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Estudios de Cultura Maya,
el privilegio de acompañar a una cultura

Estudios de Cultura Maya,
the Privilege of Accompanying a Culture

Mario Humberto Ruz
Director
Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM

DOI: 10.19130/iifl.ecm.2017.50.916

Al Centro de Estudios Mayas le corresponde una tarea sin duda singular dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México: acompañar el devenir de un pueblo de raigambre mesoamericana; pueblo de pueblos cuyo peculiar desarrollo cultural motivó el que en 1960, hace poco más de medio siglo, se decidiera consagrarle un espacio exclusivo de investigación, el Seminario de Cultura Maya, cuyos objetivos desbordaban fronteras temáticas, disciplinarias e incluso de geografía política, y cuyas perspectivas teórico-metodológicas no se ceñían a tal o cual corriente o escuela.

Esa responsabilidad de acompañar a la treintena de pueblos mayas en los espacios que vieron surgir y consolidarse su proceso civilizatorio (espacios hoy ubicados en Belice, El Salvador, Guatemala, Honduras y México), a los que se suman ahora aquellos otros donde se han diseminado (Canadá y Estados Unidos, los más socorridos), es sin lugar a dudas un privilegio. Un privilegio que el Centro, heredero del Seminario de Cultura Maya,1 asume con profesionalismo y prestancia.

Pero, antes incluso de poseer todo un centro, la investigación mayista contó con un espacio particular para dar a conocer sus avances.

Efectivamente, el 31 de agosto de 1961, los talleres de Unión Gráfica vieron surgir el primer volumen de Estudios de Cultura Maya, “siendo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México el doctor Ignacio Chávez, y secretario general el doctor Roberto L. Mantilla Molina”, según reza el colofón. La edición fue cuidada por Alberto Ruz Lhuillier, para entonces director del Seminario de Cultura Maya. Era subdirector general de Publicaciones de la Universidad el escritor Rubén Bonifaz Nuño, más tarde director del Instituto de Investigaciones Filológicas, al cual se adscribiría el Centro de Estudios Mayas al ser creado en 1970.

En las palabras de presentación del Seminario apuntaba Alberto Ruz que la revista, que sería anual, se había concebido semejante en título y presentación a Estudios de Cultura Náhuatl a fin de alentar la investigación en esas dos culturas originarias, que, apuntó, constituían “raíz y gloria de la Nación Mexicana”.2 El editor veló porque el volumen inaugural estuviese a la altura de esa gloria, conjuntando contribuciones de mayistas de la talla de Sir John Eric Sidney Thompson, Alfredo Barrera Vásquez, Calixta Guiteras Holmes, George A. Kubler, Alfonso Villa Rojas, Gordon R. Willey, William R. Holland, Demetrio Sodi, Evon Z. Vogt, Barbara y Robert Rands, César Lizardi Ramos, Manuel Zavala y Lothar Knauth, entre otros.

Estudios dio cuenta de su vocación multidisciplinaria desde ese primer número, donde constan reportes de investigaciones novedosas en temas tan variados como el juego de pelota y el rito de decapitación, excavaciones en Palenque y Altar de Sacrificios, las relaciones entre Chichén Itzá y Tula, arqueoastronomía, la comparación entre los glifos muluc y mol, la correlación entre el calendario Juliano y las fechas que figuran en el Códice de Dresde, el estudio de dos estelas de Balancán-Morales (Tabasco), la tenencia de la tierra entre los mayas antiguos, la traducción y análisis de textos en maya del Chilam Balam de Chumayel o una contrata de 1849 por la cual Marcelino Puc se obligaba a servir en Cuba durante una década a Joaquín Garcés, “en cualquier labor, trabajo que se me diere”. Habida cuenta de los nombres arriba listados, no extraña que buena parte de los ensayos de corte etnológico o las descripciones etnográficas versara sobre los Altos de Chiapas, y en particular de poblaciones tsotsiles como Zinacantán y Larráinzar.

En palabras de Ruz Lhuillier, la revista reflejaba, así, “la riqueza ilimitada que nos ofrece el panorama de la cultura maya, la diversificación de las preocupaciones que suscita entre los hombres de ciencia desde ángulos divergentes, las metas fascinantes aún por alcanzar”.3

Hoy, una cincuentena de volúmenes después —que se acompañan con la versión digital (79,706 páginas visitadas entre mayo de 2016 y febrero 2017)—, podemos ver que los reflejos avizorados por su primer director en ese volumen inaugural mantienen su brillo y dan fe de la pertinencia de la revista: la riqueza de la cultura maya, pasada y contemporánea, sigue siendo ilimitada; los ángulos desde donde se le mira son cada vez más vastos, novedosos y polifacéticos, y las tareas por comprenderla no han perdido un ápice de su fascinación.

A la luz de esos considerandos no es de extrañar que el Centro de Estudios Mayas albergue hoy a arqueólogos, epigrafistas, historiadores, etnólogos, antropólogos sociales y lingüistas que, desde cada una de sus disciplinas, a través de investigaciones individuales o colectivas, se afanan por contribuir al conocimiento de los pueblos mayas, difundir sus logros y ayudar a preservarlos, no con un mero afán academicista, sino interesados también en colaborar en la apuesta maya por permanecer como individuos, pueblos y formaciones culturales únicas, y con pleno derecho a mantener y ejercer su diferencia sin que ello conlleve menoscabo a la justicia en una Nación que se manifiesta plural e irrepetible gracias a ellos y a otras expresiones culturales singulares.

Una singularidad, vale la pena insistir, que en modo alguno implica aferrarse a lo que otros consideran una tradición inamovible (en tanto creen en la existencia de rasgos “esenciales” definitorios de “lo maya”), sino que se renueva una y otra vez con tal de afirmarse como una creación cultural viva y particularmente dinámica, como lo han hecho desde hace siglos, dando fe de una inteligente actitud de resistencia que apuesta, justamente, por una continua recreación identitaria; por permanecer gracias a mantenerse cambiando. Para ello confrontan, desechan, refuncionalizan y reinventan distintas amalgamas de tradiciones propias y ajenas, de ayer y de hoy, a fin de insertarse, desde la tradición, en la modernidad. Peculiar visión de espirales de pasado siempre por vivir y futuro eternamente vivido que puede parecer inusual para nuestra mirada, pero que no lo es para la maya. Al fin y al cabo una de las características de ese gran proceso civilizatorio es su maestría para manejar el tiempo.

Haciéndose eco de la concepción tojolabal de que, mientras el futuro —como todo lo desconocido— se ubica a espaldas del hombre, frente a él se extiende el pasado, único tiempo y espacio vivido, y por tanto susceptible de ser una y otra vez entrevisto, estudiado y comprendido, Estudios se afana, número tras número, por exponer ante los ojos de los lectores algunos de los avances logrados en el conocimiento del ayer, inmediato o lejano, de los pueblos mayas, así como de las maneras en que el pretérito ha sido a menudo, y de hecho sigue siendo, memoria artífice del porvenir.

Pretérito y porvenir que, al conjuntarse, inauguran otras formas memoriosas siempre actuales; del haber sido y al mismo tiempo seguir siendo, como bien expresa el poeta yucateco Wildernaín Villegas Carrillo:

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El pasado 21 de abril el Directory of Open Access Journals (DOAJ) listó a Estudios de Cultura Maya como la mejor posicionada de las revistas de la UNAM, y la situó entre las revistas científicas de mayor relevancia en México. Muestra clara de que, al llegar a su número 50 —dos katunes y medio—, Estudios se esfuerza por comulgar de los niveles de excelencia que caracterizan a la cotidianeidad cultural de los pueblos mayas; cultura y cotidianeidad de las que nuestra revista se pretende orgullosa portavoz.



1 Adscrito en un principio al Instituto de Historia y luego a la Facultad de Filosofía y Letras.

2 Alberto Ruz Lhuillier, “El Seminario de Cultura Maya”, Estudios de Cultura Maya I: 10-11.

3 Ruz Lhuillier, op. cit.: 8-9.

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