Dolores Phillipps-López y Cristina Mondragón. <em>Francisco Zárate Ruiz. Cuentos de horror y de locura en el decadentismo mexicano</em>. <em>Estudio y antología</em>. Francia: Orbis Tertius, 2017.
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  • » Publición impresa: Jul-Dec 2019

El rescate de la obra de escritores es una tarea fundamental en la construcción de la historia literaria de cualquier país. En las últimas décadas han aparecido serios proyectos de rescate y edición de las obras de diversos escritores mexicanos, entre los que pueden citarse Manuel Gutiérrez Nájera, José Tomás de Cuéllar, Victoriano Salado Álvarez y Bernardo Couto Castillo, entre otros. El trabajo que presentan Dolores Phillipps-López y Cristina Mondragón se inscribe en este tipo de esfuerzos por fijar la obra de un autor, mediante su edición, y realizar un aporte sustancial a la construcción de la historia de la literatura mexicana. Se trata de Francisco Zárate Ruiz, autor prácticamente ignorado por la crítica hasta ahora, perteneciente a la segunda generación del modernismo, la de los llamados decadentistas.

El libro está integrado por una introducción; la antología, que incluye el libro Cuentos de manicomio. Los que no llegan a San Hipólito (1903), “Cuentos sueltos” y “Traducciones, cuento y semblanza-crónica ficticia”, además de una cronología y reseña del autor, y una bibliografía.

La introducción se divide en cuatro apartados que integran un breve análisis de la obra de Francisco Zárate Ruiz; primero comienza con una presentación del volumen, a cargo de Dolores Phillipps-López, en la que se detallan las fuentes de las que se obtuvieron los relatos allí reunidos y un panorama general del devenir del escritor mexicano. Cabe señalar que causa cierta confusión que el libro Cuentos de manicomio. Los que no llegan a San Hipólito es citado como Manicomio. Los que no llegan a San Hipólito o simplemente como Manicomio, sin ninguna advertencia de que se trata de la misma obra. Ahí se advierte que se dejaron fuera todos los textos del libro Cuentos funambulescos (1903) y dos relatos de Zárate, publicados en la prensa periódica, por no ser de orientación fantástica, y aunque se trata de una antología y su objetivo no es reunir toda la obra de Zárate, el título no enfoca lo fantástico, sino lo decadentista. También se comenta, en una nota, que cinco relatos de los reunidos en esta antología “cuentan con una anterior publicación en revista” (12; las cursivas son mías); sin embargo, en la nota de referencia del relato “Cuentos de manicomio. Los que no llegan a San Hipólito. La enfermera” se dice que El Mundo Ilustrado publicó “I. El idiota, II. ¡Yo cura! III. El loco pacífico”, el 1 de marzo de 1903; “IV. El moscardón”, el 19 de abril de 1903, y “Crucificado”, el 24 de enero de 1904; tras comparar las fechas de publicación se puede especular que los dos primeros textos serían una primicia del libro, que apareció ese mismo año -dado que incluso aparece la numeración en los títulos- y el último es de 1904, un año después de que viera la luz en libro. Valdría la pena, en un trabajo con otros objetivos, cotejar las diferentes versiones para descubrir las variantes textuales.

El siguiente apartado, también a cargo de Dolores Phillipps-López, se titula “En la órbita de Poe: traducción, reescritura, invención”. Se trata de una defensa de Francisco Zárate Ruiz como traductor, para lo que se basa en el trabajo del norteamericano John E. Englekirk, quien atribuyó al escritor decadentista, en 1937, dos relatos y un par de traducciones, publicadas sin firma en El Mundo Ilustrado. El análisis de dichos textos y sus comparaciones estilísticas con el resto de los relatos de Zárate resulta insuficiente y básicamente se limita a comentar los argumentos de Englekirk; además no se tiene noticia de algún otro trabajo del autor como traductor, a pesar de saberse que colaboró en varias publicaciones periódicas más. Conviene señalar un argumento poco sustentado: se dice que Zárate aprovecharía la publicación de estos textos en El Mundo Ilustrado para sondear la reacción del público cuando ya se disponía a publicar los suyos (18); sin embargo, la recepción de los textos de Poe en México comenzó décadas antes, con la traducción de The Raven hecha en 1867 por Ignacio Mariscal, e incluso la misma autora comenta, hacia el final de este apartado, que con el paso de los años las referencias a Poe y sus textos eran comunes; además, antes de que apareciera en escena Zárate Ruiz, ya habían colaborado en El Mundo Ilustrado escritores con una estética similar e influenciados por Edgar Allan Poe; me refiero a Carlos Díaz Dufoo, Ciro B. Ceballos y Bernardo Couto Castillo. Esto, aunado a las polémicas desarrolladas años antes en la prensa nacional con respecto al decadentismo -citadas por Cristina Mondragón en el siguiente apartado- hacen dudoso el argumento de que el escritor necesitara sondear la recepción de este tipo de textos. La hipótesis lanzada por Englekirk en la década de 1930 no ofrecía argumentos contundentes, o documentados, por lo que serían necesarias otras referencias.

El tercer apartado está a cargo de Cristina Mondragón y se titula “Francisco Zárate Ruiz y lo fantástico decadente”. En él, la autora presenta un breve acercamiento a la poética del escritor, destaca la importancia de la atmósfera para los relatos, la creación de ambientes oscuros y a veces sórdidos, personajes suprasensibles y narradores poco confiables; así como la temática integrada por la enfermedad, la abyección, la miseria y la muerte; una clara caracterización de los relatos de Zárate que refuerza con ejemplos. El título anuncia, por un lado, la filiación del escritor a la corriente decadentista y, por el otro, la relevancia de los elementos fantásticos en su literatura; sin embargo, no se ofrece una definición o caracterización del decadentismo, ni se señalan puntualmente los elementos que acercarían al autor a dicha corriente estética; en cuanto a lo fantástico, se echa de menos una conceptualización del género, ya que a lo largo del apartado se oscila entre cuento de horror, extraño y gótico. Hacia el final del apartado se comenta que en el relato “La cabeza del muñeco” el autor “lleva al extremo la agonía que ya ha trabajado en ‘La cabeza parlante’” (37); como al revisar el siguiente apartado, que enlista las obras de Francisco Zárate Ruiz, queda en evidencia que “La cabeza parlante” (15 de julio de 1900) es un relato posterior a “La cabeza del muñeco” (4 de febrero de 1900) cabe advertir que este comentario no puede tomarse en sentido cronológico sino comparativo.

La introducción consigue presentar un escritor y una obra virtualmente desconocidos, labor loable y necesaria, fundamental para esta antología. La obra queda en espera de un estudio de mayor profundidad con otros objetivos.

La antología de la obra de Francisco Zárate Ruiz incluye los relatos del libro Cuentos de manicomio. Los que no llegan a San Hipólito, veintiún “cuentos sueltos” que únicamente aparecieron publicados en la prensa periódica y los cuatro textos atribuidos al autor por John E. Englekirk. Los criterios de edición se explican de manera breve en una nota que aparece en el primer texto de la antología: “En la presente antología: se ha actualizado la ortografía y se han corregido, en la medida de lo posible, los errores tipográficos. Hemos optado por conservar la puntuación sui generis de los originales. En muy contados casos, hemos corregido obvias erratas en la puntuación…” (49). Por un lado, las actualizaciones y enmiendas resultan afortunadas, ya que facilitan la tarea al lector moderno que no está acostumbrado a ese tipo de escritura; por el otro, no termina de entenderse qué entienden por “puntuación sui generis” y cómo es que la “conservan”, ya que, por ejemplo, cuando el escritor no abre los signos de admiración o utiliza más de uno optan por “corregir” incluyendo el signo de admiración de apertura entre corchetes, sin advertir que era un uso común en la escritura decimonónica.

Cuando el texto está dedicado a alguna personalidad, añaden, a pie de página, una breve nota biográfica de la persona en cuestión; del mismo modo, en los “cuentos sueltos”, incluyen una nota de ubicación que permite al lector acudir a la fuente original en la que apareció el relato; lo anterior, junto con algunas notas contextuales, resulta esclarecedor; pero hay una serie de notas contextuales que se encuentran entre signos de interrogación, incluso cuando se trata de referencias claras, como la zarzuela La cara de Dios (77), esto genera dudas en el lector, quien espera que las notas contextuales aclaren el texto y proporcionen información certera relativa al escritor y su contexto.

La cronología aporta datos fundamentales para la biografía de Francisco Zárate Ruiz, y la reseña de Domingo S. Trueba, incluida al final, permite conocer la recepción inmediata de sus textos. En términos generales, la antología hace una aportación de gran valor para la divulgación de un autor y una obra hasta ahora virtualmente desconocidos, que esperan nuevos y necesarios estudios de mayores alcances.

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