Ute Seydel (editora). <em>La memoria cultural acerca de la Revolución mexicana, la Guerra cristera y el cardenismo. Aportes desde la cultura visual y las letras</em>. México: Bonilla Artigas / Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras, 2018.
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  • » : Jul-Dec 2020

Tres momentos históricos de la primera mitad del siglo XX mexicano marcaron, sin duda, el devenir de la memoria cultural del país. La Revolución, la Cristiada y el periodo cardenista han sido representados y revisitados en distintos medios —la literatura, el cine, la televisión y las artes plásticas—, con propuestas que, en conjunto, han consolidado un imaginario más o menos estable sobre dichos acontecimientos y sobre sus secuelas. Este volumen colectivo editado por Ute Seydel (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM) se aboca al estudio de la memoria, en las culturas literaria y audiovisual de México, de ese trío de sucesos vinculados históricamente, proclives a interpretaciones y lecturas ideológicas en las cuales, efectivamente, como lo plantea la tesis principal del conjunto, se observa una persistencia, en las representaciones simbólicas y en los distintos discursos y medios analizados. En consecuencia, uno de los principales méritos en la configuración del libro se encuentra en la disposición organizativa de cinco segmentos, lo que denota una labor conjunta previa, y, sobre todo, la pertinencia de un mismo eje analítico (explicado y definido por Seydel en las páginas introductorias, “La constitución dinámica de la memoria cultural”) que cohesiona los catorce capítulos que lo componen. Si bien hay una preponderancia de la época revolucionaria, en particular alrededor de la lucha armada, y son menos la cantidad de trabajos sobre la Cristiada y el cardenismo, el volumen abarca, da cuenta y, lo más significativo, enriquece la panorámica interdisciplinaria de los acercamientos académicos a la memoria cultural, no sólo de México y a propósito de su Revolución, sino en el ámbito latinoamericano de los estudios culturales.

En el primero de los cinco apartados, “El ocaso del Porfiriato y la Revolución cultural y de las ideas”, se abordan dos aspectos que anteceden a la lucha armada revolucionaria; por un lado, una de las figuras más reconocidas en el ámbito cultural latinoamericano, como lo es Pedro Henríquez Ureña, y por otro el gobernante mexicano Porfirio Díaz. La colaboración sobre el intelectual dominicano y su relación con la Revolución mexicana, a cargo de Liliana Weinberg, recorre el cercano vínculo iniciado en 1906 con la llegada de Henríquez Ureña a México y el inicio de su participación en la vida cultural prerrevolucionaria, cuya impronta antipositivista se vio reflejada, al menos en esa primera etapa, en sus textos escritos como miembro del Ateneo de la Juventud. Weinberg, en “La Revolución mexicana en el ensayo de Pedro Henríquez Ureña”, aporta datos biográficos claves para la posterior interpretación que el dominicano realiza, fuera del territorio nacional y en la tercera década del siglo XX, sobre el proceso revolucionario, y también a propósito de su actividad académica y posterior colaboración con las políticas educativas vasconcelistas, ya en su segunda etapa mexicana, de 1921 a 1924. El par de ensayos que componen este apartado reflexiona sobre el ambiente previo al estallido del movimiento, pero sobre todo se vinculan por su capacidad para proyectar sus resultados hacia la interpretación de las posturas de los personajes históricos referidos: si en el primero Henríquez Ureña es leído con particular acuciosidad por Weinberg, señalando los puntos de contacto entre este intelectual y sus contemporáneos mexicanos (la fe en la educación popular, el influjo revolucionario en las artes, en las humanidades, en el círculo universitario), en el segundo, de Andrea Noble, se profundiza en la herencia de la imagen de Porfirio Díaz en la memoria cultural mexicana; no la del gobernante serio, de semblante y arreglos militarizados, sino cuando se le vio llorando en público. Así, en el capítulo “El llorón de Icamole se va al exilio…” dicho llorón es el general Porfirio Díaz, cuya imagen, según Noble, se ha visto relacionada con sus lágrimas en distintas apariciones públicas; el llanto puede interpretarse como debilidad o chantaje, de acuerdo con la circunstancia (tras perder una batalla, en conmemoraciones a Juárez o el día de su exilio), y por ello interesa a los fines del libro el trabajo que Noble hace de Díaz, pues trae al centro de la discusión actual, mediante conceptos como masculine scripts, aquellos ritos públicos y políticos, de fuertes resonancias sentimentales, de la época inmediata anterior a la Revolución.

A más de cien años del inicio de la lucha revolucionaria, la construcción de sus partícipes en la memoria cultural se ha alimentado de literatura que linda entre la ficción y el propósito del retrato fiel, muchas veces como forma de reivindicación. El segmento “La construcción de mitos en torno a los generales revolucionarios”, compuesto por dos ensayos, da cuenta de ello mediante los análisis de las representaciones de los generales Francisco Villa y Rodolfo Fierro. En el caso del primero, una de las figuras emblemáticas de la Revolución, Luz Elena Gutiérrez de Velasco, en “Nellie Campobello y Martín Luis Guzmán. Dos miradas en torno a la representación de la Revolución mexicana y las estrategias militares de Villa”, recurre a textos literarios (dentro del espectro del ensayo biográfico y de la autobiografía apócrifa) desde una perspectiva de los estudios sobre el discurso bélico, a partir de los que, sostiene la autora, se contribuye a la rehabilitación histórica de Villa como héroe y táctico militar. Con el imprescindible rasgo de ficcionalización, recreaciones de batallas, arengas y planeación de estrategias son recuperadas, por Campobello y Guzmán, para dibujar un perfil de Francisco Villa que contrasta con la evocación que circulaba del caudillo en las décadas posteriores a la Revolución. De forma análoga, en “Rodolfo Fierro Fierro. Dos Fierros y múltiples identidades”, de Luz Elena Zamudio Rodríguez, el general villista es apreciado a través de sus recreaciones en los terrenos de la ficción y del testimonio: tres corridos, una novela, un cuarteto de cuentos, cinco audiovisuales y dos textos biográficos son el material empleado por Zamudio para mostrar la complejidad de la identidad de Fierro, militar que, con todas sus paradojas, representa claramente los valores y tropiezos del movimiento revolucionario. Gracias a ello, casi en calidad de mito, Rodolfo Fierro sigue siendo uno de los personajes villistas con más persistencia en la memoria cultural.

Cine y literatura convergen en “Agencia femenina durante la lucha armada y en el periodo cultural”, tercer segmento del volumen. Laura Cázares, en “Las mujeres villistas en Cartucho”, se encarga de calificar positivamente la injerencia de los personajes femeninos en la novela de Campobello, pues sus representaciones difieren de la imagen, mucho más popularizada, de la soldadera; gracias a la narradora-niña, a su madre y al personaje histórico de Nacha Cisneros, de acuerdo con la autora, se pone en entredicho la prevalencia masculina en la narrativa de la Revolución. Sobre el personaje de la soldadera, es revelador el artículo “Del corrido a la pantalla grande: la Adelita como estereotipo en el cine mexicano” de Alicia Vargas Amésquita, quien se apoya en el análisis crítico del discurso y en las herramientas de la semiótica para interpretar las imágenes del personaje femenino irrumpiendo en un mundo masculino, situación repetida en diversas películas que, como afirma Vargas, termina por fortalecer los valores y los roles tradicionales de la mujer en el contexto posrevolucionario; con apoyo del análisis de secuencias, este capítulo dedicado al personaje femenino más identificable de la Revolución mexicana revisa con acierto y detalle, para los fines de su argumentación, las películas La Adelita (1934) de Guillermo Hernández Gómez y Si Adelita se fuera con otro (1948) de Chano Urueta. Para cerrar el segmento, María de los Ángeles Rodríguez, en “Heroínas de la Revolución mexicana”, explica la necesidad de recuperar, en los términos de la memoria cultural, a las mujeres partícipes de la Revolución, como lo fueron, de acuerdo con la autora, Refugio Estévez Reyes, enfermera militar mexicana ficcionalizada en el cuento “Mamá Cuca” de Ana Díaz Sesma, y, en un ámbito manifiestamente distinto, Antonieta Rivas Mercado, presente en el relato “Antonieta y sus dos cuentos” de María Teresa Gérard, ambas narraciones compiladas en el libro Las revoltosas, de 2010.

La temática de la Revolución se completa con el apartado “‘El pueblo’ en la lucha armada”. De extracción campesina, las multitudes que se suman al proceso revolucionario han sido objeto de múltiples representaciones en el cine y en la literatura de México; en el estudio de la convergencia de ambas artes, Edith Negrín aborda la “mexicanidad del pueblo” en tres relatos cinematográficos inspirados en textos canónicos de la novela de la Revolución: Los de abajo (la versión de Chano Urueta), El compadre Mendoza y ¡Vámonos con Pancho Villa! (de Fernando de Fuentes), trío de cintas que, comentadas por separado en el ensayo, ofrecen una visión de conjunto de la conceptualización de “pueblo” gracias a la relación establecida con los caudillos y con las demandas del movimiento, muchas veces desconocidas para esa multitud que se ve arrastrada por la circunstancia; mediante la revisión de escenas precisas y de elementos del montaje fílmico, Negrín comprueba que, en efecto, dichas películas corresponden con la visión pesimista sobre la Revolución que subyace en los textos literarios que sirvieron como sustento a sus guionistas y directores. También en la línea de estudios audiovisuales, Claudia Arroyo analiza el tema de la ambivalencia en la representación de los líderes y del pueblo en películas de “melodrama revolucionario” de la década de 1940: “¿Héroes admirables o criminales condenables?”, título del capítulo, resume las contradicciones entre la crueldad y la honorabilidad que rodea las construcciones ficcionales de los revolucionarios en Flor Silvestre, de Emilio Fernández, y en la trilogía de Ismael Rodríguez sobre Pancho Villa. Por otro lado, el último capítulo del segmento se propone efectuar un rescate de la memoria en una región delimitada, la península de Yucatán, mediante el análisis de la película La casta divina (1976), de Julián Pastor. En “La articulación de latencias de la memoria en torno a la Revolución”, Ute Seydel recupera escenas del filme para mostrar la situación de los peones mayas y mestizos en Yucatán durante los años de la Revolución, y su participación en ésta, lo cual sirve de sustento a su hipótesis de que el espacio de rememoración está diversificado, y desborda los estereotipos ampliamente difundidos por obras fílmicas más populares sobre el movimiento revolucionario.

La revolución institucionalizada, la Cristiada y el cardenismo son los temas del segmento final del volumen, que abre con “De Senda de gloria a El encanto del águila” de Adrien Charlois Allende, texto que discute la memoria cultural en dos productos televisivos que abordan, al menos en parte, la guerra Cristera. El impacto en el imaginario, obviamente, es distinto al tratarse de una telenovela y de una miniserie de carácter histórico y dirigido a un público masivo, habituado al melodrama; pese a ello, Charlois encuentra rasgos en la configuración simbólica de aquellos episodios sobre los cristeros, mismos que conllevan una lectura ideológica del suceso pero, sobre todo, del momento en que ambos audiovisuales fueron programados, pues las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano, reactivadas en los ochenta (para el caso de Senda de gloria, 1987), y el inicio de la guerra contra el narcotráfico (para El encanto del águila) son coyunturas específicas que influyen en la manera de reconstruir el conflicto armado. Las obras Pensativa y Los recuerdos del porvenir son analizadas por Margarita León en “Las mujeres como agentes en dos novelas de tema cristero”, las cuales, según la autora, proyectan en sus personajes femeninos algunos de los rasgos de la transformación en los roles sociales de la mujer mexicana durante y después de la guerra cristera; sin dejar de lado su papel de acompañantes, cuidadoras y colaboradoras, León demuestra en su ensayo que, tanto Gabriela como Isabel, personajes respectivos de las novelas, manifiestan iniciativas que trasgreden el estereotipo de la mujer como sujeto pasivo en el desarrollo del hecho histórico referido.

Magisterio, políticas educativas, artes plásticas y violencia en el periodo cardenista dan cierre a este volumen colectivo: Dina Comisarenco analiza la representación y la colaboración de mujeres en la revista de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, Frente a Frente, y, en la misma línea pero en diferente medio, en el mural El ataque a la maestra rural de Aurora Reyes; por otro lado, las litografías de Leopoldo Méndez con el tema de los asesinatos de maestros rurales en la década de los treinta son estudiadas por Ana María Torres Arroyo en “Violencia y memoria”, artículo que sostiene que la obra plástica de Méndez puede entenderse como una síntesis de lo estético y de lo político, esto es, el empleo de la gráfica popular que denuncia la violencia ideológica y participa de los intereses en materia educativa del gobierno cardenista.

Pese a su formato extenso, el libro coordinado por Seydel muestra congruencia temática y diversidad de enfoques, sin que esto último desestabilice la solidez de su calidad en tanto obra colectiva. Gracias a este conjunto de catorce ensayos, resulta clara la necesidad de dar seguimiento académico a los estudios sobre la memoria cultural en México, para lo cual esta compilación, sin duda, queda como posible modelo.

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