II. El origen de la vida y los animales del génesis
Para Ana María Cuneo, “Apuntes para una declaración de fe” es un texto ambiguo, polisémico, típicamente moderno de naturaleza escatológica que, en consecuencia, da oportunidad a diversos cuestionamientos (35); por su parte Orozco Zuarth (2025) dice que “ofrece una visión profundamente crítica de la modernidad, donde la humanidad ha sido expulsada del asombro y arrojada a un mundo de simulacros”, un mundo descrito de inicio como estéril. A lo anterior distingo que a la discusión se suma el simbolismo urobórico, explicable por sí mismo desde el inicio del poema:
El mundo gime estéril como un hongo.
Es la hoja caduca y sin viento en otoño,
la uva pisoteada en el lagar del tiempo
pródiga en zumos agrios y letales.
Es esta rueda isócrona fija entre cuatro cirios,
esta nube exprimida y paralítica
Ciertamente, como resalta Cuneo, el poema puede entenderse de varios modos y admitir varias interpretaciones; entre las más frecuentes predomina la estigmatización teológica de la que Rosario Castellanos se aparta cuando explica esta primera estrofa,
lo que yo quise decir entonces era que el mundo tenía una generación tan espontánea como la del hongo, que no había surgido de ningún proyecto divino, que no era el resultado de las leyes internas de la materia, ni la conditio sine qua non para que se desarrollara el drama humano. Que el mundo era, en fin, el ejemplo perfecto de la gratuidad (Castellanos, citada por Cuneo: 35)
Según la autora, el mensaje de su poesía no está estrictamente relacionado con la divinidad como condición indispensable, esencial o necesaria sin la cual la humanidad no es posible. La totalidad de lo que existe no debe su pago a Dios porque surge de un acto voluntario que, sin embargo, transita en una “rueda isócrona” (v. 5). Lo anterior es similar a la evolución de la consciencia, ya que al final del tránsito por diversas dimensiones, el hombre y la mujer alcanzan el desarrollo de sí mismos y los caminos para lograrlo se repiten una y otra vez; así como una ruta que circularmente regresa al destino inicial. Para Erich Nuemann estas etapas se suscitan en una secuencia ordenada, “el primer ciclo del mito es el mito de la creación. Aquí́ la proyección mitológica del material psíquico aparece en forma cosmogónica, como la mitología de la creación. El mundo y el inconsciente predominan y forman el objeto del mito” (s.p.). En este marco, en el que prevalecen el hombre, el conocimiento de la propia existencia y el mito, Rosario Castellanos, por medio de la exégesis bíblica, utiliza conceptos e ideas en los que el animal es una metáfora y símbolo de la condición, evolución y decadencia humana. Además, en cada etapa del poema, el animal elegido explica, junto a otros asuntos, la percepción del individuo en sí mismo, de su entorno y del inicio de este proceso; de tal manera que la animalia en los versos remite al origen del universo y todas las cosas, así como a los propios orígenes del hombre y de la sociedad en general.
a)Los animales del Edén y el estado primitivo de todas las cosas
Según el Hexamerón, los seis días de la Creación incluyen la primera luz, el firmamento, la tierra, la separación de las aguas, la creación de la vida vegetal, la formación del sol, la luna y las estrellas, los océanos y el aire y, por último, el nacimiento de los animales terrestres y del ser humano (este último testigo de todo lo anterior). El yo poético en Rosario Castellanos narra la experiencia individual de la participación activa del hombre en el Génesis como un recuerdo del estado primigenio del mundo en concordancia con el estado primitivo del humano:
La soledad trazó su paisaje de escombros.
La desnudez hostil es su cifra ante el hombre.
Sin embargo, recuerdo…
En un día de amor yo bajé hasta la tierra:
vibraba como un pájaro crucificado en vuelo
y olía a hierba húmeda, a cabellera suelta,
a cuerpo traspasado de sol al mediodía.
Era como un durazno o como una mejilla
y encerraba la dicha
El vuelo predispone a los pájaros para ser símbolos de las relaciones entre el cielo y la tierra (Chevalier, “Ave”, Diccionario de los Símbolos) y “todo ser alado es un símbolo de espiritualización” (Cirlot, “Pájaro”, Diccionario de Símbolos). En el mito de Jesucristo, su sacrificio y su dolor, las aves tienen una intervención importante, ya que quitaron las espinas de su frente. Por ejemplo, la leyenda del petirrojo dice que ganó las plumas rojas del pecho, precisamente por esta acción. Dios lo envió al mundo gris el día de la creación, pero transcurrido el tiempo cuando se acercó a Jesús para quitarle las espinas de la corona, una gota de sangre del crucificado salpicó y tiño de color rojo el plumaje de su garganta (Lagerlöf: s. p.). Partiendo de las premisas anteriores, la acción de descender a la tierra del “pájaro crucificado en vuelo”, vincula, por un lado, lo alto, lo divino; por otro lado, lo terrestre y el viaje a lo mundano que implica algún sufrimiento y recompensa. En los orígenes mitológicos del mundo, “el hombre todavía no está́ arrojado sobre sí́ mismo, contra la naturaleza, ni el ego contra el inconsciente; ser uno mismo sigue siendo una experiencia penosa y dolorosa, todavía la excepción que debe superarse” (Neumann: s. p.). En sintonía con lo antes mencionado, la efigie del pájaro torturado, similar a la primera percepción del ser mismo, vincula lo celestial y lo terrenal para, después del tormento espiritual, transformarse con creciente consciencia y dar paso a algo nuevo.
Dice la Biblia en el Génesis que en el sexto día Dios hizo a los animales de la tierra según su especie; también al hombre, varón y hembra (capítulo 1: 25-27, p. 1) y los puso en el Jardín del Edén o Paraíso terrenal en donde hizo nacer de la tierra el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal (capítulo 2: 9,15, p. 2). Sin embargo, la serpiente era astuta, más que todos los animales (capítulo 3: 1, p. 2). Aquí conviene agregar las palabras de Casha Vida:
Los animales presentes en el Génesis son todos los de la creación. La diferencia de éstos con los que luego el hombre ha convivido en su devenir por el planeta, es que los del Edén eran pacíficos. No se comían los unos a los otros. Parece que alguien, quizás Adán, les alimentaba. Carecían de sus instintos naturales […] todo lo instintivo y natural estaba exclusivamente representado por la serpiente desde las antiguas religiones (98).
La Biblia es una de las fuentes para el estudio de la zoohistoria simbólica, pues en ella ya hay una clasificación de los animales en sentido positivo y negativo. Entre los primeros están aquellos que simbolizan el bien, la paz, la bondad, la sabiduría y el espíritu de sacrificio. En contraste están los animales que son vistos como imágenes de maldad, ignorancia, opuestos a la racionalidad y espiritualidad. Esta tradición es retomada en “Apuntes para una declaración de fe” y coloca en el Edén animales pacíficos como la jirafa, las avispas y al ciervo, pero también a bestias que biblicamente son causantes de la perdición del hombre en la tierra como la serpiente:
En el principio era el movimiento.
Cada especie quería constatarse, saberse
y ensayaba las notas de su esencia:
la jirafa alargaba la garganta
para abrevar en nubes de limón.
Punzaba el aire en las avispas múltiples
y vertía chorritos de miel en cada herida
Respecto a la jirafa, cabe mencionar que en algunas representaciones artísticas es pintada como parte del escenario previo a la existencia del pecado.1 La inocencia y belleza de la jirafa se articula en un ambiente armónico, antes del caos que produce la presencia de la serpiente. Por su parte, las avispas, como en la poesía del Renacimiento estudiada por Malkiel, irrumpen la quietud del prado ameno y aparecen en un escenario idealizado (1963:79) y son señaladas metafóricamente como restauradoras del equilibrio, pues recordemos que las abejas son insectos cruciales para mantener el hábitat natural. Respecto a la perfección original de la creación, en contraste con el mundo poscaída, el poema incluye otro animal más, el ciervo:
El ciervo competía con la brisa
y el hombre daba vueltas alrededor de un árbol
trenzado de manzanas y serpientes.
Nadie lo confesaba, pero todos
estaban orgullosos de ser como juguetes
en las manos de un niño.
Redondeaban su sombra los planetas
y rebotaban locos de alegría
en las altas paredes del espacio
En los versos anteriores cabe la posibilidad de desentrañar dos significaciones zoológicas; la primera sobre el ciervo y su asociación con el agua a través de la brisa; y la segunda tocante a la serpiente en relación con el árbol en el que se aloja. Martín Pascual explica que ningún otro animal ilustra tan plenamente como el ciervo la piedad cristiana (130) y que su enemistad con las serpientes es emblema de la lucha de Cristo contra el mal (127). En este tenor, el pasaje anterior es el preámbulo a la presencia del sufrimiento en el mundo. Más detalladamente,
[l]os elementos del Salmo 41, ciervo y agua, transmiten el deseo de unión, la necesidad de alcanzar la plenitud, en definitiva, el goce del alma que añora el encuentro divino y desea que se haga realidad, de la misma manera que en la literatura amorosa profana se substituirá por el deseo de encontrar a la amada. A partir de estos elementos, en el texto del Physiologos griego y en sus posteriores traducciones latinas, el ansia del ciervo de encontrar la fuente tendrá una consecuencia relacionada con la aparición de un tercer elemento, la serpiente, evidente lucha entre el bien y el mal (18).
Para Chevalier el ciervo está ligado al árbol de la vida, por la semejanza de su cornamenta con las ramas arbóreas y es símbolo de la renovación y crecimiento cíclicos (“ciervo”, Diccionario de los Símbolos). Aunque cíclico y redondo no son sinónimos, ambos son patrones de repetición que vuelven a un estado anterior, es decir, al inicio; pero antes han de lidiar con su opuesto. Por el mismo estilo considero que, al igual que en los bestiarios, en “Apuntes para una declaración de fe” el ciervo encarna lo luminoso en el aprendizaje, enfrentado a la serpiente, su opuesto representado en las acciones instintivas. Neumann explica la ronda de la existencia como
autorrepresentación simbólica del amanecer, que muestra la infancia tanto de la humanidad como del niño. [Es decir, la realidad del sı́mbolo Uróboro funciona como un germen embrionario y aún no desarrollado de la consciencia], una etapa evolutiva que puede ser ‘recobrada’ en la estructura psı́quica de cada ser humano […] Es el tiempo de la existencia en el paraı́so donde la psique tiene su morada premundana, el tiempo antes del nacimiento del ego, el tiempo de envolvimiento inconsciente, de nadar en el océano del nonato. El tiempo del comienzo, antes de la llegada de los opuestos, debe entenderse como la autodescripción de esa gran época cuando todavı́a no habı́a Conciencia (Neumann: s. p.).
El ciervo, animal elegido por la poetisa mexicana, une figuradamente el principio de los orígenes con el amanecer del tiempo de la humanidad, tal vez el mismo que corre junto con las manecillas del reloj para quebrarse o pararse (vv. 58-62). Así, en una asociación de energías opuestas, Rosario Castellanos ordena los sucesos que, según esta lectura, preceden al autoconocimiento; entre ellos, el pasaje de Adán y Eva, el árbol del bien y del mal, la manzana y la serpiente (vv. 63-70). Efectivamente, la historia del primer hombre y la primera mujer inscribe el acto de independencia moral de Dios con el nacimiento del mal, pero también cita “la historia simbólica del comienzo” que, en los términos de Erich Neumann, “es el intento hecho por la consciencia infantil y precientı́fica del hombre para dominar problemas y enigmas” (s. p.). Es decir, el mito como pretexto explica el desarrollo de la vida y del hombre moderno en ella, enfrentándose a su propia evolución en el tiempo; tal como el ciervo que se enfrenta a la serpiente.
b)El Uróboro y el regreso a lo primigenio
En “Apuntes para una declaración de fe” hay varias alusiones a la serpiente, la primera ya mencionada en su nexo con el ciervo y el árbol de la ciencia o del conocimiento. En vista de esto, Chevalier sustenta que en esa situación del envolvimiento del árbol por la serpiente existe una imagen simbólica del dualismo moral y de una “conexión que significa el origen de todos los males por la estrecha relación entre vida y perversión” (Chevalier, “árbol”, Diccionario de los Símbolos). Como dice Cirlot cuando comenta el análisis de Schneider, “en el paraíso había el árbol de la vida, y también el del bien y del mal, o del conocimiento, y ambos estaban en el centro del paraíso” (“árbol”, Diccionario de los Símbolos), el doble árbol de la ciencia estaba oculto y no podía ser identificado ni era, por lo tanto, accesible hasta el instante en que Adán se apropiara del conocimiento del bien y del mal, es decir, de la sabiduría (“árbol”, Diccionario de los Símbolos). En este contexto, el poema de Rosario Castellanos también se bifurca hacia ambos significados y bastan unos versos más para que su pluma redondee el panorama de la exégesis bíblica protagonizado por la serpiente y su protagonismo en la perversión, el mal, el conocimiento y la sabiduría. Recapitulando, el poema inicia con el relato del estado primigenio del cosmos y la creación; es decir, con el origen del mundo que es al mismo tiempo el origen del hombre. Posteriormente, la composición poética sintetiza el nacimiento del pensamiento humano en atención plena del humano en sí mismo y en un proceso de finales e inicios, de rupturas y renovaciones, tal como en el mito de Adán y Eva que describe el nacimiento del mal y el paso del orden al caos. Cabe mencionar que, inicialmente, el caso es un estado de desorden falto de estructura; sin embargo, también es una condición previa a la organización y a la creación de nuevas formas. Dice el texto:
Tal vez no debería yo hablar de la serpiente
pero desde esa vez es un escalofrío
en la columna vertebral del universo.
Tal vez yo no debiera descubrirlo
pero fue el primer círculo vicioso
mordiéndose la cola.
Porque esto, en realidad, sólo tendría importancia
si ella lo supiera.
Pero lo ignora todo reptando por el suelo,
Los últimos versos antes escritos, me obligan a mencionar que el avance reptante de la serpiente es “el símbolo, no de la culpa personal, sino del principio del mal inherente a todo lo terreno” (Chevalier, “serpiente”, Diccionario de los Símbolos). “La serpiente debía tener manos” (v. 135) dice la escritora mexicana; y con esta frase se lee entre líneas que la historia de la humanidad se ha dejado guiar por manos “malignas” en el sentido de encausarse hacia una modernidad banal, capitalista y decadente2. De ahí que “Apuntes para una declaración de fe” es un poema que va de la introspección al desencanto y que, sin embargo, culmina con la esperanza del retorno a lo primigenio, a lo natural, es decir al inicio del poema y todo esto explicable con la significación ambigua de la serpiente. Por un lado, en sentido genérico puede representar la idea del mal; por otro lado, en la representación específica del Ouroboro, incorpora un concepto universal de ciclicidad, ya que se devora a sí misma para renacer. El Uróboro o serpiente que se muerde la cola simboliza “el impulso creativo del nuevo comienzo; es la ‘rueda que rueda por sı́ misma’, el movimiento inicial y rotatorio en la espiral ascendente de la evolución” (Neumann: s. p.); además, como todas las figuras redondas y cerradas, dice Chevalier, “es un símbolo del tiempo en eterno retorno” (“Anillo”, Diccionario de los Símbolos) y en otras culturas “explica su significación, concerniente en todo sistema cíclico” (unidad, multiplicidad, retorno a la unidad, evolución, involución; nacimiento, crecimiento; decrecimiento, muerte; etc.) (“Circunferencia”, Diccionario de los Símbolos). En “un sentido general, simboliza el tiempo y la continuidad de la vida (“Ouroboro”, Diccionario de los Símbolos). En las palabras de García,
Uróboro, la serpiente que se muerde la cola, sugiere la idea del proceso cíclico de la naturaleza: los ciclos del día y la noche, los de las estaciones de la naturaleza, el movimiento circular de los astros en el cosmos, los periodos de la vida humana: la vida y la muerte [...], incluso los ciclos de la historia. Por otro lado, el círculo, la línea curva, siempre fascinó a las civilizaciones antiguas, puesto que como trayectoria continua que se mueve sobre sí misma, no tiene principio ni fin, y representa lo infinito y lo eterno, la infinitud y la totalidad, al mismo tiempo. Expresa la unidad de las cosas, las materiales y las espirituales, que nunca desaparecen (77)
De las referencias anteriores queda explicado cómo el simbolismo urobórico se concatena con las reflexiones de la autora sobre el eterno retorno en cada uno de los ciclos históricos de la vida humana; el estado primigenio de la consciencia, su nacimiento, evolución, decrecimiento y continuidad. La serpiente por una parte enjuicia los atributos morales del hombre como las tentaciones; pero, por otra parte, en su versión de la serpiente que se muerde la cola incorpora conceptos ligados con el despertar de la consciencia con la percepción de que al final de cada proceso comienza uno nuevo y, en este sentido, la serpiente del mal, de lo oscuro, del pasado muda su piel con las virtudes positivas del bien, de la luz y del futuro con un retorno a lo primigenio. Dice Rosario Castellanos:
Abandonemos ya tanto cansancio.
Dejemos que los muertos entierren a sus muertos
y busquemos la aurora
apasionadamente atentos a su signo.
Porque hay aún un continente verde
que imanta nuestras brújulas.
Un ancho acabamiento de pirámides
en cuyas cumbres bailan doncellas vegetales
con ritmos milenarios y recientes
de quien lleva en los pies la sabia y el misterio.
Un cielo que las flechas desconocen
custodiado de mitos y piedras fulgurantes.
Hay enmarañamientos de raíces
y contorsión de troncos y confusión de ramas.
Hay elásticos pasos de jaguares
proyectados -silencio y terciopelo-
hacia el vuelo inasible de la garza.
Aquí parece que empezara el tiempo
Como afirma Marco Antonio Orozco Zuarth, la dimensión crítica del poema incluye imágenes de capitalismo y mercantilización de la vida, así como de una existencia mecanizada y regida por el consumo. En síntesis, una “visión apocalíptica” que, sin embargo, insinúa un horizonte de esperanza “que puede guiar a la humanidad fuera de su letargo”. De tal manera que[e]l poema cierra con una referencia a un “continente verde”, que es América Latina, una tierra que aún conserva su energía vital. Este final nos devuelve a la posibilidad de la redención, no a través del retorno al pasado, sino mediante la construcción de un futuro donde lo humano recupere su conexión con su esencia (13).
El continente americano es, según esta perspectiva, el lugar idóneo para el desarrollo actual y en donde se busca, por lo tanto, construir una identidad aún enraizada en los orígenes y que reivindica con el pasado. Qué mejor imagen que la del jaguar, símbolo del poder mexica y encarnación del sentido de pertenencia, para expresar el retorno al inicio de los tiempos en un continente que agoniza, pero que simultáneamente evoluciona.