José Emilio Pacheco. <em>Inventario</em>. Antología. Tres tomos (1973-2014). México: Era / El Colegio Nacional / Universidad Autónoma de Sinaloa / Universidad Nacional Autónoma de México, 2017.
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  • » Publición impresa: Jul-Dec 2019

En la obra de José Emilio Pacheco hay una enorme gratitud a la literatura, una gratitud que se consolida oportunamente en el acto de hacer crítica. Su obra imaginativa y poética camina paralela a un trabajo de investigación y disección que abarca un amplio abanico de culturas y épocas. En el caso del escritor mexicano podemos hablar de una misión y una pasión que se expande pero que marca límites precisos: traza comparaciones originales, descubrimientos de algún detalle desconocido y revelador de un autor, rescate de obras injustamente olvidadas; estamos ante el atento lector que considera que la obra de los escritores canónicos del pasado y los escritores consagrados del presente nunca se agota y que, la Historia con mayúscula, no deja de arrojarnos pequeñas narrativas ocultas, cotidianas, maravillosas, violentas y delirantes.

La publicación de Inventario, antología de tres tomos de las colaboraciones periódicas en su columna, preparada y seleccionada por Eduardo Antonio Parra, con ayuda de los escritores Paloma Villegas, Héctor Manjarrez, José Ramón Ruisánchez y Virginia Ruano, nos concede la dicha de ver por fin organizada una selección de textos de una de las más originales proezas de la crítica literaria del periodismo en México. Los más de cuarenta años que comprende el periodo de estas publicaciones, primero en Diorama de la Cultura del Excélsior (1973-1976), bajo la dirección de Julio Scherer y después del golpe orquestado por el presidente Echeverría al periódico, en la revista Proceso (1976-2014), marcan el itinerario de la voz de un crítico y la de un valioso testigo de su tiempo.

Resulta por demás sorprendente cómo esta serie de colaboraciones, fraguadas en tan sólo unos días, eran una exacta conjugación de rigor y sabiduría pocas veces acostumbrada en los medios periodísticos. Siempre ganaba la batalla contra el tiempo limitado el ágil investigador, el lector que acumulaba en su infinita memoria una manera muy particular de ver la literatura, el escritor cuidadoso y ameno que acorde con la visión de Alfonso Reyes, fue “fiel a la idea de que la literatura no se escribe sólo para ser estudiada y analizada sino ante todo para que la aproveche el mayor número de personas” (t. II: 525).

Este interés por difundir sus ideas sobre literatura en los medios periodísticos, en ningún momento colocó a estos trabajos al margen de sus investigaciones académicas formales. Era muy clara su pertenencia a una herencia de escritores que se hicieron en la prensa, bajo el impulso de lo inmediato y la necesidad de transformar un país por medio de la cultura. Las páginas de Vicente Riva Palacio, Alfonso Reyes, Salvador Novo, entre otras más, eran parte de este significativo legado que continuaría intensamente con el periodismo cultural de la mitad del siglo XX, impulsado por Fernando Benítez.

Formado en esta escuela, el joven José Emilio Pacheco empieza a publicar sus primeros textos en los años cincuenta. Cuando inicia su columna “Inventario” el escritor mexicano ya ha sacado a la luz cuatro libros de poesía: Los elementos de la noche (1963), El reposo del fuego (1966) y No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970) -libro con el que obtiene el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1969-, Irás y no volverás (1973); tres libros de relatos: La sangre de Medusa (1959), El viento distante (1963), El principio del placer (1972) y la novela Morirás lejos (1968); también ha colaborado en las revistas y los suplementos más importantes del país y ha publicado Poesía mexicana del siglo XIX (1965) y la Antología del modernismo (1888-1921) (1970).

Desde el principio José Emilio Pacheco aprovecha su columna para “emprender una lectura” de la literatura mexicana, latinoamericana y universal, de los misterios de la historia, “por entero distinta” (t. I: 22). En su caso, la ardua empresa de leer de otra manera una creación literaria y el amplio bagaje de interpretaciones que se ha escrito sobre ésta, no tiene como resultado textos de carácter acumulativo. Lo que menos cabe en sus escritos es la solemnidad y el dato abrumador, de ahí que no resulte extraño que utilice el humor como una herramienta para bajar del alto pedestal de la cultura, temáticas de difícil acceso.

Lo que Pacheco ofrecía era la claridad de su escritura, una nueva luz sobre los objetos estudiados, una crítica como un acto de reflexión y de creación que con suma generosidad emitía recomendaciones y abría nuevos caminos para la investigación literaria. Su columna tomaba como pretexto efemérides, necrologías, novedades literarias, remembranzas de sus experiencias personales como escritor. Sin embargo, sus textos estaban muy lejos de ser homenajes reiterativos y de fácil elogio. Con él se podía ver la literatura como experiencia cercana, vital y humana. Siempre encontraba la voz, la palabra, el estilo justo para abordar el tema de su predilección. En su “Inventario”, de igual forma estaba presente el riguroso articulista, el traductor y el poeta, el bibliófilo que estaba al tanto de las minucias de las ediciones del pasado, el cronista, el historiador, el creador de diálogos apócrifos, el cuentista.

Los años de colaboraciones de “Inventario” se han dividido de la siguiente manera: tomo I: 1973-1983; tomo II: 1984-1992; tomo III: 1993-2014. De hecho, la organización cronológica de los textos en esta edición permite seguir el proceso evolutivo de la madurez del escritor, sus obsesiones literarias e históricas, pero también su visión sobre la realidad de su tiempo. A lo largo de estas páginas otorga voz y abre un afortunado diálogo con Vicente Riva Palacio, Alfonso Reyes, Tina Modotti, Antonieta Rivas Mercado, Salvador Novo, Ramón López Velarde, Sylvia Plath, Porfirio Díaz, entre otros autores y personajes. Su postura crítica toma como manifiesto siempre abierto su propia sentencia: “la literatura es ante todo una conversación, un diálogo con los muertos y los ausentes” (t. III: 179) y, a la par, es un fuerte lazo de amistad, pero también un necesario acto de rebelión y de polémica.

La búsqueda de los orígenes de un objeto estudiado lo lleva a preguntarse: ¿dónde empieza y dónde termina un modo de hacer literatura? Pacheco responde sin ingenuidades ni dogmatismos, releyendo la tradición y abriendo un constante diálogo de ésta con el presente. Por ejemplo, El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, al publicarse, “se convierte en la obra maestra castellana de lo que hoy designamos como new journalist” (t. I: 225), un rasgo que también reconoce en el escritor norteamericano John Dos Passos. Los dos juntos forman parte del legado literario de Daniel Defoe, “el primer auténtico periodista de la historia gracias a la Review que editó y escribió casi solo entre 1704 y 1713” (t. II: 588). Pacheco sostiene también que “hay bases para considerar La hora de todos y Los sueños” de Francisco de Quevedo, como “‘anti novelas’ precursoras” (t. I: 464) y que José Vasconcelos “fue el primer escritor chicano, el primer gran producto de nuestra vida fronteriza” (t. I: 598).

Aunque el eje de su columna fue la literatura, nunca dejó de abordar otras manifestaciones del arte y la cultura. Sin embargo, siempre había un predominio sustancial de lo literario. A los escritores de la Reforma les dedicó una buena cantidad de páginas, lo mismo que a la Revolución mexicana y a todas las creaciones derivadas de este proceso. Ahí encuentra una historia de sangre y de violencia, clave en la reconstrucción de una nación. Pacheco la recupera y arma de nuevo las narrativas de la lucha política y del poder. Siempre tiene presente la matanza de Huitzilac, el asesinato de Álvaro Obregón, las vidas y las muertes de Francisco Villa y Emiliano Zapata. Muestra, de esta manera, el interés por una historia secreta que lo lleva a fatigar archivos y a construir nuevas intrigas.

Siempre al tanto de las publicaciones de su tiempo, Inventario” juega también un papel fundamental en la valoración de la literatura del presente. En 1988 da la bienvenida a Noticias del Imperio de Fernando del Paso que, según las palabras del crítico, abre “mil caminos de relación y reflexión, para mostrar que la historia no termina nunca y el pasado no es menos misterioso que el porvenir” (t. II: 353). Cuando se publican Los versos satánicos se solidariza con Rushdie ante la amenaza que le hace Jomeini y, en otro texto, considera al escritor africano J. M. Coetzee “el primer gran novelista del siglo XXI”. Con Coetzee queda claro que “el colonialismo es una extensión de la ganadería a los seres humanos”. Por eso novelas como Las vidas de los animales (1999) y Elizabeth Costello (2003), nos dice Pacheco, es natural que “hayan empezado con reflexiones narrativas y alegóricas sobre el colonialismo y traten ahora con nuestra relación con los no humanos” (t. III: 413-414).

Otra de las partes esenciales de estos libros la conforma la crítica de poesía. De hecho la primera y la última de sus colaboraciones es sobre dos poetas: el chileno Pablo Neruda y el argentino Juan Gelman, respectivamente. Pacheco conoce sus instrumentos de trabajo y tiene la agudeza de detectar el uso de los instrumentos poéticos en otro creador. De esta manera nos presenta al Petrarca que “se empeña en devolverle la dignidad al oficio de poeta” (t. I: 58); a un Arthur Rimbaud que nos dice desde lo más hondo de su fe, de “la furia y el desengaño”: “Si la poesía no era todo poderosa no era nada” (t. I: 56); la exposición de los Cantares de Ezra Pound, extenso poema inconcluso, “en ruinas”, en el que se encuentran “frisos y columnas de una belleza estremecedora y seguramente perdurable” (t. I: 142); nos presenta, además, la relación de Octavio Paz con el surrealismo, el “ejercicio de la libertad” de Rosario Castellanos por medio de una obra que enaltece la “memoria y el testamento de la continuidad” (t. I: 67) y a Rafael Alberti que, junto a otros poetas, “lograron hacer de nuestro fracaso político y social un triunfo poético”. La grandeza de su poesía, agrega Pacheco, brilló a tal grado que “el XX fue el otro Siglo de Oro para la lengua española” (t. III: 371).

Pacheco no soportó permanecer pasivo ante los abismos, la demolición de los espacios, la destrucción de las ciudades, las paradojas de la modernidad, la corrupción de los poderosos, el fracaso de nuestros proyectos. La literatura siempre surgía como tabla de medición o de salvación ante la miseria de la realidad. En un texto que abre el año de 1988 es contundente al afirmar: “En medio del derrumbe la literatura mexicana sobrevive” (t. II: 347). Acorde con el pensamiento de Henríquez Ureña, manifestó también en otra ocasión: “Hoy la utopía de América se ha realizado en la literatura”. Por esa razón “era preciso extenderla a todas nuestras actividades” (t. II: 218).

En un momento en que los lugares para hacer crítica se han diseminado con el uso de los nuevos medios electrónicos, no podemos negar un gesto de placer al releer aquellos escritos que formaron y que, seguramente, seguirán formando a nuevas generaciones de lectores. El escritor siempre fue evasivo ante la idea de publicar estos textos. Pero este nuevo regreso al Inventario de José Emilio Pacheco, publicado en tres tomos, nos permite reconocer el triunfo de lo permanente de su crítica sobre los mecanismos periodísticos de lo inmediato.

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