2. La poética luqueana: supervivencia de la humanitas
Las sirenas de abajo. Poesía reunida (1982-2022)7 es un libro de 585 páginas publicado en la prestigiosa editorial española Acantilado, con introducción de quien más ha estudiado la obra de esta autora, me refiero a Josefa Álvarez, filóloga española y residente en Estados Unidos, quien además ofrece, junto con la propia Luque, una muy rica lista de notas (pp. 541-580). Este libro posee, a su vez, una selección de textos pertenecientes a los poemarios Un número finito de veranos (2021), Gavieras (2020), Personal & político (2015), La siesta de Epicuro (2008), Haikus de Narila (2005), Camaradas de Ícaro (2003), Transitoria (1998), «Carpe noctem» (1994), Problemas de doblaje (1990), Hiperiónida (1982) y cinco poemas no recogidos en libros:8 “Variación sobre unos versos de sor Juana Inés”, “Epigrama para Ines”, “Café de los Dióscuros”, “Hécuba en Mariúpol” y “Variación sobre el poema pacifista más antiguo de la historia”.
Esta reunión de obras y textos referidos proyecta cuarenta años de compromiso con la escritura creativa. En esta antología aparecen referencias a asuntos personales y mundiales que van desde la época de juventud de Luque, mientras realizaba sus primeros estudios en filología clásica en la Universidad de Granada, hasta sus experiencias durante la pandemia de COVID-19, tal cual sucede en “Días de 2020” (p. 48). Tareas de este tipo implican mucha disciplina y saber sobrellevar un equilibrio entre aciertos y desaciertos. Incluso, si consideramos los desaciertos como parte del dolor y el abismo, debemos tener en cuenta el poema-aforismo “Nuevo caso de Hybris”: “Arte: / una letra de a-mor / y tres de mue-rte” (p. 310). Allí no sólo aparece, a simple vista, un juego de palabras,9 dinámica recurrente, sino también la alusión a dos temas universales clave en la poesía de Luque y en los universos grecolatinos (entre sus favoritos), me refiero al amor y la muerte. Asimismo, el poema “Sola en casa” (p. 349) me permite pensar la vida como parte de una eterna grieta, un cuerpo lleno de heridas: “También el mundo es sólo sus fisuras” (v. 9).
Uno de los puntos cruciales que rodean la poesía de Luque, como lo mencioné recientemente, es el amor,10 al que ella, mediante una imagen bastante destacable, desde un punto de vista estético, llama “el oxígeno entero de este mundo” (v. 14, en “Kélesis 2”, p. 51). Este amor, como se nota a partir del término “entero”, es muy amplio, pues se expande hasta la naturaleza, asunto que podría analizarse desde los estudios de ecocrítica, particularmente si se tienen en cuenta textos como “Lenguajes vegetales de mi país vaciado” (pp. 124-125) y “Rumbo al este” (p. 126).
Por su parte, temas como la naturaleza y sus elementos botánicos también son muy importantes en su obra, más si consideramos que estudios en torno a este tipo de dinámicas telúricas, tanto en el mundo antiguo como en el actual, se encuentran en boga. Basta con citar, por ejemplo, los siguientes bellos versos de “Paulonia” (pp. 209-210): “Manuel Moya, poeta, / está plantando un bosque literario / en un huerto heredado de su padre / con naranjos enfermos […] De libros, esos hijos / biológicos del árbol” (vv. 1-4 y 48-49). Poesía, naturaleza como parte del hábitat de los artistas y de los seres humanos en general, herencias, libros y bibliotecas adquieren, en la poesía de Luque, un sentido ético-humanístico que va desde matices personales hasta universales.
También, otro punto destacable en la poesía de Luque, tal cual lo ha señalado Josefa Álvarez 2013 y 2023, es su paso por los jardines epicúreos. Pienso, de manera específica, en el poemario La siesta de Epicuro (2008/2023, pp. 251-296), donde destacan temas como la certeza del vivir el día a día con goce, sabiduría y tranquilidad, los recuerdos de infancia, la meditación ante el paso de las agujas del reloj, el aprecio y asombro ante las experiencias, el disfrute de deseos que nos pueden conducir hacia la felicidad, la llegada de la muerte y el sentir de las emociones frente a la escritura como un acto de entrega constante: la figura del poeta entregando su vida en el papel. Y entre otras tantas referencias específicas, téngase en cuenta, cercano a Epicuro y por supuesto a Demócrito, su poesía lucreciana, asunto visible en versos como los siguientes: “átomos encendidos al modo lucreciano” (v. 5, en “La culpa de la crisis. Encomio erótico”, p. 45).
3. Aurora Luque: ¿una clásica (pos)moderna?
Obviamente, dentro de un espacio como este, es imposible detenerse en todos los textos que conforman la más reciente poesía reunida de Luque, sin embargo, me enfoco en algunos que por razones estéticas, creativas y filológicas han captado mayormente mi atención o bien que considero podrían ser relevantes para el público (según la diversidad de gustos, por supuesto). Asimismo, en este apartado abordo temas muy generales, incluso tópicos, producto de una lista de apuntes que podrían ser útiles para futuras investigaciones y motivar la escritura creativa de otros autores hispanos.
En términos generales, aunque resulta sumamente difícil proponer un aspecto común para soldar toda la escritura creativa de Luque, quizás uno de los más predominantes, a la manera hilo y aguja con gran parte de la lírica griega y española, sea el tema del paso de los años, asociado, en varias ocasiones, al tópico de la noche. Allí adquiere relevancia cierta carga mística, notable en algunos de sus textos, entre ellos, con visible presencia de la poeta Santa Teresa de Jesús. Las reflexiones e ideas en torno a la movilidad del tiempo11 son directas en muchos de los poemas, entre ellos “Epílogo a Carpe Noctem” (p. 176): “Cuando era joven, yo / aprendía a apropiarme de la noche […] / Ahora sólo amaso los recuerdos / de aquel hacer las noches mías antes” (vv. 1-2 y 20-21) y “Carboneras, verano 2013” (p. 181): “«Empápate de vino los pulmones / que ya llega la estrella del verano». […] Guárdalo en la memoria, protegido, / como licor que abrigue / cuando llegue el glaciar de la vejez” (vv. 1-2 y 20-22).
Un segundo tema muy relevante es la concepción de “palabras aladas”12 a la que esta autora acude con frecuencia, asunto importante porque este tópico lo recupera de la literatura griega, pues ya se encuentra desde la épica homérica bajo la fórmula ἔπεα πτερόεντα. Asimismo, en “Nota a Emily Dickinson” (p. 360) la voz lírica nos habla, a la manera clásica (muy suya), de “palabras atléticas”. Esto me permite pensar, aunque aquí lo adapte a los procesos luqueanos, en específico de las mujeres, quienes a través de la poesía reivindican su espacio en las esferas hegemónicas de las letras, en las Odas de Píndaro, autor también importante para sus identidades creativas.
Por su parte, otros temas de relevancia en la obra de Luque, varios de ellos universales y presentes en las tradiciones líricas grecolatinas, son la soledad, la memoria, la contemplación de los paisajes, la importancia de los libros, la muerte, el impacto del verano en las emociones del artista, los sabores y las bebidas como parte de la vida y la escritura, el asombro en lo cotidiano, la sororidad, el misticismo, la búsqueda, la política, pensar-reflexionar el proceso creativo desde el propio poema, el mar, los viajes, la política, los jardines como lugar sagrado y de pensamiento filosófico y el modo de vida dentro de la era digital, tecnológica y de la cultura de masas (aquí juega un papel importante la adaptación de universos grecolatinos hasta el siglo XXI).
Un punto angular, sin lugar a dudas, aparece en el diálogo entre pasado y presente. La juventud y la vejez, en pervivencia de la lírica griega, son referencias singulares en los esquemas propuestos. Destaco, además, en este sentido, el poema “La catástrofe” (p. 203), el cual posee el siguiente epígrafe: “Repentinos sentimientos de vejez”, perteneciente a la poeta canadiense Anne Carson (clásica y posmoderna).13 Esta dinámica también es posible relacionarla, desde la perspectiva del lector en clave activa, con el dinámico tejido del presente de Luque, el de otros escritores o personajes, particularmente femeninos o mujeres, y el viaje intertextual, vivencial o mnemotécnico a la Antigüedad, como parte de su interesante horizonte de expectativas,14 cuyo uso de herramientas derivadas de su formación en el área de filología clásica, entre ellas el ejercicio de la traducción, conforme vamos leyendo sus libros, resultan imprescindibles para comprender mejor su obra e incluso disfrutarla más.
La propia Luque, ya desde finales del siglo XX, en Transitoria (1998), nos habla del proceso complejo, varias veces extraño y sin ninguna certeza, que existe entre la escritura creativa y sus lectores, más si se trata de un poema escrito por alguien letrado y de alta cultura (universos grecolatinos y su pervivencia), tal es el caso de “Lotofagia”: “Tardamos tanto a veces / en entender”. Su obra en sí misma integra un proceso de maduración que va desplazándose por diferentes tradiciones literarias, en lenguas distintas y en varios grados de complejidad. Por eso, aparte de la literatura griega y romana, también es muy importante en ella la literatura francesa, sin olvidar que algunos autores, para referirse por ejemplo a Rubén Darío, han hablado de la importancia que ha tenido contar con una suerte de Grecia afrancesada. Este aspecto dinamiza las debidas recepciones literarias y convierten la obra de Luque en lo que propongo denominar “clásica (pos)moderna”.
Acercarse a Las sirenas de abajo (2023) es sumergirse, como un buzo,15 por los hermosos y anchos mares de Grecia16 y con esto hago alusión, entre otros elementos, al propio lenguaje que sostiene el timón de sus poemas. Ellos están cargados de helenismos, también latinismos, aunque me atrevo a afirmar que, por lo menos intencionales, menos, y neologismos a partir de términos griegos. Muchas de estas palabras se encuentran asociadas al mundo femenino. La poética luqueana revela una cuota importante de sororidad y humanismo, asunto propio de una autora grecolatina de hoy, y para referirme a ello pienso, por ejemplo, en el poema “La portadora del nombre. Nuevo Yambo de las mujeres” (pp. 73-74), en donde la reivindicación de las mujeres sigue siendo un tema de lucha y reivindicación, según es posible hallar ejemplos en la Antigüedad mediante autoras como Safo, Corina, Erina, Aspasia, Nóside de Lócris, Julia Balbila, Ánite de Tegea, Hédile, Praxila, Telesila, Mirtis de Antedón, Moiró, Sulpicia, Fabia Aconia Paulina, entre otras, varias de ellas estudiadas y traducidas por la propia Aurora Luque en su libro Grecorromanas. Lírica superviviente de la Antigüedad clásica (2020).
Destaco, a su vez, el hecho de que mitos asociados normalmente con personajes masculinos son reinterpretados para su uso a través de personajes femeninos, quienes tienen la potestad de voz, tal es el caso de “Ícara” en vez de “Ícaro” en el poema “La condición aérea” (pp. 133-134). Asimismo, en “Catulo y yo (Al leer el Catulo de González Iglesias)” (pp. 267-269) desdobla el modelo canónico de lectura desde la mirada masculina para darle un matiz desde la feminidad, trasladando la recepción del poeta veronés hasta parte de las dinámicas más innovadoras del siglo XXI. Por su parte, el universo de las palabras, como filóloga, traductora, ensayista y poeta, es muy importante para Luque y, por eso, en un poema como “Concurso de palabras. Glosa” (p. 107) busca captar la emoción en ellas.
Y aunque sea difícil quedarse con un único neologismo, destaco la creación del verbo “Afrodisiar” en el poema largo “Afrodisiar, conjugación, enigma, letanía y palinodia del siglo XXI” (pp. 130-132). En este sentido, noto una combinación de su faceta como filóloga clásica y “filohelena”. Su conocimiento de Grecia no sólo proviene de sus libros, traducciones y artículos, sino también de diferentes viajes y experiencias personales.17 Grecia y sus versiones (Grecias), para esta Safo andaluza, son una suerte de pasión viva y cotidiana.
Destaco que los desplazamientos no sean asunto sólo de ella, sino también de mujeres viajeras, tal es el caso del poema largo “Itinerario de Poimenia” (pp. 138-139). Asimismo, en “Senderuelas” (p. 152) personifica a las palabras18 para presentarlas como viajeras: “Las palabras caminan, / andan, vagabundean y desandan. ¿Las ves?” (vv. 1-2). En este punto el mar es, quizás, compañero de honor,19 porque recordando, más o menos, una de las más bellas expresiones de esta autora en la introducción de su antología de poetas griegos Aquel vivir del mar: El mar en la poesía griega (Luque 2015), no existe nada más griego que el mar y creo, como agregado propio, que entre más azul o verdoso mejor, pues en esa tonalidad también se refugia la belleza del poema, como dispositivo estético-discursivo.
El mar, simbólico, sagrado y mítico por naturaleza, abarca casi todo en la poesía de Luque. ¿Cómo decirlo de otra forma? Su obra está llena de animales, conchas y misterios. El mar es el propio inconsciente humano y a veces se convierte en metonimia de las tradiciones literarias. Por eso, bajar a él, como buzos del lenguaje, es descubrir aventuras nuevas, conversar con sirenas y hallar en sus cuerpos diálogos nunca antes dichos o por lo menos escuchados. Sumergirse por los mares de la poética luqueana es, muchas veces, desenterrar, a la manera de un traductor recuperando versos del olvido o como aquella Safo andaluza, quien nos ha permitido a sus lectores hispanohablantes, a través de un muy agradable y poético castellano, acercarnos a la moderno-antigua poesía de Safo lesbia mediante, entre otras, sus traducciones publicadas en ediciones y reediciones de la editorial Acantilado.20
El anterior asunto es evidente desde el primer poema que da inicio a su poesía reunida, me refiero a “Obra viva, obra muerta” (p. 29), porque ya desde el título observo la dicotomía antigüedad-modernidad o lo clásico frente a lo moderno. Esto me remite a la famosa querella entre antiguos y modernos, polémica que no acabará ni tiene por qué hacerlo,21 pues de cierta manera nutre el presente panorama y sus universos grecolatinos, en donde siguen apareciendo textos de autores hispano-españoles vivos como Aurora Luque, Juan Antonio González Iglesias, Carmen Palomo Pinel, Luis Alberto de Cuenca, Maru Bernal, Luis Arturo Guichard, Mía Gallegos, Francisco Trejo, Chantal Maillard, Antonio Colinas, Javier Velaza, Alberto López Serrano, Jaime Siles y Luis Antonio de Villena. Todos ellos navegan con sus anchas naves por el Helesponto de mi biblioteca (digital o física).
A tal punto llegan ciertos poemas de Luque. Algunos de ellos me permiten pensar (a veces de manera más directa),22 por ejemplo, en los papiros de Safo:23 “Obra viva o carena: es la parte sumergida del casco. / Obra muerta: parte del casco que emerge del agua” (vv. 1-2, en “Obra viva, obra muerta”), pues más o menos eso nos está diciendo en las palabras iniciales de su edición respecto a la poeta de Lesbos. Para ella, el siglo XX (mediados), gracias a descubrimientos de nuevos papiros y oleadas feministas, es la época que más ha reivindicado la poesía de Safo y su propia imagen. Hablamos cada vez más de una poeta griega (lesbia), una clásica-viva y no así un personaje ficticio a quien sólo recordamos, en la mayoría de ocasiones, por haberse suicidado tras un aparente mal de amores con Faón, leyenda canonizada por Ovidio en su epístola decimoquinta. Aunque esta versión estaba ya presente en cómicos griegos como Menandro y se ha transmitido, de generación en generación, a través de ciertas biografías de mujeres, entre ellas la de Giovanni Boccaccio (De mulieribus claris), o bien por varios de los famosos manuales de literatura griega y romana entre los cuales no puede faltar, por supuesto, la Safo suicida por antonomasia.
Por último y para retornar un poco al inicio,24 cuando en el poema “Obra viva, obra muerta” (p. 29) se nos menciona: “Las sirenas de abajo” (v. 24), pienso inmediatamente en que ellas, las sirenas, pueden ser las tradiciones (clásicas) de las cuales puede beber un respectivo autor con el propósito de hacer notable ese apetito aullante del cual nos habla dicho poema. El mismo texto me lo confirma: “Las sirenas de arriba, / las sirenas de abajo”. Como vemos, se sigue marcando un código binario propio del dilema de los antiguos frente a sus hermanos, los modernos. No puedo mirar esto de otra manera, estamos, según propongo, ante un proyecto-propósito ético-estético creado por una destacable clasicista. A su vez, esta idea de traer del fondo no es única de un poema: “Ya no sabes subir el ancla clara. / Como orinque sirvió, tal vez, la poesía” (vv. 12-13, en “Orinque”, p. 36), pues, incluso, parte del proceso creativo luqueano implica sumergirse en el fondo del mar: “En la alta mar más anónima y feroz, va la poesía y engendra inapelables poseidones” (vv. 15-16, en “Turafallas”, p. 37).
En el caso más preciso de Aurora Luque, no puedo ignorar las dinámicas de lo antiguo y lo (pos)moderno, es decir, el acto de rejuvenecer el mito como un animal vivo y en constante diálogo con nosotros o bien trasladar, mediante procesos complejos de recepciones, las diferentes proteínas grecorromanas hasta los cuerpos del siglo XXI u otros siglos,25 haciendo de ellas ya no un material única y sencillamente para atletas eruditos, quienes ejercitan sus músculos con egolatría, sino para sentirla en semejanza al mar,26 tan cercano27 y nuestro como la vida, como la muerte28 y tan lleno de sonidos como la melodía de un poema que puede llegar a convertirse en el alma de nuestros oídos.29
Un poema, por ejemplo, en donde aparecen referencias al cine americano es “Realismo” (p. 184), cuyos dos primeros versos, particularmente, destaco: “El único final feliz es el de Ulises. / Por lo demás, qué realismo en Grecia” (vv. 1-2). Esta misma matriz transmedia-posmoderna entre el mito y el cine aparece en “Quirópteros”: “Y no salva el amor como en el cine” (v. 18, p. 185). Asimismo, pienso en su poemario de juventud Problemas de doblaje (1990/2023, pp. 469-526).
Luque sabe que las tradiciones clásicas están bañadas de intermediarios; ella no es inexperta en tal asunto, todo lo contrario: “Y el Ulises de Dante / con Nausica a babor” (vv. 11-12, en “Canción para Vinicio Capossela, bibliotecario del barco y pirata cantante”, p. 40). En este aspecto han tenido mucho que ver figuras como Anne Carson, cuyos poemas de Safo han sido traducidos por Luque en Si no, el invierno (2020), o el alemán Friedrich Nietzsche con su hoy famoso tópico de lo apolíneo y lo dionisiaco: “A estribor vira Apolo / y Dioniso a babor” (vv. 29-30, en “Canción para Vinicio Capossela, bibliotecario del barco y pirata cantante”, p. 41).
Destaco su capacidad creativa para hacer de los mitos un asunto cotidiano: “Han dicho que la tapa de moda de este verano / se llamará crujiente de medusa […] Los gastrónomos han recomendado / degustar a esas primas de Afrodita” (vv. 1-2 y 6-7, en “Pecado contra el mar. Fábula”, p. 39). Luque realiza lecturas muy actualizadas de los mitos y textos grecolatinos. Noto un proceso constante de renovación y juego, a la manera de una poeta alejandrina de hoy. Por ejemplo, ella utiliza la tragedia las Suplicantes de Esquilo para intentar darles voz a las refugiadas afganas de 2021,30 para ello pienso en el intenso poema “Pregunto a las Danaides. Coro trágico” (pp. 69-70). Asimismo en “Las refugiadas, según Esquilo” (p. 146), título que había colocado, anteriormente, en un artículo de periódico (Sur), publicado el 1 de septiembre de 2019. Por otro lado, en un poema en prosa como “Mujeres de América. Arenga / Mitin” (pp. 71-72), considera que nuestras vidas piden épica (en clara alusión a Homero o acaso a Virgilio, hermanos literarios). Hay intenciones claras de convertir los universos grecolatinos en dinámicas vivas y necesarias.