Resumen de “Dos cartas recuperadas de Rosario Castellanos a Gabriela Mistral y Doris Dana”

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Antonio Cajero Vázquez

Resumen

Este artículo reconstruye, primero, la estancia de Gabriela Mistral en México entre 1948 y 1950; luego, las entrevistas que tuvo con Rosario Castellanos y Dolores Castro en Jalapa y Nápoles, con las respectivas cartas que se derivaron al regreso de ambos viajes, en cuyo análisis se demuestra que Castellanos tuvo como modelo permanente a Mistral y, por ello, puede hablarse de vidas paralelas; finalmente, se reproducen las dos cartas recuperadas con el propósito de ilustrar la profunda influencia de Mistral en la vida y la obra de Castellanos, a tal grado, que la puso como referencia en su tesis de maestría; recreó su figura en una obra de teatro; escribió un ensayo sobre ella; presentó dos poemas inéditos para un suplemento y, en fin, mantuvo contacto con Doris Dana aun después de la muerte de Mistral. 

Detalles del artículo

Cómo citar
Cajero Vázquez, A. . (2026). Resumen de “Dos cartas recuperadas de Rosario Castellanos a Gabriela Mistral y Doris Dana”. Literatura Mexicana, 37(1), 155-171. https://doi.org/10.19130/iifl.litmex/37.1.2026/095FC00W179
Sección
Textos y Documentos
Biografía del autor/a

Antonio Cajero Vázquez, El Colegio de San Luis, A. C.

Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Es profesor investigador de El Colegio de San Luis desde agosto de 2009. Ha colaborado en revistas y diarios mexicanos y, también, en revistas académicas nacionales e internacionales. Ha participado como conferencista y ponente en diversos foros. Investiga sobre literatura mexicana del siglo XX, en particular, e hispanoamericana, en general, principalmente desde la crítica de textos. Libros recientes: El texto y sus contextos: Borges recicla a Borges (2017); estudio y edición crítica de Gilberto Owen, Desvelo/Línea (2018); estudio y edición crítica de César Vallejo, Los heraldos negros. Poemas (2020) y Gilberto Owen, un polemista en tono menor (2022). Actualmente forma parte del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel III.

Citas

“Autores”, en México en la Cultura. México, 16 (22 de mayo de 1949): 7.

Castellanos, Rosario. Sobre cultura femenina. México: América, 1950 [tesis de Maestría en Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México].

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Castellanos, Rosario. “Tablero de damas”, en América. Revista Antológica. México, 68 (marzo de 1953): 185-224.

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Castellanos, Rosario. Cartas a Ricardo. 2ª ed. Pról. de Elena Poniatowska. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996.

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Mistral, Gabriela. “Carta a Juan Larrea” (25 de junio de 1949), en <https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:137423> [consultado el 12 de junio de 2025].

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Ulloa Inostroza, Carla. Gabriela Mistral en México. La construcción de una intelectual (1922-1924). México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2022.

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Zegers, Pedro Pablo (selec. y pról.). Gabriela y México. Santiago de Chile: RiL Editores, 2007.

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Este 2025 se cumple el centenario de Rosario Castellanos (1925-1974) y el octagésimo aniversario del Premio Nobel obtenido por Gabriela Mistral (1945). Para conmemorar el doble acontecimiento, primero, presento un recuento mínimo de la segunda estancia de Mistral en México, entre 1948 y 1950; luego, comento a detalle las cartas que Castellanos dirigió a Mistral y Doris Dana. Curiosamente, los dos testimonios aquí recuperados tienen una función similar, aunque los escenarios se ubican en distintos tiempos y espacios: Castellanos agradece la hospitalidad de sendas visitas a Mistral. En la primera carta, fechada el 3 de mayo de 1949, desde la capital mexicana, Castellanos y Dolores Castro dejan registro de su viaje a Jalapa, donde Mistral había fijado su itinerante domicilio. En la segunda, firmada en Chapatengo, Chiapas, el 25 de diciembre de 1951, Castellanos escribe, desde su retiro voluntario, para desear felices fiestas de fin de año a Gabriela y Doris, además de agradecer las atenciones que ella y Castro recibieron en Nápoles, Italia, hacia agosto de ese año. En anexo, por último, reproduzco las cartas que motivan el presente artículo. De esta suerte, más que destacar la labor diplomática de Mistral en México, reconstruyo los encuentros esporádicos de Rosario Castellanos con la Premio Nobel a mediados del siglo xx, y las repercusiones inmediatas en la vida y la obra de la chiapaneca.

Durante el periplo que va de fines de 1948 a fines de 1950, Gabriela Mistral estuvo radicada en Veracruz por, al parecer, cuestiones de salud. En una travesía que comprendió el recorrido de Los Ángeles a New Orleans y, de ahí, a Mérida vía aérea, Mistral regresó a tierras mexicanas hacia mediados de octubre de 1948. En Mérida, aunada a un reciente infarto, sufre una descompensación diabética. Por recomendación de sus antiguas amistades, como Jaime Torres Bodet, decide mudarse a Fortín de las Flores; llegó al puerto de Veracruz la segunda quincena de noviembre de 1948 y de ahí se dirigió inmediatamente Fortín. En unos meses, montará su cuartel en hoteles de Jalapa y luego el gobierno mexicano le asignará como residencia la hacienda El Lencero, donde Su Alteza Serenísima, don Antonio López de Santa Anna, sentaba sus reales después de pasar unos aburridos meses en la silla presidencial o en las agitadas batallas intestinas o de intervención extranjera. Con el tiempo, sería nombrada cónsul de Chile en Veracruz, cuya sede sería otra hacienda, La Orduña.

Aun cuando Mistral radicó cerca de dos años en varios municipios de Veracruz, este episodio de su biografía apenas se conoce. Se cuenta, por el contrario, con varios acercamientos críticos, historiográficos o temáticos relacionados con su primera residencia en México, entre 1922 y 1924 (Zegers 2007; Ulloa Inostroza 2022). En tales fechas, operó como punta de lanza en el proyecto educativo de José Vasconcelos, flamante responsable de la Secretaría de Educación. Para 1948, llegaba con el prestigio de haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1945, como la primera mujer, y hasta ahora única, hispanoamericana en recibirlo. La escasa atención que ha generado este asunto en los estudios literarios y culturales seguramente obedece a que la autora de Tala se confinó a la geografía veracruzana, como dije, entre Fortín de Las Flores, Jalapa y el puerto jarocho.

A las tres residencias mencionadas, arribaron personalidades del campo cultural mexicano, en especial escritoras e intelectuales que la veían como un ejemplo y quienes congeniaban con su radicalizada visión religiosa. En orden de importancia, estaban Palma Guillén, que había no sólo recibido, junto con Torres Bodet, a Gabriela en 1922, sino que la había acompañado como asistente de lujo en una larga gira por el país y, en 1967, reeditaría por su cuenta Lecturas para mujeres; Margarita Michelena, por la cercanía personal durante esta segunda estancia en México; luego, Pita Amor, la mejor poeta mexicana según Mistral, y Emma Godoy, quien fuera recomendada por Gabriel Méndez Plancarte; finalmente, unas jóvenes que reforzarían el contingente de las poetas de Medio Siglo: Castellanos y Castro. Acudieron también a la cita Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes, Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, Carlos Pellicer, Alfonso Junco, Lázaro Cárdenas, entre los que se tiene constancia. Por haberse encargado de la Secretaría General de la UNESCO, Torres Bodet no pudo visitarla; pero sí estuvo muy al pendiente de que la oriunda del Valle de Elqui tuviera todas las facilidades para acoplarse a su nuevo refugio.

A diferencia de Amalia de Castillo Ledón, Esperanza Cruz, Emma Godoy o Sofía del Valle, que visitaron a Mistral por recomendación de Méndez Plancarte y en cumplimiento de una comisión del grupo Ábside, el contacto entre Mistral y Castellanos parece haber sido algo fortuito, un accidente de la vida, con un malentendido de por medio. Así lo deja entrever la primera carta que reproduzco, fechada el 3 de mayo de 1949, escrita a cuatro manos por Rosario y Dolores al regreso de una visita fugaz a Gabriela Mistral en Jalapa. Aunque está firmado por ambas, el texto tiene toda la impronta del estilo rosarino, con una anomalía gramatical que se reproduce en la carta a Doris Dana: el empleo de la primera persona de plural en masculino para referirse a ella y Castro (“nosotros”). El encuentro ocurre al mismo tiempo que Mistral y Michelena gestionan la colocación de una antología de poetas mexicanas en el mercado editorial de Sudamérica.

He aquí el detalle sobre la antología nonata: desde Jalapa, Gabriela Mistral escribe a Juan Larrea, entonces secretario de redacción de Cuadernos Americanos, para invitarlo a pasar unos días en “una vieja casa española del campo veracruzano”; pero ése sólo sería el pretexto, pues la verdadera razón de la carta era muy otra: recientemente, la había visitado Pita Amor para hablar de figuras emergentes en el campo de la lírica mexicana y, acaso, planear una antología de las poetas congregadas en América. Revista Antológica. En principio, el 25 de junio de 1949, Mistral expresa a Larrea la relevancia de media docena de poetas a las que ella presentaría en una antología: “La conversación ha abarcado también a otras [compañeras] nuestras: Margarita Michelena, Emma Godoy, Concha Urquiza, Rosario Castellanos y Dolores Castro. Porque [mi] mejor fiesta de México ha sido, esta vez, el grupo de hermanas mías que tiene a Pita Amor como ‘la flor del botín…’” (1). Es decir, Gabriela y Pita tenían en su órbita de lecturas a las poetas que publicaban con asiduidad en la revista mencionada, con excepción de Concha Urquiza que había muerto en 1945: “Sin la revista América -agrega la chilena-, tampoco yo, residente en México hace 8 meses, sabría de ellas, excepto de Pita, a quien me supe por mención elogiosa de Palma Guillén” (1). Ignoro por qué Margarita Paz Paredes, que estuvo colaborando activamente entre 1946 y 1952 en la revista de Millán y Hernández, quedó fuera del radar mistraliano. Palmita, como la nombran varios corresponsales de Mistral, representa una antigua amistad de los años veinte en México.

Ante la negativa torpe, brusca y soberbia de Guillermo de Torre para publicar la pretendida antología de “[sus] seis colegas” en Buenos Aires, acaso para que formara parte del catálogo de Losada, en un intento desesperado, Mistral ofrece la antología a Larrea con seis semblanzas de su autoría (“a base del conocimiento personal que ya tengo de cinco de ellas”), sin costo alguno para los editores (“no les cobraría a Uds. nada por ese artículo y tal vez las poetisas no les cobren a Uds. tampoco derechos de autor” [1]). La intención parece modesta, aunque de una proyección que esperaba conseguir a instancias de un renombre bien ganado. Por ello, buscó primero a De Torre, pues lo consideraba “buen crítico” y “amigo de años”: “Mi único deseo es que la América del Sur conozca a estos poetas de primer orden y en quienes -con excepción de Pita- tampoco parece que hayan reparado sus compatriotas mismos(1-2). Por algunos testimonios epistolares, parece que Mistral sólo estimuló el proyecto y delegó a Margarita Michelena el fracasado acercamiento con De Torre. Respecto de la última conjetura mistraliana, debo aclarar que algunos compatriotas tenían muy claro el valor de estas “poetas de primer orden” o “sexteto de lujo que tiene en México nuestra poesía continental”, pues Michelena había empezado a participar en América desde 1942; Pita Amor, desde mediados de 1947 y, a finales de 1948, Rosario Castellanos y Dolores Castro, además de que éstas seguramente mediaron ante Millán y Hernández para la incorporación a la icónica América de Luisa Josefina Hernández, además de Emilio Carballido, Jaime Sabines y Sergio Galindo. Por esas fechas, Fuensanta, dirigida por Jesús Arellano, también serviría de plataforma para las poetas en cuestión, es decir, varios editores de revistas no escatimaron páginas ni separatas para honrarlas y, así, honrar el parnaso mexicano de Medio Siglo. No se olvide, tampoco, a la pléyade femenina congregada, por derecho propio, en Rueca, donde la misma Castellanos colaboró.

Ahora al meollo del asunto. La misiva al alimón entre Castellanos y Castro tiene un inicio similar al de la primera que aquélla dirigió a Efrén Hernández, que empieza también con una disculpa por el vocativo elegido, “Querida Gabriela”: “Nos dispensará usted que la llamemos así sin que nos haya autorizado para ello pero si hemos de ser sinceras no podemos darle otro nombre” (Castellanos y Castro: 1). Además de agradecer la hospitalidad, las jóvenes poetas expresan por escrito lo que no pudieron externar de viva voz durante su estancia en Jalapa, Veracruz, pues, explican a su anfitriona, “como somos mexicanas y de la altiplanicie, somos reservadas y tímidas” (1). También, le externan que desde hacía un lustro habían leído devotamente Desolación y mantenían una indoblegable idealidad a su obra, a la cual volvían como a la Biblia: “en ninguna poesía hemos bebido con tanto fervor como en la suya y ninguna ha aplacado de manera tan noble nuestra sed” (1).

Luego pasan a dar sentido a la experiencia de haberla conocido personalmente: sobre cómo el mito llamado Gabriela Mistral deviene realidad, además de pedir por que la inmortalidad no sea mezquina con su reciente benefactora, con la salud deteriorada por el tabaquismo, la diabetes e insuficiencias cardiacas: “personas como usted no pueden morir, tienen que salvarse, tiene que haber otra vida para ellas, otra vida más digna de ellas y no ésta estúpida y absurda de la que nos avergonzamos desde que hemos hablado con usted” (1). Al final de la carta, mencionan a “alguien peligrosamente loco”, quien habría fraguado motu proprio “la engañosa invitación” para que las inseparables amigas se volcaran a Jalapa en busca de la Premio Nobel: una misteriosa María Teresa que resulta difícil de identificar. Al parecer, ésta tenía el encargo de cuidar a Gabriela. Castellanos y Castro, por su parte, solicitan que no se les vincule con esa mujer que, si bien provocó el encuentro -en su doble acepción- con Mistral, apenas si la habían conocido en Jalapa. Una declaración, no obstante, quedará como estigma en la vida de Rosario: “La hemos visto como un ejemplo, pero no sabemos todavía cómo seguirlo” (1). Con el tiempo, parece que Castellanos descifra el acertijo y encuentra sentido no en la experiencia vicaria, sino en carne propia durante su peregrinación europea (véase abajo). El suplemento México en la Cultura no pasó por alto la noticia de este acontecimiento, como puede leerse en la sección “Autores”: “Rosario Castellanos y Dolores Castro regresaron encantadas de su visita a la poetisa Gabriela Mistral” (“Autores”: 7).

Hacia octubre de 1950, ya como habituales colaboradoras de América, Castellanos y Castro parten a España con una beca que el Instituto de Cultura Hispánica concede a Rosario para una estancia en la Universidad de Madrid. Durante esta aventura de un año se dan tiempo para recorrer tierras ibéricas y buena parte de Europa. Las peripecias de este viaje, un bildungsroman casi, se encuentran recogidas en las cartas que Castellanos envió a Ricardo Guerra y, jibarizadas, en las correspondientes a Efrén Hernández. Rosario remite, asimismo, varias colaboraciones a América, mientras cavila sobre su vida errante inspirada en Mistral y se la comunica, el 31 de enero de 1951, al amado estacionado en México: “Yo creo que ahora ya nunca sabré estarme quieta en mi casa, que siempre querré estar caminando, yéndome a alguna parte, y analizando esto me doy cuenta de que lo que busco al través de esto no es tanto aprender cosas ni mirar gentes y paisajes nuevos sino olvidar que existo” (1996: 100). A continuación, despliega una larga perorata sobre las virtudes del nomadismo (que contrarresta la cristalización ante los demás y nutre el desprendimiento) y las desventajas del sedentarismo (que estereotipa a las personas y promueve el egoísmo). A la postre, quien ha motivado esta dilatada reflexión sobre la banalidad de las personas para quedar bien con los demás ha sido su maestra Gabriela Mistral, “porque es pensando en ella que he hablado así”, comenta a Guerra. ¿Sería ésta la revelación que Castellanos intuía cuando regresó de su visita a Mistral en Jalapa y el nomadismo, la errancia, la mejor manera de emularla? Como la más adelantada discípula mexicana de Mistral, caía en la cuenta de que la vida sedentaria no era para ella: el recorrido por el interior de España, Francia, Italia, Austria, Alemania, Róterdam (Holanda) y Nueva York le descubrirán, en la práctica, su destino de ciudadana del mundo.

La segunda carta. A propósito del reencuentro con Mistral en Italia, Castellanos ofrece un detallado inventario en su correspondencia con Ricardo Guerra. Primero, en enero de 1951 comenta: “he sabido, por el periódico, que [Gabriela] se encuentra ahora en Italia, que es ahora Cónsul de Chile en Génova […] Lástima que no se quedara en México. Lástima para México, desde luego” (1996: 100). Cuando, a mediados de agosto de ese año, el plan de viaje se lleva a cabo, Castellanos recrea su recorrido por el sur de la península itálica: “Hemos estado en Ventimiglia, en Génova, en Rapallo, en Pisa, Roma y, desde hace una semana, en Nápoles. A pesar de que es aquí donde hemos permanecido más tiempo es lo que peor hemos conocido. Pues está aquí Gala Mistral y nos pasamos escuchándola todo el día. Yo estoy feliz de ver hasta qué grado, en teoría coincido con la suya” (165). Según la cita, Castellanos sigue fascinada con la avasallante personalidad de Mistral, al grado de que busca coincidencias con la “teoría” mistraliana, en una muy desigual comparación, pues entre ellas median 35 años de experiencia, lecturas y tránsito vital. Esta audacia, sin embargo, ofrece el tenor de la ambiciosa prosélita.

De Nápoles, asistidas por Doris Dana, Castellanos y Castro viajan a Florencia; de Florencia, a Venecia y de aquí, a Austria para, por fin, dirigirse, vía Alemania, al puerto de Róterdam con destino a Nueva York. Después de conseguir la visa norteamericana y los boletos de regreso a México, Castellanos expone su plan a Guerra: “Pues ya la puerca andaba torciendo el rabo a la hora que quisimos conseguir billetes para regresar a México. Hemos logrado por fin dos para un barco que zarpa el 5 de octubre de Rotterdam y que llega a Nueva York el 13; estaremos en Nueva York, yo calculo que cinco días y luego nos iremos a México, a donde calculamos estar más o menos para dentro de un mes, es decir, el 24 o 25 de octubre” (168). Finalmente, Castellanos estuvo mes y medio en la Ciudad de México y de ahí viajó a Tuxtla Gutiérrez hacia el 9-10 de diciembre de 1951.

En dicho contexto, se sitúa la segunda carta que recupero en el anexo: la que Castellanos envía a Doris Dana para informarle sobre los avatares del regreso de Europa y algunos encargos que ésta le habría pedido hacer durante la escala neoyorquina. Dana era, por cierto, originaria de la otrora Gran Manzana. Con clara conciencia de las ocupaciones de Mistral y sus males crónicos, Castellanos evita importunarla con más ajetreo (“A Gabriela le mandamos todo nuestro cariño al través tuyo. Pero no nos atrevemos a molestarla con una carta que se sentiría, quizá, obligada a contestar”; 1951: 1) y escribe a Dana tan pronto se hace un tiempo para ello: el 25 de diciembre de 1951, desde su hacienda de Chapatengo, confecciona una carta entre camaradas, con bromas de por medio y de tono amistoso. La fecha no resulta accidental; por el contrario, la remitente aprovecha para enviar sus deseos de fin de año: “te estoy enviando la presente que lleva para Gabriela y para ti muchos recuerdos cariñosos y muchos buenos deseos para la Navidad y para el año nuevo” (1).

Luego viene un juguetón reclamo por no haber recibido noticias de Doris, que parece haber estado disfrutando con su hermana de visita en Italia, “en cambio nosotras… -bromea Castellanos- más vale que no nos imagines” (1). El resto del documento se concentra en la relación del último tramo de la odisea europea de Castellanos y Castro; comprende un resumen con la información que ya había adelantado a Guerra desde Nápoles, con algún aderezo. Por ejemplo, a su paso por Alemania, en Múnich atestiguan un hecho inimaginable en el México de la época: “en Múnich vimos un impresionante desfile de perros. La gente estaba muy seria parada en [las] aceras, sin parpadear, siguiendo con sus catálogos a los animales que desfilaban y en el colmo del entusiasmo hacían signos de aprobación” (1).

En un tercer momento, la carta deriva hacia la fascinación que Nueva York produjo a las viajeras trasatlánticas, por un lado; por otro, hacia la experiencia del retorno y la consecuente nostalgia del pasado inmediato: “ahora tenemos una cantidad de nostalgias nuevas, de todos los países en los que estuvimos (pero especialmente de Italia), que no podremos curar sino regresando” (1). Todas las veces que Castellanos alude a este viaje de iniciación, destaca la experiencia italiana por su abrumadora riqueza cultural. Al respecto, debe subrayarse que este pasaje formativo fue potenciado por la amistad de Mistral y Doris, pues Castellanos y Castro no sólo se hospedaron en casa de Mistral y hablaron con ella días enteros, sino que Doris les facilitó su auto para que pasearan por ciudades aledañas.

Por último, Castellanos solicita a Doris Dana que le responda, aunque sea en inglés, para saber cómo se encuentran ella y Gabriela, a quien, como señalé, no quiere molestar. A los buenos deseos para Navidad y año nuevo del íncipit, se suma, en el éxplicit, el agradecimiento por el asilo recibido en Italia, como dos años antes lo había hecho a su regreso de Jalapa. Las cartas reproducidas abajo enmarcan el periplo de Castellanos y Castro por Europa, con todo lo que representó en su crecimiento como personas y, más aún, como poetas e intelectuales. Aquí el testimonio de gratitud: “Solo queríamos, en estas letras, agradecerles todo lo que hicieron por nosotras en Italia. Y decirles que las recordamos mucho y que quisiéramos verlas de nuevo” (1). Con Gabriela, Castellanos no vuelve a encontrarse; sí con Doris, quien en 1963 pasa por territorio mexicano rumbo a Sudamérica y aprovecha para propagar la buena nueva: la próxima publicación de todos los materiales desechados de Lagar y el Poema de Chile, preparados por ella para la editorial Losada. Aun cuando la publicación no se concretó, como antes la antología de poetas mexicanas ideada por Mistral para Losada, en su paso fugaz, Doris Dana concede a Castellanos el honor de presentar dos poemas inéditos para su difusión en La Cultura en México(1963: XXIII-XV). Por su parte, Castellanos dedica a la albacea de Mistral un texto apologético en las páginas de Excélsior, del 3 de agosto de 1963 (2004: 207-210), donde describe la generosidad de quien sacrificó su vida y su obra en ofrenda de un bien mayor: Gabriela Mistral.

Para concluir esta breve presentación, quisiera señalar que las cartas que aparecen a continuación se suman, con modestia, a la producción epistolar de Castellanos hasta hoy publicada, a saber: las cartas a Efrén Hernández, Ricardo Guerra y Raúl Ortiz. Con seguridad hay otras enterradas entre pilas de papeles de archivos personales con quienes la chiapaneca cruzó comunicación, verbigracia Wilberto Cantón, Jesús Arellano, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández o la misma Dolores Castro. Que éste sea, entonces, un estímulo para indagar al respecto. Ambas cartas sirven de marco a un intenso proceso de aprendizaje profesional y emocional de Castellanos: entre 1949 y 1951, se encuentra en plena consolidación como escritora; prueba la crónica periodística, el ensayo, el cuento, la poesía, el teatro y aun el guion cinematográfico; se enamora y se desenamora; se desmorona y se reconstruye desde su hacienda de Chapatengo, al lado de su medio hermano, mientras se esfuerza por pasar la página de la idealizada relación sentimental con Ricardo Guerra. Aunque será motivo de otro artículo, adelanto que Castellanos tuvo a Mistral como paradigma: (re)escribió, en 1953, una farsa policial en su honor (Tablero de damas); le dedicó un ensayo que mantuvo el estatuto de inédito hasta que Alejandro Toledo lo dio a la luz (2019); cultivó una vocación pedagógica durante toda su vida y, al final, se entregó a los brazos de la diplomacia y murió fuera de su terruño, lo mismo que Gabriela. Destinos, a la postre, con inevitables paralelismos que se avizoran ya en la exigua, pero simbólica, correspondencia recuperada.

Anexo.Cartas de Rosario Castellanos

México, D. F. 3 de mayo de 1949.
Srta. Gabriela Mistral.
Jalapa, Veracruz.

Querida Gabriela:

Nos dispensará usted que la llamemos así sin que nos haya autorizado para ello pero si hemos de ser sinceras no podemos darle otro nombre.

Como somos mexicanas y de la altiplanicie, somos reservadas y tímidas. No nos dejamos llevar por los arrebatos y la emoción, generalmente, nos avergüenza al manifestarse. Por eso no le dijimos nada de lo que sentíamos cuando estuvimos a su lado. No podíamos decirle lo que ha significado para nosotros, desde hace cinco años, que fue cuando la leímos por primera vez. Qué estupor sentimos al abrir Desolación. Primero fue la sorpresa; pero después, y de modo más permanente, el dolor, las lágrimas, la sangre. Y fue, desde entonces, uno de esos libros a los que uno siempre vuelve, como la Biblia. Muchas veces cedimos a la frivolidad, a la ligereza, de otras lecturas. Pero nos curamos de ellas después de una nueva [inmersión] en la “piscina viva” de sus poemas. Aprendimos a ver la naturaleza por sus ojos y la vimos viva, animada, apasionada como un ser humano apasionado. Nos envolvió la fácil música de sus rondas y de sus jugarretas y nos contagió su tierno y desgarrado amor a las criaturas. En ninguna poesía hemos bebido con tanto fervor como en la suya y ninguna ha aplacado de manera tan noble nuestra sed. Podíamos, pasajeramente, admirar el mayor rigor formal de algunas o su equilibrio o su opulencia o su alegría. Pero en ninguna hallamos su solidez entrañable, ninguna nos pareció auténtica, tan necesaria como el ay después de la herida. Y cuando la herida ha estado en nuestra carne y hemos buscado en vano palabras nuestras para quejarnos, hemos ido a sus libros y hemos “prestado su garganta”.

Por esto y por lo que sabíamos de su historia era usted para nosotros casi como un mito. Y los mitos son, por lo general, inaccesibles. Por eso no intentamos buscarla cuando supimos que estaba en México. Pero cuando, gracias a la engañosa invitación de alguien peligrosamente loco, la conocimos personalmente, el mito se convirtió en realidad y resultó usted incluso superior a él. Este contacto con usted nos ha trastornado y nos ha hecho experimentar una gama violenta de sentimientos ante los cuales no sabemos cómo reaccionar. Si desde hace tiempo éramos escépticas respecto a la inmortalidad del alma y vivíamos tranquilas con esta convicción, desde que la conocimos ya no podemos creer más en eso. Porque no importa que personas como nosotros nazcan y vivan y mueran y nada de ellas quede. Nosotros queríamos dejar unas pocas palabras, pero eso ya era bastante y [aun] demasiado. Pero personas como usted no pueden morir, tienen [que] salvarse, tiene que haber otra vida para ellas, otra vida más digna de ellas y no ésta estúpida y absurda de la que nos avergonzamos desde que hemos hablado con usted. Porque lo que más nos impresionó en usted fue su pureza casi intolerable, sus ojos, tan limpios como los de los niños. La hemos visto como un ejemplo, pero no sabemos todavía cómo seguirlo.

Perdónenos usted esta carta, pero teníamos que escribirla. Nos venimos muy preocupadas por usted, por las personas que la rodeaban. María Teresa nos habló por teléfono diciéndonos que ya no la acompañaba y eso nos tranquilizó un poco. Nosotros nada tenemos qué ver con ella, no la conocíamos antes de este viaje, no nos explicamos con qué intención nos llamó, no entendemos por qué insiste en iniciar una amistad a la que nos rehusamos. Nos dijo también que usted se había quedado muy enojada con nosotros [porque] no habíamos pagado la cuenta del hotel. Nos resistimos a creerlo y le aseguramos que tratamos de pagar esa cuenta, pero el empleado no quiso recibirnos dinero alguno [porque] usted había tomado el cuarto. Estas pequeñas cosas son repugnantes. Y le aseguramos Gabriela que no tenemos la menor intención de explotar a nadie. Si alguna vez piensa en nosotros, no nos relacione con María Teresa. Piense nada más que somos dos muchachas que la admiran, que la quieren, mucho más de lo que pueden expresar.

Rosario Castellanos y Dolores Castro (Rúbricas)

Chapatengo, 25 de diciembre de 1951.
Srta. Doris Dana.
Nápoles, Italia.

Querida Doris:

Arriesgando que esta carta no las encuentre (porque ustedes cambian de domicilio con una facilidad desconsoladora para quienes quisiéramos saber su dirección) te estoy enviando la presente que lleva para Gabriela y para ti muchos recuerdos cariñosos y muchos buenos deseos para la Navidad y para el año nuevo.

Esperamos noticias tuyas, inútilmente, en Viena. Pero nos consolamos pensando que seguramente tú estabas tan contenta con tu hermana que no tenías tiempo para pensar en ninguna otra cosa. En cambio, nosotras…. más vale que no nos imagines. Todo fue pisar tierra austriaca y hacernos unas bolas horribles con el idioma como era de rigor. Estuvimos quince días en Viena pues fue allí donde arreglamos nuestros pasajes de regreso. Y nos cogió allí lo que esa gente llama muy modestamente otoño, aunque para nosotros era el más crudo de los inviernos. Nos gustó Austria. Pero después de haber estado en Italia es difícil que a uno le guste mucho ninguna otra cosa. No hay comparación posible. Además, para nosotros los latinos siempre lo sajón es un poquito incomprensible y a pesar de que los austriacos presumen de que son muy latinos uno se siente muy pez fuera del agua entre ellos. Pasamos por Alemania (en Munich vimos un impresionante desfile de perros. La gente estaba muy seria parada en [las] aceras, sin parpadear, siguiendo con sus catálogos a los animales que desfilaban y en el colmo del entusiasmo hacían signos de aprobación) y nos embarcamos en Holanda. Después de una travesía tempestuosa, llegamos a tu país, Doris. Es cierto que ya estábamos prevenidas; es cierto que mil veces habíamos visto en el cine, en las revistas, en los libros, cómo era. Pero de todos modos nos deslumbró. Nueva York es una ciudad maravillosa. No hubiéramos querido irnos de allí en mucho tiempo. Pero no pudimos estar más que una semana. Nos prometimos muy solemnemente volver y muy tristes nos despedimos para venir a México. Y desde hace mes y medio aquí nos tienes de nuevo, maravillándonos y regocijándonos todavía de que la gente hable español y de que cuando uno lo hable lo entiendan. Siempre se siente uno feliz de volver a su patria. Y a nosotros nos ha recibido muy bien. Y nos sigue tratando igual. Pero ahora tenemos una cantidad de nostalgias nuevas, de todos los países en los que estuvimos (pero especialmente de Italia), que no podremos curar sino regresando.

Si no estás muy ocupada Doris, escríbenos. Escríbenos, aunque sea en inglés, si eso te resulta más fácil. Nos gustaría mucho saber de ustedes; qué han hecho, cómo han estado. A Gabriela le mandamos todo nuestro cariño al través tuyo. Pero no nos atrevemos a molestarla con una carta que se sentiría, quizá, obligada a contestar. Solo queríamos, en estas letras, agradecerles todo lo que hicieron por nosotras en Italia. Y decirles que las recordamos mucho y que quisiéramos verlas de nuevo.

Con un abrazo se despide.

Rosario (Rúbrica)

P. D. Nuestra dirección es: Dolores Castro. (O Rosario Castellanos.) Minatitlán #38-A. Colonia Roma Sur. México, D. F.

[Al calce, manuscrito:]

P. D. Cumplimos tu encargo y llamamos por teléfono con tu amiga, la señora americana. Le dio mucho gusto saber que estabas bien.

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