura incluye su propia poética o su propia teoría, sea de manera explícita o no. En el conjunto epistolar que nos ocupa, Gorostiza hace memoria de un acuerdo; dice: “Hemos convenido que la carta es un género monológico, necesariamente oscuro, a menos que el monólogo se torne diálogo interior, filosofía -como en Hamlet-, en cuyo caso no es necesariamente claro. / Tu carta ha sido, pues, como un grito al que me toca dar resonancia para que vuelva a ti en el eco. Esta es la palabra segura, eco. Destierra del lenguaje el sí y el no, la pregunta y la respuesta, y es el modo más inteligente de la comunicación” (49). Hay en este envío la declaración de una dificultad y una paradoja: quien manda una carta no busca asentimiento ni respuesta, ni negativa ni que le devuelvan la pregunta. Sencillamente desea darse a la manera de la monodia; ser, bajo la forma escrita, una voz audible en su soledad acústica. La aspiración de Gorostiza como remitente consiste en enviarse a sí mismo, ser una pura emisión vocal y, por contraparte, fungir como superficie que devuelve lo mismo: la reverberación de la voz que Bernardo le remite. Se busca así la estabilidad de lo inestable, la persistencia de lo pasajero. En una de las oportunas notas de Carlos Ulises Mata, se nos hace ver que Gorostiza, en efecto, “hace eco de las palabras de Bernardo en la carta a la que reacciona” (49) y también se brinda la referencia para entrar en el misterio de la comunicación epistolar que, hablando de minucias y cosas trascendentes, habla también de los misterios y oscuridades propios del factor postal (aspecto sobre el que trabajamos en un libro de próxima aparición: Efectos policiales). Escribe en los términos siguientes Bernardo Ortiz de Montellano a Gorostiza: “Cómo hacer una tela sin el marco justo. Cómo escribir una carta que no sea de negocios y de chismes, en un papel como éste […] se me ocurre que nosotros -tú y yo- tenemos algo que decirnos que no puede -o no se ha dicho- con palabras, en conversación, pero que se escribirá. En una conversación se dicen cosas pasajeras. En una carta se quiere hablar fuera del tiempo, un poco en lo de uno. Con la carta es monólogo siempre. ¿Estaremos por conocernos mejor tú en Londres y yo en México?” (156).

La carta y el eco necesitan distancia, un intervalo para que viaje la voz y se reproduzca idealmente, es decir, sin variaciones, pero realizada, eso sí, en otro cuerpo: el del amigo que responde con las mismas palabras. Desearía que esta reseña fuera una carta que a fuerza de intentar producir una reflexión termine siendo un diálogo, con Carlos Ulises Mata, por supuesto, pero también con la doctora Lourdes Franco Bagnouls y con David Huerta “en cuyo homenaje se publica este libro”, pues “quiso costear su impresión por darse el gusto de leer unas páginas inéditas de uno de sus poetas totémicos y para reafirmar la amistosa hermandad” que lo unía a Carlos Ulises Mata (32). Fue con la doctora Lourdes, especialista en Ortiz de Montellano, con quien comencé a leer epistolarios en sus cursos de maestría; y a David le debo conversaciones alegres en las que siempre me vi beneficiado por su saber ecuménico y gentil. ¿Estaremos por conocernos mejor, yo en México y ellos en todas partes?

Ojalá.

Bibliografía consultada

  1. (). . , , , eds. . México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. .
  2. (). . . México: Universidad Nacional Autónoma de México / Fondo de Cultura Económica. .
  3. (). . , ed. . México: Universidad Nacional Autónoma de México. .
  4. (). . , ed. . México: Fondo de Cultura Económica. .
  5. (). . , ed. . México: Ediciones Monte Carmelo. .